Cantando el ‘No pasarán’

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La semana pasada, en la India, una multitud furiosa asesinó a un grupo de parias por haber matado a una vaca. En Irlanda, el Ejército Republicano Irlandés anunció que no deja las armas y que sus fieles siguen dispuestos a matar a quien haga falta. En España, al socaire del Partido Nacionalista Vasco, ETA sigue poniendo bombas para imponer la independencia de una Euskal Herria legendaria, sobre la base de la unidad étnica. Se puede recorrer el mundo: de Bali a Jerusalem, a Filipinas, Croacia, al País Vasco, en todas partes hay la misma mezcla indigesta de religiosidad, ánimo justiciero y vocación asesina, la lógica del sacrificio y la purificación que dondequiera inspira la misma, siniestra alegría.

Aparte de otras cosas más o menos desagradables, el hombre es un animal entusiasta, capaz de creer con fervor homicida en casi cualquier majadería, siempre que ofrezca la ilusión de una fuerza irresistible. La causa es lo de menos: puede ser la Nación, el Progreso, la Voluntad Divina, habrá devotos de lo que sea, lo que importa es la violencia, lo que hace falta es que ronde la idea de la muerte y la ilusión de la pureza, la posibilidad de ponerse del lado del Bien contra el Mal, del lado de la Historia, del lado de Dios. Y que haya un enemigo al que aniquilar. No es difícil de conseguir; basta aprovechar la ocasión y cargar un poco las tintas, echar mano de una retórica grandilocuente y encendida, donde quepan todas las quejas. Lo demás es el efecto de la masa, la risueña ferocidad de la horda: suficiente gente, suficiente ira.

Tampoco hay motivo para extrañarse. La política del entusiasmo es mucho más fácil, más vistosa y más rentable que la política de la sensatez. Con una ventaja adicional: cuando se encuentra entusiasmada la gente no hace preguntas, no duda y no quiere dudar. A nadie le gusta verle a su ídolo los pies de barro (y todos son iguales y todos tienen los pies de barro). A nadie o casi nadie le gusta, en realidad, la política cuando se trata de negociar, buscar la manera de acomodar a todos, poner una regla y sujetarse a ella; porque significa reconocerle al otro, a los otros, su parte de razón y aceptar que no puede tenerse todo. Significa ponerse a dar explicaciones. Y eso, además de aburrido, suele ser bastante espinoso.

Cuando las cosas andan mal, cuando los políticos están faltos de ideas o sienten que les llega el agua a los aparejos, procuran despertar el entusiasmo. La receta es simplísima, la de los cuentos de hadas: había una vez un Pueblo que vivía muy feliz o podría haber vivido muy feliz si no hubiera aparecido un descomunal Enemigo –el imperio, la inmigración, la inmoralidad, el paganismo, la corrupción, la tribu vecina- que se lo quitaría todo. Lo que sigue es poner nombres y apellidos, señalar con el dedo, que la abstracción encarne en individuos concretos no sólo diferentes, sino moralmente malvados. Y dejar que el entusiasmo se deslice por la limpia pendiente de la violencia. En cuanto comienza a haber muertos, la causa se vuelve sagrada, inspira un asombrado respeto en propios y extraños no por otra cosa, sino que haya alguien capaz de asesinar por ella.

Es una historia vieja y repetida hasta el hartazgo. Que seguirá repitiéndose, además, porque sigue ofreciendo buenos resultados: el hombre es un animal entusiasta, de entusiasmo belicoso y cerril. Muy dispuesto a festejar la violencia. No es una exageración decir que todo el esfuerzo de la civilización, desde los modales de mesa hasta la retórica parlamentaria y la música de cámara es un solo, interminable intento de refrenar el entusiasmo.

Hay razones para el desaliento. Sobre todo cuando ve uno a los políticos en todas partes aprestarse para encabezar su próxima cruzada. Pero también hay, insólitas y luminosas, razones para conservar alguna esperanza. Pienso, en particular, en la serena manifestación del sábado pasado en San Sebastián, convocada por el grupo “¡Basta ya!” contra el entusiasmo homicida de ETA y el “nacionalismo obligatorio”; eran más de cien mil personas pidiendo, sencillamente, que se cumpla con la Constitución. No había muchas banderas, pero las había de España, del País Vasco, de Navarra, de la Unión Europea, alguna incluso de la República; iban juntos representantes del Partido Popular y el PSOE, de Comisiones Obreras, de la UGT. Algunos en la cabecera cantaban, con aire a medias festivo y melancólico: “¡Qué barbaridad, qué barbaridad! ¡Otra vez cantando el No Pasarán!”.

La Crónica de hoy, 23 de octubre de 2002