Cuba, como siempre

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Lo más triste que hay en la discusión sobre los derechos humanos en Cuba es que siga en el mismo punto, exactamente el mismo, que hace diez, quince o veinte años. Se repetirá de nuevo en estos días, en la Comisión de Derechos Humanos de Ginebra: tampoco conducirá a nada. El foro no tiene casi ninguna utilidad. Es un escenario para manifestar otras cosas, que ni remotamente se refieren a los derechos humanos. Nadie se llama a engaño respecto a eso pero tampoco nadie va a ponerle remedio, porque tal vez no hay remedio. Todo el mundo sabe que en términos prácticos no se puede esperar nada de la discusión, todo el mundo sabe que sólo es una oportunidad para que los gobiernos de Cuba y Estados Unidos rentabilicen algo del valor simbólico de su conflicto.

En esta ocasión, como parte de su campaña de propaganda, Fidel Castro ha ordenado la excarcelación de catorce disidentes, presos desde marzo de 2003. Catorce de un grupo de setenta y cinco, no hay que olvidarse, que fueron sentenciados en un juicio sumario, condenados a pasar hasta veintiocho años en prisión. La mayoría sigue allí. La decisión se anunció con el tono bombástico, campanudo y jactancioso de siempre; según el gobierno cubano, el gesto “corrobora una vez más la naturaleza magnánima, el profundo humanismo, la ausencia de rencor y odio” que lo inspiran. Nada menos. Con eso tienen Saramago y García Márquez para dejarse las manos aplaudiendo, lo mismo que González Casanova y los demás rentistas del capital revolucionario. Como hace diez o veinte años, o treinta.

Para completar la información del tema la semana pasada publicó La Jornada una entrevista con un escritor cubano, de nombre Miguel Barnet. Escritor y político, según dice él, funcionario en activo, que vive en Paris, acreditado ante la UNESCO, y que está en Ginebra en estos días para defender la dictadura de Castro. La frase que destaca el periódico como titular dice todo lo que hace falta: “Cuba es una nación con una dignidad del carajo”. Fuera de eso, dijo lo de siempre. Que en Cuba “el concepto de democracia es muy original” y que Estados Unidos no quiere que eso se sepa, porque su propósito es “aniquilar la cultura cubana”. Ya sé: no es para tomárselo en serio. No hay más que volver la página, olvidarse, dejarlo pasar. Sólo que hace tres semanas –no lo sabe el señor Barnet, ni lo menciona- murió en Londres Guillermo Cabrera Infante, el más grande escritor cubano del último medio siglo, equiparable únicamente a ese otro prodigio que fue José Lezama Lima. Murió en el exilio, acosado siempre, injuriado, sin haber perdido nunca ni el sentido del humor ni la capacidad de indignación. No: hoy no se pueden pasar por alto las infames majaderías del burócrata Barnet, que se hable de la dignidad y de la cultura de Cuba sin mencionar a Guillermo Cabrera Infante, sin decir que murió en el exilio, que sus obras no pueden publicarse en la isla.

La nota de color en la entrevista la pone el sentido crítico del señor Barnet, que es realista y crítico, por supuesto. Reconoce que hay “contradicciones” en Cuba. Por una razón: hay turistas y con los turistas llegan “algunas cositas malas”; no puede evitarse, dice, “debemos entender que a veces entran cosas feas”. Es un aviso para sicofantes: hay que recurrir a esos eufemismos de mujeruca provinciana, hay que bajar la mirada con resignación, lamentar la fealdad del mundo, para no poner en riesgo el negocio de padroteo al que está dedicado el régimen en su vejez indecorosa, decrépita.

Dentro de algunos años, pocos, quedará una imagen de Castro muy similar a la que tenemos de Ceaucescu. Los que hoy aplauden serán los primeros en denunciarlo: se echarán las manos a la cabeza, se lamentarán a gritos de haberse dejado engañar; conservarán íntegra su autoridad moral: después de todo, no tienen más culpa sino haber sido soñadores. En Cuba ganarán los de siempre, los funcionarios obedientes, que ya se han ido colocando en los resquicios de la economía que viene, lo mismo que sucedió en Rusia. Serán entonces como ahora los más airados defensores de la dignidad cubana.

Todo viejo, todo insoportable y trágicamente repetido.

 

La Crónica de hoy, 23 de marzo de 2005