El desafío del milenio

Etiquetas: ,

Hace tiempo anunció el presidente Bush un nuevo programa de cooperación internacional destinado a combatir la pobreza, como un corolario de su doctrina de política exterior. Lo explicó el general Colin Powell en sus últimos días como Secretario de Estado, con un detalle y una claridad que son de agradecerse. Es aproximadamente como sigue.

El propósito declarado y muy razonable es garantizar la seguridad nacional de los Estados Unidos: se trata de promover el desarrollo con la misma energía con que se libraron las guerras de Afganistán e Irak, porque el objetivo es el mismo y tiene la misma urgencia. No se supone que los pobres sean terroristas, sino que la pobreza contribuye a crear un clima de resentimiento y frustración que puede aprovechar cualquier demagogo; es decir: donde hay pobres puede haber terroristas. La idea es una simpleza, pero suele aceptarse en general como si fuese obvia. Incluso Castro estaría de acuerdo, ha dicho cosas parecidas. Lo interesante viene después. Según Powell, la causa fundamental de la pobreza es el mal gobierno, que impide el desarrollo natural del mercado; el remedio es la democracia y un orden institucional que garantice la libertad económica. Ahí se anudan todos los hilos de la “doctrina Bush”. Para poder recibir fondos de la Millenium Challenge Acount, que así se llama el mecanismo, los gobiernos deben acreditar su compromiso con la democracia y con el libre mercado.

Imagino que alguien en el Departamento de Estado o en la Casa Blanca se habrá tomado en serio la iniciativa y habrá pensado que podría tener buen éxito. No lo se. En todo caso, parece un producto típico de los modernos equipos de asesoría, que lo piensan todo muy fríamente, con esa desvergüenza que se confunde hoy con el realismo. El problema no era menor: los contribuyentes norteamericanos no ven con buenos ojos la ayuda al exterior, tampoco es fácil hacerla compatible con la idea de las guerras preventivas ni darle un lugar en una política cuya única preocupación explícita es la lucha contra el terrorismo. Todo se resuelve. A la opinión pública nacional se le explica que no se va a regalar nada a nadie, que son gastos de seguridad y no otra cosa. Por otra parte, en su definición estratégica, la Millenium Challenge Account no es el reverso sino una extensión natural de la doctrina de la guerra preventiva: hay países demasiado insignificantes para distraer en ellos un cuerpo de ejército, pero hay que hacerles saber que Estados Unidos no los mira con indiferencia y espera de ellos la misma disciplina. Finalmente, para hacerse elegibles los gobiernos deben manifestar su compromiso con la libertad, cosa que en términos prácticos significa una relación amistosa con los Estados Unidos y un orden institucional hospitalario para las inversiones y los productos norteamericanos.

En el mundo que se imaginan los asesores que diseñaron el mecanismo todo lo bueno viene junto. El presidente Bush puede mostrar una cara compasiva sin moverse en lo más mínimo de sus objetivos estratégicos: los electores quedan contentos, los países pobres aprenden a obedecer y se mantiene la seguridad de los Estados Unidos a la vez que se hace negocio, con un dinero que se llama de “ayuda”. Es mejor que eso, porque se puede lograr sin siquiera gastar nada. Hace meses que se anunció el programa y se aprobó la ley, varios gobiernos se han apresurado a cumplir con los requisitos, pero no se ha desembolsado un dólar de esa cuenta; de hecho, el presupuesto aprobado (cinco mil millones de dólares) ha sido reducido a la mitad antes de iniciar el ejercicio.

No es para sorprenderse. Hace más de una década, en un momento de optimismo humanitario, algún organismo de Naciones Unidas propuso que los países desarrollados dedicasen el equivalente a un 0.7 % de su producto interno a programas de ayuda para el desarrollo. La cifra es más o menos arbitraria, pero sirve de orientación. Los países nórdicos están en general por encima, el promedio de la OECD está alrededor del 0.4%, Estados Unidos es el último de la lista, con un presupuesto para cooperación que apenas llega al 0.15% de su producto interno. Pensarán seguramente que ya se gasta bastante en programas de colaboración militar, en asesores, armas, bases y guerras de liberación.

Insisto: no hay motivos para sorprenderse, pero no está de más recordar lo difícil que resulta para los Estados Unidos reconocerse como parte del mundo, definir una política exterior coherente, de largo plazo, que no esté pensada sólo en términos militares.

 

La Crónica de hoy, 16 de febrero de 2005