Dice el asesino

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El titular de Reforma el jueves pasado: “Pide pacto La Familia; Gobierno responde no”; el balazo: “Ofrece ‘La Tuta’ diálogo al presidente Calderón”. La Jornada: “Nuestro pleito es sólo con la PF y la SIEDO: La Familia. Propone pacto a Calderón”. Más moderado, Milenio: “La Familia pide un ‘pacto’ con el Presidente”. El Universal: “Narco pide guerra limpia; Estado no negocia: Segob”, y en páginas interiores, otro titular: “No se metan con nuestros hijos: líder de La Familia”.

No es fácil manejar la información cuando un criminal decide usar los medios de comunicación. Es un problema no sólo de ética, sino de oficio periodístico. ¿Qué hacer cuando un asesino quiere usar la radio o la televisión para explicarse o para amenazar? Para empezar, se me ocurre, tomar la noticia con precaución y, por lo menos, con el mismo escepticismo con que se toman habitualmente las declaraciones de los políticos. En este caso, un señor que dijo ser La Tuta, dijo que La Familia querría arreglarse con el gobierno y aprovechó para lanzar un surtido de acusaciones y amenazas. No sabemos si era quien decía ser, si hablaba en nombre de La Familia, si en serio han pensado en alguna clase de pacto: los titulares de la prensa lo dan por hecho todo, con una ingenuidad desconcertante (si es ingenuidad). No, la noticia no es que La Familia pida un pacto, sino que un presunto líder de La Familia trate de iniciar una campaña de propaganda en los medios. Suena muy diferente.

¿Qué hacer? Entre otras cosas, supongo, no jugar a la neutralidad. Titulares como los de Reforma o El Universal, que ponen en pie de igualdad al gobierno y los asesinos –ellos proponen, el gobierno les responde—deberían resultar ofensivos para cualquiera. Y quiero pensar que no hace falta explicarlo mucho. ¿Qué hacer? Acaso también tener cuidado con los verbos. En Reforma, los delincuentes (si son ellos) “ofrecen” diálogo, en La Jornada “proponen” un pacto (y en otro titular, en páginas interiores, “convocan a un pacto”). Generosos, magnánimos, ofrecen.

¿Qué hacer? Sobre todo, parecería obvio que conviene no prestarse para la propaganda. Imagino que no se dieron cuenta quienes compusieron la primera plana de La Jornada que resultaba verdaderamente obsceno ver el titular: “Nuestro pleito es sólo con la PF y la SIEDO”, al lado de la fotografía de una mujer, familiar de uno de los policías asesinados, llorando durante el funeral. Sí sabían muy bien lo que hacían con los balazos de la nota en interiores, sobre las declaraciones de La Tuta: “Arremetió contra Genaro García Luna al ligarlo con los cárteles de Los zetas y de los Beltrán Leyva. Manifestó su respeto por el Ejecutivo y las fuerzas armadas, no así por la Policía Federal”. Veamos: quien hizo las declaraciones quería que se publicara eso y precisamente así. ¿Merece esa consideración lo que tiene que manifestar ese personaje? ¿La misma, escrupulosa transcripción con que se daría a conocer un comunicado de la ONU? Las injurias, bravatas y amenazas de los asesinos ¿sin más? ¿Junto a la foto de sus víctimas?

Lo del Universal es peor, porque quien compuso el titular buscó precisamente el ángulo de mayor eficacia publicitaria, el toque sentimental: “No se metan con nuestros hijos”. Pero lo más grave está en el editorial del periódico: “Piden guerra limpia y punto. El criminal que da clases de civismo a la autoridad”. Eso lo suscriben los señores Juan Francisco Ealy Ortiz y Ricardo Raphael. Es indudable que ha habido errores y abusos en la lucha contra la delincuencia organizada de los últimos años. Se han denunciado en todos los tonos, con más o menos seriedad. Y es indispensable que se siga haciendo, como lo hacen las comisiones de derechos humanos, por ejemplo. Pero un personaje que se ufana de haber asesinado a decenas de servidores públicos, que amenaza con seguir matando, ¿a quién y cómo podría “dar clases de civismo”? ¿En qué mundo disparatado viven los redactores del Universal? La plataforma desde la que habla el presunto delincuente, la que le permite llegar a los titulares, es un grupo de doce cuerpos de funcionarios del Estado; en serio, tiene autoridad ¿para dar clases de qué?

El mensaje del supuesto líder del crimen organizado de Michoacán tiene si acaso interés antropológico. Es una mezcla de clichés sentimentales y patrióticos: la familia, nuestra gente, el lábaro patrio, el ciudadano presidente, junto con el repertorio básico de la cultura política del régimen posrevolucionario: pacto, acuerdo, consenso. Como publicidad, busca tocar los resortes de la antipolítica, la desconfianza hacia la policía, la aversión a la violencia, con el aderezo de unas cuantas amenazas perfectamente explícitas: “esto nunca se va a acabar”. En la práctica, lo que dice el asesino no tiene mayor importancia: lo que dicen los periódicos, sí.

 

La Razón, 18 de julio de 2009