Editócratas

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En uno de los últimos libros que publicó, Conversaciones con el profesor Y, se quejaba Céline muy a su manera de las nuevas exigencias de la vida de escritor. Antes que nada, decía, tiene que estar en el radio; hablar de lo que sea y decir cualquier cosa, pero conseguir que su nombre se repita cien veces: el jabón que lava más blanco, el afeitado más cómodo, el gran escritor Fulano. El procedimiento es el mismo, el éxito es el mismo. Después las fotografías, la televisión, escenas de infancia, de adolescencia, de la madurez, y rápidamente al teléfono, a responder a los periodistas y explicarles la importancia de la infancia o de la madurez, lo que ellos quieran, y dejarse fotografiar de nuevo, y desmentir en un periódico lo que se publica en otro, para que se comente en un tercero y la discusión aparezca en otros diez, en otros cien.

Cincuenta años después, el enojo de Céline resulta casi ingenuo. Y sucede con los escritores como con los pensadores, analistas y expertos. Encienda usted la televisión, ponga el radio, abra el periódico, cualquier periódico, da lo mismo, se encontrará con los mismos diez o doce nombres, hablando de lo que sea. Expertos. No es consuelo saber que sucede en todas partes, pero no deja de ser interesante.

Acaba de publicarse en Francia un librito titulado Los editócratas, o Cómo hablar de (casi) todo para decir (en realidad) cualquier cosa. Es una colección de ensayos breves, pequeños reportajes, sobre diez de esos notables que aparecen hasta en la sopa: Alain Duhamel, Bernard Henri-Lévy, Jacques Attali… Más allá de cierto punto, resultaría pueril tratar de seguirles la pista, llevar registro de sus inconsecuencias o denunciar sus mezquindades. Pero un pequeño muestrario como éste se disfruta mucho.

Aparece, por ejemplo, Alexandre Adler, que ha sido articulista de Libération, Le Monde, Le Point y Le Figaro, comentarista en France Culture, presentado dondequiera como “uno de los mayores especialistas contemporáneos en geopolítica”. Aparece en sus propias palabras. Cita de un artículo suyo de marzo de 2003 en que explicaba, a partir de la “observación minuciosa de ciertos hechos”, “hipótesis” y “apreciaciones psicológicas”, que no habría guerra en Irak. Cita de otro texto de 2003 explicando por qué John Kerry iba a ganar la elección presidencial en Estados Unidos. Cita de 2007 pronosticando que la competencia el año siguiente sería entre Hillary Clinton y Rudy Giuliani. A cualquiera le pasa, equivocarse así. Pero no cualquiera habla con la autoridad de Alexandre Adler.

El caso de Jacques Attali es más simpático porque es especialista literalmente en todo. Fue asesor del presidente Mitterand y del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo, es editorialista de L’Express, comentarista radiofónico en Europe 1 y, aparte de gestionar su empresa de consultoría, Attali y Asociados, ha publicado alrededor de cincuenta libros de historia, filosofía, economía o lo que haga falta. Para no dejar nada al azar, sus libros, que son normalmente publicados por la editorial Fayard (propiedad de Lagardère), se comentan mucho en France 1 (propiedad de Lagardère) y son elogiadísimos en la prensa: de eso se encarga Jean-Pierre Elkbbach, director de Lagardère News. Se equivoca a veces: convierte en anarquista al asesino de Jean Jaurés, por ejemplo, explica que se ordenó la disolución de la Duma en 1905, es decir, antes de que se hubiera convocado, y pone a Stalin como secretario del Comité Central del PCUS en 1922. Bien: a cualquiera le pasa. Pero no cualquiera tiene la prisa de Attali para entregar a la imprenta el siguiente libro, clásico de antemano, indispensable.

Jacques Marseille, habitual de todas las tertulias televisivas francesas, es un profesional de la “provocación”: un iconoclasta, que dice lo que nadie se atrevería a decir. O así, aproximadamente, se le presenta: como economista o historiador, según lo que haga falta, con tesis muy originales. Las citas textuales del libro son de antología. En 2004, por ejemplo, acusaba a los sindicalistas de ser los causantes del desempleo, por vivir inmersos en una cultura de la amargura y del resentimiento no les permitía ver el progreso. Con la misma seguridad explica que la pobreza es “esencialmente subjetiva” o que los franceses son “alérgicos a las reformas” por prejuicios heredados de 1789. También denuncia a los que “cultivan el rencor” del pueblo contra el dinero, o contra los adinerados, porque con eso se están “minando las frágiles bases de la democracia”. Y no se priva de decir, palabras más o menos, que los inmigrantes son parásitos que están exprimiendo a los contribuyentes franceses. Todo eso lo convierte en portavoz de una minoría valiente, furiosamente iconoclasta, que se rebela contra la tiranía de la “opinión bienpensante”. En horario triple A.

Desfilan por las páginas del libro otros personajes igualmente divertidos, desde Laurent Joffrin, director del periódico Libération, hasta Ivan Rioufol, uno de los conservadores más agresivos de la editocracia, que publica sus artículos bajo el título: Crónicas de una resistencia.

No es un consuelo. Es un indicador del espíritu del tiempo.

 

3 de abril de 2010