De ayer a hoy

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Es posible que nuestros políticos hayan sido siempre igual de mediocres. En todo caso, los nombres que se oyen son los mismos. La mayoría de quienes figuran son los de antes, en cualquiera de los partidos. No hay motivo para suponer que en otro tiempo fuesen mejores, ni más hábiles ni más responsables. Lo que ha cambiado es el sistema, algunas de las reglas del sistema, y el efecto ha sido desastroso. Seguramente sucede que las virtudes que eran útiles antes ya no sirven para nada y por eso los mismos personajes que hace diez años ofrecían una imagen más o menos decorosa, de quien conoce su oficio, hoy no dan pie con bola; sin la línea de la presidencia y sin las convenciones del antagonismo entre el PRI y la oposición están casi todos extraviados.

En general, da la impresión de que la democracia (o lo que sea esto) ha sido sobre todo una escuela de cinismo. Simplifico, ya lo sé, pero creo que no falsifico lo que sucede. Tampoco pretendo moralizar. El problema, el que quiero ver ahora, no es la desvergüenza individual de nadie, ni siquiera la desvergüenza generalizada, sino el deterioro del sistema representativo, es decir: un problema de inteligencia y sentido político, no un problema moral. Digo deterioro con plena conciencia. Digo que antes había al menos el intento de que las poses, los gestos, los discursos, las alianzas significaran algo más allá del interés inmediato de fulano o mengano. Tanto en el PRI como en la oposición. Recuerdo una página de Martín Luis Guzmán en La sombra del caudillo, un diálogo entre los dos candidatos; decía uno, el general díscolo, que más allá de las frases los dos sabían que en su enfrentamiento no había más que ambiciones personales, bandas de politiqueros buscando un gancho, grilla. La respuesta del personaje que representa a Calles es memorable: “Mis andanzas en estas bolas van enseñándome que, después de todo, siempre hay algo de la nación, algo de los intereses del país, por debajo de los egoísmos personales a que parece reducirse la agitación política que nosotros hacemos y que nos hacen.” Eso hemos perdido, esa convicción que acaso era la de Calles y sin duda la de Martín Luis Guzmán.

Hoy es todo mucho más transparente y más obvio. No porque haya mejor información: nuestro periodismo conserva los vicios de siempre. Sólo que hoy nadie podría tomarse en serio la frase del caudillo. Lo que hay son pleitos personales, grilla, nada más. En aquello de antes, en el tiempo que va de Calles a Salinas, había su dosis de hipocresía, por supuesto que sí. Pero eso no le quita importancia: al contrario. Hay motivos para echar de menos esa hipocresía, ese disimulo constante, con toda su pomposa rigidez, porque tenía al menos un atisbo de dignidad. En el fingimiento de los políticos había la conciencia de que representaban algo y que estaban obligados a vestir, aderezar y adornar su ambición, hacerla significativa. Eso va de ayer a hoy. La nueva transparencia muestra, bien a las claras, que es todo un simulacro y el sistema no representa nada.

La noticia en estos últimos días, la que más se comenta, es el pleito dentro del PRI. No muy diferente de otros pleitos, de antes, salvo por su crudeza, por la absoluta vulgaridad con que se ventila. A nadie le importa verdaderamente, fuera de las clientelas de unos y otros, si gana la profesora Gordillo o gana Roberto Madrazo o Arturo Montiel. El conflicto sirve como signo de los tiempos precisamente por eso. No hay ni siquiera el intento de hacer que signifique algo, más allá de la capacidad de unos y otros para manipular reglamentos, quedarse con los puestos, repartirlos. Todo es público, transparente, de una absoluta esterilidad. Antes al menos podíamos hacernos la ilusión de que en esas rencillas se decidía algo importante, que se refería al proyecto, a la idea del país definida desde la presidencia. Ya no.

Sucede lo mismo en los demás partidos. En la campaña del PAN, por ejemplo, donde todos se acusan mutuamente de hacer trampa. Todos miran sus encuestas y hacen sus cálculos, tratan de amarrar votos con recursos francamente pedestres: hoy conviene elogiar al presidente, hoy conviene hacerle la guerra, hoy una bravuconada o un llamado a la unidad. Es el “quítate tú para ponerme yo”, sin adornos. Nadie puede saber qué representa Santiago Creel, ni por qué sea distinto de lo que representan Felipe Calderón o Alberto Cárdenas. En el camino, uno dice que el gobierno trata de intervenir, otro denuncia compra de votos, el tercero acusa a los otros de deslealtad, los tres dicen que la elección interna es un albur en una timba de tramposos.

En el PRD el espectáculo está básicamente en el Distrito Federal, que tiene como bastión porque cuenta con la capacidad para manejar, desde el gobierno, a los taxis piratas, los invasores, ambulantes, microbuseros y empresarios de la construcción. Eso y el negocio de la especulación inmobiliaria. El botín que se está peleando en los últimos días son los puestos en la Asamblea de Representantes, donde se han atrincherado unas tribus en su guerra con las otras. Transparente, público, publicado. La clientela de Bejarano quiere los puestos, sobre todo, para poner a su candidato: los otros tratan de impedirlo. En sus cuentas, la elección está ganada. Todo está en saber si el jefe será Gómez o será Quintero, Ortega o Ebrard. No hay más diferencia sino la red de leales, amigos, parientes y paniaguados que pondría cada uno en el gobierno.

Es normal, es razonable incluso que haya conflictos dentro de los partidos, ideas distintas de la estrategia que conviene seguir. También es normal la ambición personal: ésa es, por decirlo de algún modo, la enfermedad profesional de los políticos. Sin embargo, en un sistema representativo hay por lo menos el intento de que esa ambición signifique algo, que se refiera a los intereses sociales, de algún modo. Lo que decía el personaje de Martín Luis Guzmán. Es lo que se echa de menos, el indicio más claro de la talla de nuestros políticos.

Decía Napoleón, según Les Cases, que un monarca absoluto puede al menos conservar la dignidad del silencio, pero que un político democrático, forzado a hablar y explicarse y rendir cuentas, se ve obligado por eso a mentir a cada paso. De acuerdo, en lo que se refiere a la dignidad personal. Ahora bien: las mentiras del político en un sistema democrático dicen que el sistema tiene algún sentido, que las decisiones deben referirse de algún modo a las necesidades de la gente. Esto es otra cosa. Nadie se siente obligado a mentir. Más bien: nadie se esfuerza siquiera por hacer que sus mentiras resulten convincentes.

Es una situación peligrosa. Básicamente se juega con el voto y el apoyo de clientelas amarradas, que se fabrican desde los aparatos de gobierno, y más allá de eso se apuesta al fastidio y la desesperanza, al “voto útil” o la lógica del “mal menor”. No hace falta prometer gran cosa, tampoco disimular. Después de todo, es obvio que el mal menor es un mal, que se escoge porque no hay más remedio. El resultado es que los políticos, metidos en ese sistema, acostumbrados a esa mecánica, desarrollan un profundo desprecio hacia la gente, y se les nota: desprecio hacia sus partidarios, que se ven obligados a defender lo indefendible y a repetir mentiras que no convencen a nadie; desprecio hacia sus adversarios, porque no sirven de nada ni las razones ni los escándalos; desprecio hacia ese electorado flotante, más o menos volátil, al que se le ofrece eso, un mal menor.

Insisto: no es un problema moral, aunque se explique con términos morales. La desvergüenza, el cinismo, el desprecio, tienen consecuencias políticas. Afectan a la naturaleza del sistema representativo, terminan por hacerlo insignificante.

 

La Crónica de hoy, 21 de septiembre de 2005