Béatrice Hibou. La privatización del Estado

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Béatrice Hibou, La privatización del Estado, México: FCE, 2011. Prólogo.

Sería difícil escoger entre los textos de Béatrice Hibou uno que fuese particularmente importante, más incisivo, más original, de más alcance, o que de alguna manera pudiera servir como resumen de los demás. Sería difícil porque en realidad son todos trazos de un mismo cuadro –partes de un mismo programa de investigación. Y a fin de cuentas son todos indispensables para alcanzar la imagen de conjunto que es acaso la contribución más importante de Hibou. En cambio, si se tratara de encontrar un título que pudiera servir como definición de su proyecto yo no tendría duda en proponer el de su libro de 2011: Anatomía política de la dominación. La analogía biológica es transparente, para ahorrar explicaciones, porque precisamente eso es lo que ha venido haciendo desde La fuerza de la obediencia y La criminalización del Estado, ocuparse de la tarea básica, elemental, de nombrar las partes, explicar las articulaciones, el funcionamiento del sistema de la dominación.

La sobriedad de los títulos secamente descriptivos es parte inconfundible del estilo de Béatrice Hibou. No es trivial y no es un capricho. Necesita esa sobriedad porque sobre todo le importa evitar confusiones. Porque sus conjeturas con frecuencia van en contra de supuestos muy básicos de nuestro sentido común. Tiene que nombrar hechos nuevos, y procura nombrarlos y explicarlos con absoluta claridad, sin hacer alardes. Es una de sus mayores virtudes –escribe con ganas de que se entienda lo que dice. El resultado es extraordinario: pasadas dos o tres páginas, en cualquiera de sus textos, está uno metido de lleno en el mundo perfectamente familiar de las privatizaciones, la corrupción, el narcotráfico, las guerras civiles de África, la nueva economía, el clientelismo, mafias, y ecologistas y elecciones, el mundo de los periódicos de todos los días, que repentinamente se vuelve extraño –porque resulta que se entiende.

No podría ocultar el entusiasmo que me inspira la obra de Béatrice Hibou, sólo quisiera ser capaz de explicarlo. El trágico ajedrez de la Guerra Fría produjo una ilusión de estabilidad: de las fronteras, de las formas políticas, de los sistemas jurídicos, también de los esquemas conceptuales. Como lo dice el hermoso título de Alexei Yurchak: todo era para siempre, hasta que desapareció. Súbitamente, en los últimos veinte años, todo es repentinamente distinto, cambiante, confuso, y necesitamos a cada paso cuñas, palancas y calces para sostener modelos y teorías que ya no explican gran cosa, y hacer caber en alguno de nuestros esquemas mentales la violencia étnica, el retorno de los brujos, la nueva religiosidad, la corrupción desbordada, cínica, la criminalidad. Multiplicamos los adjetivos y los afijos para señalar lo neo, post, cuasi, narco –lo que sea. Pero seguimos sin entender bien a bien lo que sucede. Nos queda por lo general una imagen desdibujada, con una confusa carga moral. Acaso porque seguimos contando con que el orden verdadero, el que se estabilizará tarde o temprano, es el de los años sesenta: con estados soberanos, legalidad, ciudadanía, límites claros entre lo público y lo privado, y seguimos convencidos de que esto de hoy, en el Congo o en Pakistán o México, es una aberración, un desvío más o menos grave pero transitorio. El Estado volverá a ser el Estado, el mercado volverá a funcionar como mercado, y lo mismo el derecho, y lo demás. Es decir: seguimos pensando que lo de hoy es trágico, turbio, pero finalmente irrelevante.

Béatrice Hibou tiene otra idea, y sigue un camino distinto para explicar el presente. No piensa que esto sean distorsiones que vayan a remediarse con el tiempo, sino indicios del surgimiento de una nueva configuración política. En todo caso, no piensa que las características del sistema de dominación puedan darse por supuestas de antemano –y es lo que hemos venido haciendo, los últimos veinte años: hemos dado por supuesto al Estado, y una larga serie de atributos del Estado, empezando por el carácter público del poder soberano.

La originalidad de la obra de Hibou estriba en que es absolutamente clásica en su ambición, en su método, en su estilo. Tiene la sobria solidez de la sociología de Durkheim, de William I. Thomas o Robert Merton. Y la comparación no es exagerada. Su secreto está a la vista en todo momento, y no es en realidad ningún secreto. Consiste en tomar como punto de partida una pregunta elemental, simplísima, y atenerse a ella. De hecho, se limita a preguntar: ¿en qué consiste hoy la dominación? ¿Cómo se ejerce? Eso es todo. Empieza por una pregunta clara, sencilla, básica. Lo que pasa es que se la toma en serio como pregunta, y trata de responderla en serio, paso a paso, como hubiese hecho cualquier sociólogo sensato de hace un siglo. Escoge un ángulo, una vía de exploración, una conjetura, y echa mano de un conjunto de referencias verdaderamente abrumador, va acumulando ejemplos para contrastar sistemáticamente su hipótesis: Mozambique, Angola, Chad, Túnez, Marruecos, Congo, la Unión Soviética, Indonesia, Irán, China… A cada paso la idea, una pequeña idea, muy básica, está un poco más clara, el argumento es un punto más sólido, matizado, más complejo, cuidadoso, más convincente.

Decía que es difícil escoger uno entre los textos de Béatrice Hibou. Optamos por La privatización del Estado, un texto de 1998, parte de un proyecto colectivo, porque permite ver con claridad cómo se articulan las diferentes dimensiones del sistema de dominación.

Vale la pena adelantar un esbozo del argumento. La privatización del Estado significa exactamente eso: que el ejercicio del poder político organizado bajo la forma estatal –soberanía, división de poderes, legalidad, burocracia—depende cada vez más de recursos privados, y se despliega cada vez más a través de agentes privados. Es decir: la privatización no es una renuncia, sino una forma de gobernar. Parece una obviedad, que está en la prensa todos los días. Pero si se piensa un poco, la idea pone de cabeza lo que dice nuestro sentido común. El proceso de privatización no implica que el Estado pierda autoridad o poder, que pasa a manos de compañías, o de particulares, sino que el poder que formalmente corresponde al Estado, o que corresponde a la institución que llamamos Estado, se ejerce a través de entidades privadas. No es por eso menos poderoso el Estado –aunque sin duda es menos transparente.

Normalmente, cuando se habla de privatización se entiende que se trata de la propiedad de empresas que eran públicas. Es algo fácil de entender, más o menos sensato según el caso, pero relativamente trivial. Béatrice Hibou tiene en mente un proceso mucho más amplio, que desde luego incluye la venta de empresas públicas, pero que también implica otras muchas cosas: la explotación privada de recursos minerales, forestales, energéticos; la concesión de servicios públicos de transporte, educación, salud, energía; la delegación de funciones de regulación, vigilancia, o seguridad social que antes correspondían al Estado, y también de la gestión de fondos para el desarrollo, programas de ayuda, campamentos de refugiados, cárceles; e incluso la concesión de funciones soberanas: fiscal y de seguridad. En general, se supone que los intermediarios privados garantizan mayor eficiencia, mejores resultados, menos corrupción. La idea es siempre discutible, con frecuencia carece de fundamento, pero lo importante es que no se trata sólo de formas de gestión económica, sino de nuevas formas de regulación política –una nueva forma de gobierno.

El Estado legal-racional es una idea que confiere legitimidad y coherencia al sistema de dominación. Su existencia es fundamentalmente imaginaria. No es la única forma de lo político, ni la única forma de autoridad, ni siquiera la única forma moderna de ejercicio del poder. Durante la mayor parte del siglo veinte la idea dominante del Estado, de ese Estado legal-racional, subrayaba en particular el carácter público de la soberanía política y de la regulación económica, la definición territorial de la autoridad, y la supeditación de la economía a la política. Y en esos términos se definían las formas de gobierno. Eso es lo que cambia con el proceso de privatización: no desaparece el poder político, sino que se ejerce de otra manera.

La idea de que haya un retroceso del Estado, una pérdida de soberanía, capacidad o autoridad, una disminución del poder político es consecuencia de haber adoptado una definición normativa del Estado legal-racional como definición empírica del Estado. Y una definición que corresponde a una experiencia histórica muy concreta y limitada. El resultado es que se pierde de vista el hecho social de la dominación. Las formas concretas de ejercicio del poder aparecen en un margen más o menos impreciso, bien como desviaciones morales, bien como derivaciones de la economía.

El proceso de privatización del Estado implica una reducción de los instrumentos de intervención directa en la economía, y una erosión sistemática de la acción administrativa, que se traducen en la aparente supremacía de las fuerzas del mercado. Digo aparente porque no es que el mercado se imponga con una fuerza irresistible. Detrás de los argumentos técnicos, y detrás del funcionamiento concreto de cualquier mercado hay siempre una decisión política sobre la distribución de recursos, sobre las formas de producción, circulación, y apropiación de bienes que beneficia a sujetos sociales concretos. En la práctica, lo que hay es un nuevo arreglo político, una adaptación a las nuevas restricciones internas y sobre todo externas, que se traduce en la opción por formas de gobierno privado indirecto—no menos, sino más coercitivo, pero fundamentalmente opaco.

La apropiación privada de recursos naturales, empresas públicas, bienes colectivos, es un hecho económico, una vía de acumulación, pero es también una estrategia de poder, que contribuye a la formación del Estado. De hecho, según Hibou, es seguramente el modo que adopta con más frecuencia en la actualidad la formación del Estado. Un Estado mucho menos burocratizado, que no necesita una presencia uniforme y así evita muchos de los costos de un aparato administrativo, pero que no es por eso menos real.

La privatización del Estado tiene muchas consecuencias. Para comenzar a entenderlas es indispensable tener presente que el modelo de gobierno directo, burocratizado, permanente y continuo, público, de base territorial, tal como pudo ejercerse en los países industrializados durante buena parte del siglo veinte, no es la única forma de existencia del Estado. Y que la mediación a través de agentes privados es un método como cualquier otro de ejercer el poder.

El argumento resulta desconcertante al principio. En cuanto Béatrice Hibou comienza a desgranar sus ejemplos: Mozambique, Camerún, Costa de Marfil, Sierra Leona, Argelia, Túnez, China, se vuelve transparente, casi obvio. Y de traza absolutamente clásica, es decir, de conceptos claros, simples, contrastables.

La privatización es el mecanismo básico del nuevo Estado. Aplaudida, impulsada por los organismos internacionales, porque es la única solución lógica y moralmente defendible para la retórica neoliberal –no hace falta ni siquiera justificar la elección, porque en el clima cultural de los últimos treinta años las empresas privadas y las ONG son a priori más confiables que el Estado. Pero la privatización aparece además como una solución natural, y en estricto sentido no política. No sólo descarga al Estado del costo del aparato administrativo, sino también de la necesidad de elaborar un discurso de legitimación. El nuevo orden se explica por imperativos técnicos. Hay otras dimensiones del orden, otros mecanismos en el sistema de dominación, empezando por la organización, el control del acceso a los mercados informales, a los mercados ilegales. El resto de la obra de Béatrice Hibou se ocupa de ellos.

En contraste con la frivolidad del lenguaje dominante en el espacio público, en contraste con la superficialidad de los modelos al uso, la obra de Béatrice Hibou invita a pensar de nuevo porque muestra que es posible pensar de nuevo, con la sobriedad de los clásicos, con la claridad de los clásicos. Es aire nuevo, una invitación a respirar.