Del populismo de los antiguos

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Guy Hermet, Jean-Francois Prud’homme, Soledad Loaeza (Comps.) Del populismo de los antiguos al populismo de los modernos, México: El Colegio de México, 2002, 430pp.

Hay algo curioso, incluso sorprendente en este libro: los dos textos introductorios, de Guy Hermet y Jean Francois Prud’homme, por poco dicen que es un libro imposible de hacer. El populismo es algo impreciso, evasivo, inasible, es demasiadas cosas a la vez, está en casi todas partes y, si se mira bien, en ninguna. Eso que tienen en común la política argentina de hace cincuenta años y la política rusa de hoy, la noruega o la boliviana, es una cosa obvia e indescifrable. Y sin embargo, tenemos un libro no sólo útil, utilísimo, sino de lectura apasionante.

Dejemos de lado por un momento el problema del nombre. Lo que el volumen nos ofrece es material para un diagnóstico –un diagnóstico bastante sombrío, dicho sea de paso- de la situación política de nuestro principio de siglo. Los varios ensayos que lo componen se dedican a documentar un malestar difuso y general, una irritación mal contenida, una incomodidad con la política que se deja sentir lo mismo en Francia que en Colombia, Austria o México, y que se traduce en formas más o menos groseras, a veces agresivas, amenazadoras, de la política de masas. Una política autoritaria, maniquea, moralista y antiparlamentaria, es decir: populista. Los textos se refieren a casos muy distintos; por donde se mire, es casi incomparable la situación de Francia con la de Venezuela, por ejemplo. Esa variedad, no obstante, en la mirada de conjunto que permite este libro, obliga a buscar rasgos comunes, pautas, obliga a imaginar coincidencias en un plano más abstracto y general, específicamente político.

Se trata del populismo. La impresionante variedad de fenómenos a los que se refiere el término invita a buscar lo que Jean Francois Prud’homme llama una definición “minimalista”; después de todo, la palabra tiene para nosotros un significado reconocible, aunque sea difícil de explicar (sucede lo que decía San Agustín respecto al Tiempo: “Si no me lo preguntan, sé muy bien lo que es el Tiempo; si me preguntan, ya no lo sé.”).

Personalmente, me gusta la provocación que hay en el título del libro. Porque sugiere que hay en el populismo, con todas las variaciones que se quiera, algo primordial, que toca a la naturaleza misma de la política. Y que por eso podría encontrarse tanto entre los antiguos como entre los modernos, en la Roma del siglo primero o en el México del siglo veinte. Por la misma razón me disgusta la reticencia de Guy Hermet, que desecha el paralelismo como si fuese no más que una boutade: “se retoma la metáfora –dice- únicamente por su calidad estética”. Prefiero la aventurada conjetura de Prud’homme, que se toma en serio el título y señala a la antigüedad romana no como antecedente, sino como campo de experiencia comparable, asimilable, útil para explicar el populismo de los modernos.

Pero, vayamos por partes. Guy Hermet es tajante en su ensayo: propone una distinción entre los “verdaderos populistas” y los demás. Es decir: contra la vaguedad de la significación que le asigna nuestro sentido común, establece un uso restringido del término, que sólo podría usarse con propiedad en un limitadísimo número de casos. Lo malo es que no se sabe cuáles son. No está claro quiénes serían los “verdaderos populistas”: su definición es una amalgama de rasgos sicológicos, de temperamento moral, peculiaridades históricas y tendencias demográficas que es difícil ver en conjunto.

Es cierto que hay diferencias y que importan: es mucho lo que va de Perón a Hugo Chávez, de Poujade a Le Pen. Pero también es cierto que, de algún modo, son fenómenos emparentados y no sólo por su apariencia. En su ensayo, Herbert Braun sugiere distinguir entre “populazos” y “populitos”, con lo cual se refiere no sólo a la talla política de los líderes, sino a la situación en la que se encuentran; es decir: en un caso y otro se trata de populismo, pero la misma forma política tiene una inercia y un carácter distinto cuando cambian las circunstancias demográficas, económicas, institucionales. Tengo la impresión de que esa posible definición “minimalista” de que habla Prud’homme hay que buscarla en esa dirección; procurando, sobre todo, encontrarla en el plano estrictamente político.

La primera definición del populismo que recuerdo, verdaderamente minimalista, se la debo a Herbert Braun; el populismo –decía Braun hace veinte años- es un hombre en un balcón hablando a una masa.

Todos los detalles eran indispensables. Que hubiese un hombre, un líder personal conocido e indudable; que ese hombre, el líder, estuviese en un balcón: en la forma más precaria pero también más inmediata y obvia de superioridad, por encima del resto; que el hombre hablara, que se comunicara, que estableciera un contacto verbal y gestual con la gente, que dijera cosas emocionantes; y que debajo hubiera una masa, es decir: no un partido o un ejército, no un sindicato ni un público, sino un conjunto indiferenciado de gente.

A partir de esa definición, tan grosera como parezca, es posible notar que las circunstancias introducen cambios fundamentales; pienso en uno: la televisión. Los populistas de hoy pueden ser escuchados por mucha más gente, eso es verdad, pero son escuchados de otra manera: el escenario es enteramente distinto y la calidad emocional de la experiencia política lo es también. Sólo a veces, en actos de campaña electoral, puede reproducirse la situación clásica que decía Braun del balcón y la masa; en general, el populismo televisual es, sin remedio, una forma diluida. Por otra parte, es importante también anotar lo que la definición excluye: no hay, según ella, ningún contenido programático o ideológico particular del populismo; halagar a la masa o contribuir a darle un sentido de identidad puede hacerse con materiales muy distintos. Dicho de otro modo, el populismo sería básicamente una “forma política” caracterizada por un liderazgo autoritario, una masa relativamente indiferenciada y una retórica maniquea y plebeya.

Son fundamentalmente los mismos rasgos que requiere la definición de Soledad Loaeza: el liderazgo vertical, una idealización maniquea del Pueblo y una aversión hacia las instituciones representativas (en otras palabras, una predilección por el mando inmediato). Ofrecen una definición mínima, es verdad, pero una definición propiamente política y cuyas características están presentes en todos los casos, incluso en los “populitos” de que habla Braun, incluso en esos “falsos” populismos televisivos en la interpretación de Guy Hermet.

En términos sociológicos, la composición de una masa populista es variable: la formaban básicamente los “desposeídos” urbanos en Argentina o Brasil a mediados del siglo veinte, pero también puede reunir a grupos de clase media, a quienes dependían del gasto del Estado de Bienestar, también a miembros de comunidades rurales. En cuanto a su mecanismo sicológico, la conjetura más verosímil dice que el populismo obedece a un resorte hecho a base de inseguridad y desconfianza: la inseguridad producida por las migraciones masivas y la urbanización, por la desaparición de los recursos de apoyo del Estado de Bienestar, la desconfianza ocasionada por las crisis en el sistema de representación política.

En el contenido ideológico del populismo hay una vaguedad muy característica, con giros típicos de la izquierda y automatismos que suelen asociarse con la ultraderecha. Adopta, en general, un discurso que se refiere a las “necesidades del Pueblo”: es un modo de reconocer a esa masa, darle identidad y sentido. Por eso el suyo es un discurso maniqueo, simplista y plebeyo: ofrece un mecanismo de identificación inmediato a partir de las referencias étnicas, religiosas, culturales, nacionales, aquello que se supone que constituye al Pueblo; esa misma intención lo hace maniqueo y plebeyo, antioligárquico, de acusada inclinación moralista: el enemigo natural del Pueblo –esa masa prácticamente indiferenciada- es una oligarquía que favorece la disolución moral.

Dicho en otros términos: el discurso populista reivindica a la masa y la constituye como Pueblo, reconoce su inseguridad y le confiere una calidad moral superior. Además, señala con toda claridad, con toda crudeza a los enemigos; por eso brinda la ilusión de la facilidad: los problemas se reducen a una oposición básica, las soluciones son igualmente elementales y están inmediatamente a la mano.

Aquí me interesa tomar en serio la sugerencia de Jean-Francois Prud’homme y mirar a los antiguos. En particular, me llama la atención el análisis que hace Salustio de la conjura de Catilina; describe una situación de decadencia, donde los “mejores” ya no tienen títulos ni virtudes (“la avaricia vino a subvertir la lealtad, la honradez y las demás virtudes, introduciendo en su lugar soberbia, crueldad, indiferencia religiosa y venalidad en todo”); describe a un líder popular, un demagogo que adquiere su prestigio político a base de repartir dinero, premios, promesas (“el cabecilla se apresuró a ofrecerles nuevos registros, proscripciones de ciudadanos ricos, magistraturas, cargos sacerdotales, saqueos y demás excesos”) y que mediante esos recursos se rodea de un grupo numeroso, creciente y heterogéneo, donde hay plebeyos y esclavos e incluso mujeres, es decir: una masa, donde impera la indistinción. Una masa que se unifica, mediante Catilina, contra su enemigo que son los ricos, los patricios.

Tomemos el caso –apresurada, incluso arbitrariamente- como un ejemplo posible de lo que sería el “populismo de los antiguos” ¿Qué hay en él? Desde luego, está la oposición entre pobres y ricos, pero ésa es una constante del mundo antiguo y del moderno: no es una novedad de tiempos de Catilina. Lo nuevo, que podría caracterizar al “momento populista”, es que esa oposición se vuelve fundamental, se sobrepone a todas las otras oposiciones y configuraciones del complicadísimo orden jurídico romano; lo nuevo es que las demás formas de estructuración de lo político se desacrediten o se desdibujen y quede tan sólo esa simple, inmediata, donde los pobres llegan a conformar una masa.

Hagamos caso de la invitación implícita en el volumen; ensayemos una definición formal: el populismo es una forma de acción política que emerge cuando lo político ha perdido su estructura o cuando esa estructura ha perdido legitimidad y eficacia para organizar los conflictos. En esa circunstancia, las identidades se hacen borrosas y hay una masa social que necesita recuperar una identidad mecánica e inmediata, como Pueblo, oponiéndose a una oligarquía; lo hace mediante un líder de retórica maniquea y plebeya, cuya autoridad es vertical y ajena al aparato tradicional de las instituciones.

La “desestructuración” de lo político puede producirse de muchas maneras. En general, resulta de una transformación social relativamente rápida que no puede ser asimilada por el orden institucional. Lo interesante sería saber qué sucede después, de qué modo se “supera” o se trasciende el momento populista. A principios del siglo veintiuno, en pleno auge del nuevo populismo, es una pregunta que nos interesa a todos.

 

 

Fernando Escalante Gonzalbo