Diálogo de civilizaciones

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Hace algunos meses el jefe de gobierno español, Rodríguez Zapatero, propuso abrir un diálogo de civilizaciones. Más: formar una alianza de civilizaciones. Hablaba ante la Asamblea General de Naciones Unidas, donde trataba de explicar la retirada española de Irak y presentarse como mediador para los conflictos de Oriente Medio. No se entiende del todo, pero era algo así. La idea se aplaudió mucho en su momento, porque suena bien. Es una simpleza, equivalente a la del choque de civilizaciones. De hecho, es la cara amable de la misma idea.

Los conservadores, en Estados Unidos y en Europa, llevan ya varios años hablando del conflicto inevitable entre la civilización occidental y el Islam. La imagen es muy sencilla y muy atractiva para los medios de comunicación: permite reportajes emocionantes, llenos de colorido, puede representarse gráficamente con turbantes, barbas, cruces y medias lunas, también sirve para que el mundo se vea ordenado, con alguna lógica (concretamente, una lógica guerrera, que no es lo de menos). Para el equipo del presidente Bush la idea ha sido de una utilidad inapreciable, porque ofrece un hilo narrativo para dar sentido a su política exterior. Algo similar puede decirse de los nuevos populistas europeos y también de los integristas islámicos, cuya política necesita el melodrama de las identidades. La izquierda moderada o lo que sea que representa Rodríguez Zapatero quiere ahora subirse a ese escenario, pero ofreciendo el diálogo en lugar del conflicto. Insisto: suena muy bien, de lo más razonable; lo malo es que adopta la misma mirada y el mismo conjunto de supuestos del relato beligerante de los últimos tiempos. Lo malo es que sigue con el cuento de las civilizaciones y por ese camino no se llega a ningún lado.

No es tan difícil de entender. La palabra civilización no es más que un concepto que sirve para designar de modo bastante impreciso a un conjunto de sociedades, que pueden ser muy distintas entre sí. No hay ninguna realidad, nada sustantivo que constituya una civilización y la distinga de las otras: se escoge un rasgo, religión o lengua o tradición institucional, que sirve de común denominador para agrupar a varios países y se construye así –se imagina- una civilización. Eso es todo. Según se mire, el mismo conjunto de gente puede ser parte de la civilización occidental, de la civilización cristiana, europea, católica o hispana, y cada denominación lo integrará en un mapa distinto. Se habla de la civilización árabe, por ejemplo, y se forma el dudoso grupo que incluye a Marruecos y Túnez junto con Egipto, Argelia, Siria y Arabia Saudita; puede también hablarse de la civilización islámica, con lo cual se tiene un conglomerado en el que están entre otros Indonesia, Pakistán, Argelia, Sudán y Chechenia, aparte de Irán, Arabia o Marruecos.

En el mejor de los casos, la clasificación es una herramienta académica útil para hacer comparaciones, aunque sean casi irremediablemente superficiales por la vaguedad del punto de partida. Con más frecuencia es un recurso político que sirve para trazar la frontera entre ellos y nosotros. De eso se tratan las discusiones de la última década. Una vez establecido el mapa, usando el criterio que se quiera, se supone que a cada civilización corresponde una identidad, un ser espiritual propio y radicalmente distinto de los demás, se habla de las civilizaciones como si fuesen sujetos con ideas, valores y propósitos: en realidad, se habla de ellas como si fuesen ejércitos, disciplinados y uniformes. Hecho eso, casi da igual que se llame a la guerra o que se convoque al diálogo, todo contribuye a sostener la misma impostura.

Pasemos a algo más serio. El Islam militante es un problema, sin duda, una amenaza para Estados Unidos y Europa, pero también para los países musulmanes. Su origen no está en la civilización islámica, sino en la falta de integración política de lugares como Indonesia, Pakistán o Sudán, en la desigualdad social, la miseria y el descrédito de las instituciones del Estado, en la quiebra de los sistemas tradicionales de protección y de lo poco que hubiese de Estado de Bienestar, en las secuelas del proceso de modernización; en conjunto, todo eso abre el espacio para demagogos como Osama Ben Laden que a falta de otra cosa ofrecen al menos un sentido de identidad. No hay que subestimar la importancia que tiene para muchos jóvenes de esas sociedades –también de los inmigrantes que viven en Europa- la sensación de participar en una guerra santa, donde adquieren de pronto el poder y la dignidad que no han tenido nunca, como representantes del Islam. Ahora bien: su fundamento sigue siendo una impostura, tan cínica como la que hace a George Bush el abanderado de la civilización occidental.

No hay ninguna solución a la vista ni es probable que vaya a haberla en un buen tiempo. Para empezar, no sería poca cosa deshacernos del parloteo de las civilizaciones.

 

La Crónica de hoy, 9 de febrero de 2005