El antisemitismo de hoy

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El antisemitismo es una vieja tentación de la izquierda: un reflejo imbécil, paranoico, pero por lo visto irresistible. Sobre todo cuando la izquierda se queda sin ideas y sin programa y necesita acreditar su radicalismo de alguna manera, pero no puede hacer nada. Ha sido así desde el siglo diecinueve. Habrá a quien le suene raro, porque habitualmente se asocia el antisemitismo sólo con Hitler, que se supone que es la expresión perfecta de la derecha: ni lo uno ni lo otro.

Nunca es puro antisemitismo, porque no hay tal cosa, sino que aparece mezclado con argumentos más o menos retorcidos acerca del sentido de la historia, el alma de los pueblos, la naturaleza del capitalismo. Tampoco tiene un único origen ni una misma función en todos los casos. La fantasía del capitalista judío es uno de los ingredientes del anarquismo de Proudhon, por ejemplo, donde es mucho más que una nota pintoresca; para las izquierdas agrarias, populistas, los judíos son el emblema de la corrupción urbana, la avanzada de una civilización cosmopolita, antinacional, enemiga del pueblo y sus tradiciones. Es la misma cepa de la que surgió Hitler, dicho sea de paso. Hay ejemplos más recientes. Los comunistas antisoviéticos italianos, seguidores de Amadeo Bordiga, se adhieren directamente al negacionismo: según su idea, nunca hubo una política de exterminio ni los campos fueron lo que se dice, sino que todo es una invención para justificar culturalmente el imperio del capitalismo en Europa. Las izquierdas tercermundistas, las más extraviadas e inoperantes, han encontrado en el lobby judío una explicación para mucho de lo que no entienden en el escenario internacional. En los últimos tiempos, con los integristas islámicos convertidos en representantes de todos los pueblos oprimidos, el antisemitismo resulta ser un corolario del antiamericanismo. Vuelve a ser casi de buen tono.

En ésas estamos. La semana pasada, el día dedicado a recordar la Shoah en Auschwitz, el periódico La Jornada publicó en un recuadro entre titulares lo siguiente: “Pocos dudan que Sharon haya aprendido las lecciones de Auschwitz. Lo que no está muy claro es quiénes en realidad fueron sus maestros.” Se supone que es ingenioso, para que los lectores se rían mucho. Se supone que es políticamente incisivo y contundente. Da asco. Emplear a los millones de víctimas del genocidio para hacer una broma es repugnante, también revelador, porque es absolutamente innecesario. A cualquiera se le ocurren docenas de adjetivos para describir la política actual del Estado de Israel, pueden ofrecerse muchos argumentos, datos: no hace ninguna falta ni tiene sentido el despropósito de equipararla con el exterminio nazi. Hacerlo además en ese día implica otras cosas. La amalgama perversa del gobierno de Israel, los judíos y el nazismo es en la práctica una justificación retrospectiva del exterminio en la que, además, el único culpable que queda es Israel. De paso, una vez que se ha identificado a Sharon con Hitler, todo lo que se diga sobre los campos de exterminio debe entenderse que se dice en contra de la política de Israel, porque son lo mismo.

No fue un desliz. El titular, ocupando media página, decía: “Sharon evoca Auschwitz para avalar represiones”. Dicho de otro modo, a Sharon no le interesa el genocidio, es sólo un pretexto que usa para justificar su política: Auschwitz no importa, importan los palestinos. Con tipo un poco más pequeño: “Le preocupa el ‘creciente antisemitismo’ por el trato a palestinos”. En el lenguaje gráfico de La Jornada las comillas dicen que debe ponerse en duda que haya antisemitismo; aparte de eso, lo que Sharon dijo fue precisamente lo contrario: no que haya antisemitismo “por el trato a palestinos”, sino que los antisemitas hoy toman como pretexto la causa palestina y no reconocen el derecho de Israel a defenderse. Se podría decir más. Se niega a Israel el derecho a existir: por ejemplo entre quienes afirman con toda naturalidad que no son antisemitas sino “antisionistas”, es decir, no quieren la destrucción de los judíos, pero no admiten que tengan un Estado.

El editorial del periódico de ese mismo día iba un poco más lejos. Vale la pena leerlo. Comienza con una condena del nazismo bastante convencional, salvo que su inclinación antisemita queda casi borrada; lo que hubo, según el periódico, fue una política de exterminio “de judíos, gitanos, comunistas y socialistas, homosexuales, miembros de minorías religiosas, discapacitados y otros grupos”. Los judíos fueron sólo un grupo más, entre tantos. Pero además resulta que “los nazis no inventaron el genocidio”, porque hubo masacres similares en las cruzadas, las invasiones bárbaras, la conquista de América y el tráfico de esclavos; lo único diferente fue la tecnología, pero en eso el genocidio es equiparable a la bomba atómica y las guerras estadounidenses de Vietnam, Afganistán o Irak. Más todavía, en sus efectos es idéntico al capitalismo actual, al modelo económico que “funciona también como un campo de muerte y exterminio”. Dejemos de lado la demagogia, aunque no es lo de menos. Muy discretamente, la Shoah desaparece, convertida en algo insignificante, otro episodio en la historia triste de la humanidad. Léase: no es para tanto, si lo recuerdan los judíos como algo excepcional, si lo evocan los representantes del Estado de Israel es como pretexto para justificarse y disfrazar sus intenciones.

En el texto no se hace ahorro de buenos sentimientos, sólo que Auschwitz se convierte en un símbolo vacío, que sirve como metáfora de cualquier cosa y se puede usar incluso en un argumento antisemita. No hay que engañarse, es la misma enfermedad de siempre que resurge en la izquierda europea, con símbolos y decorados de militancia palestina, en la izquierda del tercer mundo, trufada de antiamericanismo.

La única reacción que he visto del público de La Jornada ha sido una carta de una lectora que felicitaba al periódico por el editorial y se preguntaba si habían sido peores los nazis o los países que ganaron la guerra. Sin comentarios.

 

La Crónica de hoy, 2 de febrero de 2005