El despotismo ingenuo

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Los mensajes del gobierno se repiten, cada vez más. Hable quien hable, de lo que sea, es lo mismo: hay un festejo tímido de logros conmovedores, que no se dicen, y luego el lamento dolorido por todo lo que no se va a poder hacer, por culpa del Congreso. Hace unos días fue el Coordinador de Políticas Públicas del gabinete, Eduardo Sojo, en un programa de televisión. Podría haber sido cualquiera. Entre otras cosas dijo que la “desventaja competitiva” de México es el Congreso. La frase es extraña, la idea que se puede adivinar en la frase es más extraña todavía.

De puro repetido nos parece normal el menosprecio del Congreso. Pero no deja de ser un poco raro que no haya ninguna otra crítica ni reproche. Como si todo lo demás funcionase a pedir de boca. Algo podría decirse de los bancos, por ejemplo, que multiplican alegremente sus ganancias sin que haya créditos en el país. Algo podría decirse de los empresarios que necesitan menos impuestos, mejores condiciones, salarios más bajos, mayor seguridad, porque no se deciden a invertir de otra manera. Por lo visto, a ojos del gobierno, están cumpliendo con su deber: son racionales y modernos, desprejuiciados, hacen muy bien en orientarse por su interés inmediato sin pensar en otra cosa. Lo malo no es que quieran los privilegios que les ofrece China, sino que no se los podamos ofrecer. Algo podría decirse también, no sería tan inopinado, de un gabinete que no ha sabido negociar ninguna de sus propuestas, que no ha conseguido explicarlas ni presentarlas en público y acaso ni siquiera las ha redactado. Tres años después. Ni por asomo. Aquí sólo falla el Congreso, que no termina de entender que el patriotismo consiste en obedecer al Presidente. Curioso.

También llama la atención el trasfondo del reproche. No se explica en detalle por motivos de cortesía, supongo, pero es obvio: si hay esa “desventaja competitiva” del Congreso, la culpa la tienen los electores, que llevaron allí a esos diputados. Es decir: la desventaja, lo que de verdad estorba es que el país esté lleno de mexicanos, que votan todavía a partir de una especie de inercia ideológica, con la idea de que sus intereses importan. Mezquinos intereses corporativos, misoneístas, nostálgicos. Lo mejor sería sin duda, como ha dicho el Secretario de Gobernación, preguntar a la gente lo menos posible: que haya pocas elecciones, muy lejos unas de otras, con un sistema de reelección que ofrezca la posibilidad de alquilar a los diputados a buen precio.

Con todo, lo más desconcertante sigue siendo el lenguaje. Por lo visto, cuando en el gobierno quieren entender algo, lo traducen a la medialengua de la mercadotecnia o la administración de empresas. Usan los cuatro términos que han aprendido en un cursillo de gestión, a base de gráficos de colores, y se les ilumina todo. Por supuesto, lo de la “desventaja competitiva”, como tantas otras expresiones igualmente desafortunadas, es sólo una metáfora. Aunque no lo sepan. Lo malo es que tienen sólo un sistema de imágenes, el de la administración de empresas, y lo usan para hablar de cualquier cosa. Es peor que eso: les parece que el mundo queda tan bien explicado con sus analogías que se las toman al pie de la letra, están en la idea de que describen el verdadero mecanismo de todo. Por eso se empeñan en reducir la política hasta que pueda meterse en el orden de sus metáforas, para que obedezca a la misma lógica de los recuadros, ideogramas y flechas que funcionaban tan bien en las proyecciones del curso de capacitación.

El lenguaje es de una uniformidad y una pobreza que asustan. No hay más que calidad total, productividad, eficiencia, atención al cliente. Da lo mismo que se trate de la Secretaría de Hacienda, la Universidad Nacional o el CISEN. Hay que hacer un diseño de organización, con su cálculo de rentabilidad, también un modelo de operación con objetivos concretos, que quepan en un cuadro de una página, el orden de procesos, con flechitas de colores, y un criterio de evaluación que pueda medirse. Eso es indispensable. No se puede evaluar nada a menos que haya un indicador numérico, algo que permita hacer sumas y restas, porque en eso estriba la eficiencia. No importa cuáles sean los números ni qué sea lo que midan, si miden algo: sólo que haya un renglón donde el resultado –algo que pueda decirse que es un resultado- no se diga con letras, sino con números. Que el Conacyt o la Secretaría de Relaciones Exteriores entregue un informe que se parezca al balance anual de una fábrica de galletas.

Piensan en el gobierno como una empresa. Eso han dicho, con todas sus letras. Piensan en el país como una empresa. Es decir: suponen que debe funcionar bajo el modelo de la obediencia mecánica, donde no se discute nada. Literalmente, es el modelo político del despotismo, donde no se distingue el gobierno de la propiedad. Antes era consecuencia de la desmesura originaria de la política, porque el dominio era una forma de posesión. Hoy es resulta de la extensión desbordada de la lógica empresarial, que ve en el gobierno sólo otro espacio de gestión, con el mismo funcionamiento. Lo que está fuera de lugar, lo que no encaja en el modelo es la distinción de lo público y lo privado, el sistema de la representación, la división de poderes. Lo que estorba es el Congreso, por supuesto.

 

La Crónica de hoy, 20 de enero de 2004