Con ventilador

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Habrá que hablar de los «aviadores» del DDF, y no porque sea un plato de gusto, sino que el caso es sintomático, revelador. Desde luego, la lista fue una invención malintencionada: lo mismo pudieron haber publicado cuatro páginas de la Sección Amarilla. El caso es que, de todo lo que nos habían ofrecido para que les votásemos, lo que les parece más importante es cumplir con la revelación de un mundo inacabable de corrupción, haya existido o no; y eso significa que cuentan con seguir ganando votos a fuerza de escándalos. Ellos sabrán.

Indudablemente, Cuauhtémoc Cárdenas considera que con amagos y fintas de ese tipo gana popularidad; lo de los «aviadores» (que no lo eran), lo de los periodistas vendidos (que nunca supimos quienes eran), lo de que Espinosa gobernaba con métodos propios del crimen organizado (que no sabemos en que consistían), todo son actos de campaña. Está anunciando, así hay que verlo, cómo va a gobernar el país después del dosmil. Que va a perseguir a todos los corruptos por acción, omisión, dimisión, asociación o equivocación, a los que lo son, los que parecen y los que pasaban por ahí. Un gobierno justiciero, pues.

No que esté mal: en absoluto. Uno está convencido de que al aparato administrativo del Estado le hace falta -con urgencia- algo más que hojalatería y pintura. Y no por ánimo de venganza, sino todo lo contrario. Uno es que peca de ingenuo a sabiendas, pero está convencido de que hay muchos, muchísimos funcionarios honestos, esforzados, incluso heroicos en el intento de hacer su chamba por las buenas, a derechas y por pura cabezonería republicana. Y lo más importante que cabría esperar de una limpieza enérgica y honrada, con detergente biodegradable y buena fe, es la vindicación de esos personajes.

Sería verdaderamente saludable, reconfortante, que la oposición convertida en gobierno nos dijera quiénes han hecho bien las cosas, que publicase la lista. Que nos descubriera que hemos tenido (y sin darnos cuenta) servidores públicos responsables, concienzudos, austeros. Eso, sobre levantarnos la moral, que buena falta hace, ayudaría a que viésemos la gestión del gobierno con mayor realismo, que se disipara la fantasía idiota de que este país sería como Suecia si no fuese porque los políticos se roban el dinero. Ayudaría también, dicho sea de paso, para que juzgásemos después a los opositores gobernantes con criterios más sensatos y comedidos: que no nos viniese una decepción desmesurada si este país no se convierte en Suecia cuando sean ellos los mandones.

No van por ahí los tiros. Aquí se trata de esparcir estiércol con ventilador y agarrarse al paraguas, hacerse el desentendido. Total, nadie va a pedirle cuentas al nuevo gobierno de lo que haga con los doscientos y pico millones que se van a ahorrar (eso dijeron) por no pagar «aviadores».

Lo más probable es que me equivoque. Quiero decir: que la campaña seguramente dará resultado, porque es lo más probable que la gente disfrute con el espectáculo y quiera más. Ahora que, puestos a enlodar, los del PRI tampoco se andan con remilgos. De modo que nos esperan dos años deprimentes.

 

El Universal, 1997