Democracia descompuesta

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Empezó el presidente, hace tiempo ya, quejándose del Congreso y de los partidos. También el secretario de gobernación. Siguieron los empresarios: airados, amenazadores, furiosos porque la democracia no funciona. En los últimos días se ha sumado al coro un surtido de diputados y notables, todos con la misma idea: el sistema político no sirve y hay que cambiarlo de arriba abajo. Hay quien habla de redactar una nueva constitución, la mayoría se conforma con rehacer la que tenemos. Coinciden en el diagnóstico: las cámaras están paralizadas, no hay manera de lograr ningún acuerdo, nadie piensa en el interés nacional, es imposible gobernar. La prensa lo repite con una insistencia agobiante.

Los cambios que se proponen son verdaderamente revolucionarios. Se habla de cambiar el régimen presidencial, sustituirlo por uno parlamentario. Hay también la idea de imponer una mayoría automática en el congreso, dándole todos los diputados necesarios al partido que haya tenido mayor votación. Lo que se plantea con más frecuencia es autorizar la reelección de diputados y senadores, como medio para romper la disciplina partidista y hacer más sencilla la negociación de votos.

La mayor parte de los cambios son disparatados. Se nota que son ocurrencias, producto de la improvisación. Nadie ha pensado seriamente en las consecuencias que tendría lo que se propone: cada quien anticipa el escenario que más le conviene y se hace la ilusión de que todo irá a su favor. En el mejor de los casos se adopta el modelo del sistema político norteamericano, francés o español; en general, lo único que hay son fantasías, con argumentos más o menos especiosos, para darles alguna verosimilitud. Nadie piensa, ni por asomo, que sus nuevas reglas pudieran producir un sistema político como el de Nigeria, Colombia, Pakistán o Bolivia. Lo que más llama la atención es la urgencia con que se quieren hacer las reformas: como si la situación fuese de verdad catastrófica.

Tratemos de verlo con un poco más de calma. Veamos lo fundamental, lo que ha desatado la tormenta: la parálisis legislativa. En los últimos tres años se han aprobado hasta cuatrocientas iniciativas. Serán menores muchas de ellas, otras no. El escándalo se debe al rechazo de una propuesta de reforma fiscal, nada más; las otras reformas de las que se habla, energética y laboral, ni siquiera llegaron a presentarse. ¿Dónde está la parálisis? Se dice que con el orden actual es imposible formar mayorías. Bien: hasta donde puede verse ha habido en el congreso una mayoría bastante sólida, que se opone a gravar con el IVA los alimentos y las medicinas, hay una mayoría que se opone a privatizar la generación de energía eléctrica o la extracción de petróleo. No es la mayoría que querría el presidente, no es la que les gustaría a los empresarios, pero representa bien la opinión del país. Es decir: la conducta reciente del congreso indica que la democracia funciona, al menos en eso.

Se hace difícil pensar que una reforma verdaderamente popular, que tenga el apoyo de la gente, vaya a ser rechazada por la mala voluntad de los partidos. No lo hemos visto. Lo que no tiene sentido es esperar que los diputados traicionen directamente sus promesas de campaña, que apoyen iniciativas impopulares, de resultado dudoso, sólo por darle gusto al presidente y a dos docenas de intelectuales.

El intento ahora es imponer algún mecanismo que permita sortear la democracia. Se piensa en fabricar una mayoría automática en el congreso para que el presidente –el jefe de gobierno, para los más audaces- pueda imponer sus iniciativas sin discusión; se piensa en la reelección para quebrar a los partidos, para que sea posible comprar al menudeo los votos en el congreso, con diputados que sean personalmente propietarios de sus distritos. En el fondo, la agenda es la misma: una reforma fiscal favorable a los empresarios y los banqueros, la privatización del sector energético, la desregulación del mercado laboral. Sólo que se trata de imponerla de modo indirecto, con un cambio en las reglas del juego, para que sea más fácil arreglarse con la clase política.

Entre los nuevos partidarios de la reforma general del sistema político están los que han resultado marginados en sus propios partidos. Tampoco es una sorpresa. Falta ver si hay en nuestra clase política gente suficiente, con claridad y seguridad suficientes, para defender esta democracia, hasta donde pueda dar de sí, sin renunciar a las primeras de cambio.

 

La Crónica de hoy, 22 de septiembre de 2004