Catorce de julio

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El catorce de julio es una de las pocos aniversarios que todavía me conmueven, junto al catorce de abril. Con toda la arbitrariedad que hay en el sistema de las fechas, porque nada sucede en un día, en el catorce de julio está casi todo lo que me parece digno de celebrarse del orden político moderno, cifrado en el lema que nos sabemos todos de memoria: libertad, igualdad, fraternidad. Conozco la historia: sé que en el intento hubo su mezcla de ambición, casualidad e intriga, venganzas personales y malentendidos, sé que hubo el terror, la resistencia campesina, la corrupción ilimitada del directorio y la dictadura. A pesar de todo, lo mejor de nosotros está ahí, en la turbulenta inteligencia de Mirabeau, en la fogosa virtud homicida de Saint-Just, incluso en el rencor, en el ánimo incendiario de Marat y en la severidad de Sieyès. Vale la pena recordarlo. Aunque sea sólo para medir este abismo.

Ha cambiado mucho el “pueblo” desde entonces. En su mayoría hoy sabe leer, trabaja con horario y tiene alguna clase de atención médica, puede enterarse de la política cotidianamente y tiene derecho a voto. Las elites han cambiado mucho más. Se han vuelto mucho más rudimentarias, mezquinas y medrosas. Ni sabrían ni querrían encabezar hoy un movimiento semejante, ni emplearse en un intento serio encaminado a eso: ¡Hay tantas salvedades que hacer, tantos matices y reparos!

La revolución tiene mala prensa hoy en día. La revolución como idea y la revolución francesa en particular, como origen y modelo de todas las demás. Nuestros intelectuales recuerdan sobre todo la guillotina, los muertos del Terror, el desenlace trágico de la aventura napoleónica; asimilan a Robespierre con Lenin, con Stalin, identifican la revolución francesa con la dictadura bolchevique, ven un solo proceso, repetido, una escuela de tiranos basada en el idealismo desaforado de los jacobinos, irracional si no hipócrita. Siguen casi puntualmente la interpretación de los antiguos comunistas, que también querían que hubiese una pauta general de la revolución, donde eran inevitables la represión y la policía política. Unos han querido justificar el Gulag con los ideales revolucionarios, otros quieren usar el Terror para condenar el intento de todo a todo. Razonan igual. Se equivocan igual, interesadamente.

No hay un modelo de la revolución. El golpe de mano del partido bolchevique y su organización de un Estado policiaco no tiene nada que ver con la rebelión del Tercer Estado ni con la insurrección del pueblo de París en 1789. Tampoco hay un proceso fatal, inevitable, que lleve de la Declaración de los derechos del hombre a la dictadura del Comité de Salud Pública. La historia dice que los cambios repentinos, acompañados de agitación popular, pueden producir catástrofes: es indudable. Lo mismo que los movimientos conservadores o reaccionarios, de rigurosa disciplina militar. Hay una patología de la revolución francesa, como la hay del tradicionalismo chileno, español o guatemalteco.

La revolución tiene mala prensa. Lo que se estila es hacer el elogio de las reformas, de los progresos lentos y espontáneos, pacíficos. Se dice, como si tal cosa, que los mismos resultados podrían haberse obtenido sin violencia, con el solo paso del tiempo. No ha sido así en ninguna parte, nunca. No está de más recordar que la violencia revolucionaria de 1789 fue sobre todo simbólica. Pero sin duda fue revolucionaria. Por primera vez en la historia una sociedad decidió crear sus propias normas, sin fingir la sanción de ninguna autoridad superior; por primera vez en la historia una sociedad decidió fundarse en la igualdad: deliberadamente, por una convicción racional. Ese gesto es lo que vale en la revolución francesa, es lo que queda de ella, doscientos años después. Y no pudo haberse hecho de otra manera. Tenía que plantearse precisamente en ruptura con el Antiguo Régimen.

Los objetivos concretos de los revolucionarios franceses son hoy patrimonio de la humanidad: la igualdad de derechos, la igualdad ante la ley, la libertad de conciencia, la libertad de expresión, la representación política basada en el sufragio. Para nosotros, son valores adquiridos. La ambición última que estaba detrás de esas exigencias tiene hoy la misma validez que tenía hace dos siglos. Sabemos que ningún orden será nunca perfectamente racional y feliz: eso nos aleja del optimismo de Saint-Just; no podemos, sin embargo, aceptar la irracionalidad, la jerarquía, el poder arbitrario, no podemos aceptar como cosa natural la censura o la organización estamental de la sociedad. Corrijo: no deberíamos aceptarlo.

La medida del hombre, la nuestra, está todavía en ese grito de hace dos siglos: libertad, igualdad, fraternidad.

La Crónica de hoy, 14 de julio de 2004