Desorientación imperial

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Hace dos o tres años se publicó un volumen de memorias de Robert MacNamara, que fue Secretario de defensa de los Estados Unidos durante la mayor parte de la guerra de Vietnam. Hace falta estómago para leerlo, pero tiene su interés. En muy resumidas cuentas dice que el gobierno norteamericano no tuvo nunca información seria y confiable sobre Vietnam ni pudo interpretar correctamente la que tenía. Peor: dice que a nadie le preocupaba demasiado. Dice que al cabo de un tiempo nadie en Washington tenía una idea clara de lo que significaba ganar la guerra ni cómo podía terminarse. El conjunto habla de una desorientación difícil de imaginar, sólo comparable a la arrogancia de los generales y los políticos que pensaban que todo podía resolverse a base de bombas. Resulta particularmente patético el relato del golpe de estado contra el presidente Diem, que desató la CIA casi por error, por un telegrama perdido en un fin de semana, pero el resto no es mucho mejor. Conocemos el resultado, lo que MacNamara llama piadosamente la tragedia de Vietnam.

No fue un caso único, ni mucho menos. Poco tiempo antes, mientras los franceses negociaban a toda prisa su retirada de Indochina, con cualquier solución que hubiese a mano, el presidente Eisenhower decidió boicotear al régimen de Norodom Sihanouk en Camboya, porque estaba convencido de que un gobierno democrático sería más estable y próspero y más confiable como aliado. Prefería que hubiese elecciones de inmediato. Sólo para dejar las cosas en claro, decidió no invitar al príncipe a cenar a la Casa Blanca, cuando fue a Washington en visita oficial; a cambio, el Departamento de estado le propuso que asistiera a una función de circo. Con la misma displicencia se decidió, años después, bombardear las bases de la guerrilla vietnamita en la frontera con Camboya. La consecuencia final, que no era tan difícil de imaginar, fue la instauración del régimen demencial de Pol Pot y la muerte de casi una cuarta parte de la población de Camboya.

En el Congo, en 1960, para el mismo Eisenhower, el problema era la democracia, porque había puesto en el gobierno a Patrice Lumumba, que en los informes improvisados por la CIA resultaba ser un radical peligroso. La historia no tiene mucho misterio: Lumumba se había mostrado poco agradecido hacia el rey de Bélgica, en el día de la independencia, y cuando se le cerraron todas las vías de crédito en Occidente, para darle una lección, buscó el apoyo de la Unión Soviética, en vez de hundirse sin chistar. La solución fue apoyar el golpe de estado de Joseph Desirée Mobutu, que gobernó el Congo hasta el fin de siglo con un sistema cuya rapacidad se convirtió en modelo: para él se inventó el término “cleptocracia”; su legado es una guerra civil que parece interminable y se extiende como una mancha por el centro de África, con el Congo invadido por Uganda, Ruanda, Angola y Zimbabwe. Para dejarlo todo bien atado fue necesario autorizar el asesinato de Lumumba: pero eso ya no fue de Eisenhower, sino de Kennedy.

Lo más llamativo, si se mira en conjunto el siglo del dominio norteamericano, es que la misma desorientación, la misma falta de sentido estratégico y hasta de coherencia hay en los arranques de aislacionismo. En los años veinte y treinta, después de haber sacrificado cientos de miles de vidas de soldados estadounidenses en Europa, después de haber propuesto la traza del nuevo orden, Washington decidió que la Sociedad de Naciones no tenía importancia ni valía la pena complicar a Estados Unidos en los problemas del mundo. Así pasó, allá lejos, la invasión de Etiopía, el Anschluss, la intervención de Italia y Alemania contra la República española. Lo que vino después se había anunciado docenas de veces y nada autoriza a suponer que hubiese sido imposible de evitar.

No es fácil acertar en la política internacional ni se puede ser del todo coherente. No fue más atinada a fin de cuentas la política de “apaciguamiento” de Francia e Inglaterra frente a Hitler ni fue muy exitosa la invasión soviética de Afganistán. Ahora bien: Estados Unidos es, como se dice, una superpotencia. Eso significa que debería tener una visión un poco más amplia, un mejor conocimiento, capacidad para calcular con un poco más de serenidad: tiene recursos financieros, militares, diplomáticos, para diseñar una política exterior más o menos razonable. Llama la atención que no sea así. Llama la atención la facilidad con que se engañan a sí mismos con sus prejuicios o se dejan llevar por las consideraciones del más mezquino interés de plazo no corto, sino inmediato: la tasa de interés del próximo trimestre, la encuesta de popularidad de fin de año.

Se ha explicado, ya lo sé, por el tamaño de los Estados Unidos, porque en buena medida su economía puede sostenerse sola y crecer a partir de la demanda interna; también por los complicados equilibrios de su sistema constitucional, que terminan dando una enorme importancia a los intereses locales. Eso ayuda a entender algunas cosas: por ejemplo, que se exija a todo el mundo la eliminación de los subsidios agrícolas, para la producción de algodón en Mali, pongamos por caso, mientras se mantienen en casa, para cuidar al electorado de Louisiana. No es todo. Se ha explicado también la política exterior norteamericana por la tradición puritana y el deseo recurrente de vivir fuera del mundo; una pura fantasía, por supuesto, y cada vez más absurda, pero no por eso menos eficaz como fantasía. Cuando se miran las decisiones una por una lo que hay es sobre todo una ignorancia desoladora, un absoluto desinterés por el resto del mundo, mezclado con la arrogancia de la fuerza.

Decía Susan Sontag en un ensayo clásico que el rasgo más típico de la cultura norteamericana es la confianza en la fuerza bruta. Algo hay de eso. El mundo resulta mucho más simple, más fácil de entender, si se supone que puede aplanarse a trancazos. Hay incluso una elaborada tradición de pensamiento estratégico en los Estados Unidos, teorías de las relaciones internacionales que definen la racionalidad a partir de la fuerza; hay quienes sostienen –Robert Kagan, por ejemplo- que los enredos multilaterales y la matizada y cuidadosa diplomacia europea es sólo producto de la debilidad, consecuencia de que Europa no tiene un ejército de un millón de hombres ni un arsenal nuclear inmediatamente disponible. Son teorías de una simplicidad desarmante, que se entiende que causen furor en una reunión de gabinete en la Casa Blanca o que inspiren un respeto casi reverencial a nuestros intelectuales más cosmopolitas: realistas, maduros, desencantados. El único inconveniente que tienen es que no sirven para explicar los desastres de Vietnam, Camboya, Congo, Irán, Angola, Cuba, Libia, Indonesia. Ni siquiera ese lento, cotidiano desastre que es la frontera con México.

Los errores de la política exterior estadounidense no son azarosos, sino que obedecen a un sistema. Hace menos de diez años se decidió intervenir en Somalia para restablecer la paz: de nuevo, nadie sabía lo que podía hacerse allí ni cómo restablecer la paz. Los soldados norteamericanos se retiraron en pocos meses, sin haber logrado prácticamente nada. Para evitar que sucediese algo parecido en Ruanda, en 1994, Estados Unidos impidió cualquier resolución del Consejo de Seguridad, incluso evitó que se usara la palabra genocidio, mientras ochocientos mil tutsis eran masacrados en cuestión de semanas. Todo cambió después de los atentados de septiembre de 2001: todo sigue siendo igual. En estos días se anuncia una nueva estrategia de lucha contra el terrorismo, también un próximo retiro de las tropas instaladas en Irak, como parte de un plan para estabilizar la región. Habrá a quien le interese fingir que se lo cree, por la cuenta que le trae: a nosotros no. Hacer una política exterior pronorteamericana como la que ha tratado de hacer el presidente Fox, con la idea de obtener algún beneficio, es uno de los juegos más arriesgados que pueden jugarse en el escenario internacional; para nosotros, como vecinos, es directamente absurdo.

 

La Crónica de hoy, 3 de agosto de 2005