El drama de la izquierda

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Supongamos que en su última carta Marcos dijo lo que piensa, supongamos que quería decir exactamente lo que dijo. Significa un problema mayor para nuestra izquierda. Tiene una estrategia, por supuesto. Escogió el momento, el tono, la forma de su intervención a partir de un cálculo. Es un texto de intención publicitaria. Pero dijo que el PRD se ha aliado con el narcotráfico, que ha traicionado y engañado a la gente, que ha usado a sus muertos como carta de impunidad para robar, despojar, corromper, reprimir. Quiere hacer presente al EZLN en el próximo proceso electoral, desde luego que sí, quiere llamar la atención sobre sus temas, sobre su movimiento y su persona. No hay duda. Pero dijo que López Obrador desprecia a la gente, que le pide silencio para imponer su voz, dijo que en el gobierno del Distrito Federal anida el huevo de la serpiente del autoritarismo, dijo que su proyecto es una clínica de cirugía plástica que transforma a los luchadores sociales en déspotas y cínicos. Para escarceo publicitario, es mucho decir.

Se ha especulado bastante en los últimos días sobre el propósito de la carta, de la declaración de alerta roja y demás. Se ha hablado de redes de tráfico de drogas y armas que de pronto se ven amenazadas. Se sabe poco, no se sabrá mucho más. El gobierno ha hecho lo posible por destacar los flecos de pacifismo en los comunicados, festejando las nuevas vías de diálogo que se abren; está en lo suyo, pero se ve difícil que el EZLN le ofrezca de despedida un retrato de grupo con acuerdo de paz. No es probable que vaya una delegación indígena a la manifestación del 2 de julio, no para celebrar, al menos.

Ahora bien: aparte de las conjeturas que se puedan hacer sobre la estrategia, aparte de los cálculos propagandísticos que haya, que los hay, está el texto, con lo que dice. Supongamos que Marcos dijo lo que piensa. Fue muy claro. Dijo que el EZLN no tiene ninguna simpatía hacia los líderes actuales del PRD, que ni comparte ni aprueba su forma de gobierno ni sus prácticas ni su previsible programa electoral. Dijo que el PRD no es de izquierda. Nadie debería sorprenderse. López Obrador ha hecho lo posible por definirlo como un partido de centro, humanista; ha dicho que en lo fundamental propone seguir dentro de lo que se llama el “consenso de Washington”. Su gobierno, que es la bandera del PRD, no tiene de izquierda más que la arbitrariedad y la hipocresía sistemática, que es lo peor de la herencia de la izquierda comunista, con aditamentos del folclore local. Sin embargo, la carta de Marcos importa porque hay muchos líderes, hay pequeños grupos, intelectuales que apoyan a López porque es de izquierda. Piensan tal vez que las declaraciones centristas son engañabobos, que son para ganar puntos tranquilizando a la gente, sobre todo a la gente del dinero, piensan que es un disimulo táctico o incluso piensan tal vez que deben sacrificarse algunas cosas –ideas, proyectos, estilo- para ganar el poder. En todo caso, piensan que eso es la izquierda. Marcos dice que no.

Lo que está en juego, no es poca cosa, es la identidad de la izquierda. No será decisivo para las próximas elecciones, acaso no más que un rasguño para López, pero tiene su importancia para la estructura de nuestra vida pública.

Durante casi un siglo la izquierda mexicana ha sido una comunidad definida por su intransigencia. Su capital básico era la integridad moral, que se manifestaba sobre todo en el hecho de que no estaba en el poder. No entraba por eso en ninguno de los arreglos de la política. El EZLN es la encarnación perfecta de esa izquierda. Es nacionalista, antiimperialista, indigenista, revolucionario, de base campesina y liderazgo criollo, de un utopismo inmaculado, ajeno por completo a las miserables necesidades de la política. López es otra cosa. Otra izquierda posible, que echa mano de todos los recursos y trampas que hay disponibles, que gobierna como se ha gobernado siempre y gana sus elecciones como se han ganado siempre, una izquierda oportunista, pragmática, que renuncia alegremente a la autoridad moral a cambio de hacerse con el poder.

El drama –es un drama- se refiere a la identidad de la izquierda. Ha sido apasionante seguir en estos días la agonía de La Jornada, que es el escenario en que se desarrolla todo. Ha habido quien se ha atrevido a desautorizar directamente a Marcos, diciéndole que no entiende la situación del país, que está desfasado: la izquierda ya no es ésa que el defiende. Ha habido también quienes han aprovechado la ocasión para explicar sus desacuerdos con López, en defensa de la verdadera izquierda. La mayoría, incluso el periódico, en su editorial, todavía trata de fingir que no hay conflicto, que la comunidad sigue siendo la misma: omiten mencionar las acusaciones de Marcos, pasan por alto su descripción del PRD, se dedican a hacer el elogio del EZLN y repiten la lista de agravios de los indígenas y la heroica resistencia zapatista.

Creo que no hay remedio. La izquierda mexicana tiene dos almas y cada quien tiene que elegir la suya. López no va a renunciar a nada, no va a apartarse del guión: tiene al PRD, tiene la candidatura, tiene sus encuestas. Marcos sabe que la derrota definitiva del EZLN sería un gobierno de izquierda: puede admitir que López forme gobierno, no puede admitir que sea de izquierda. Se irán decantando nuestros izquierdistas, poco a poco o masivamente, según el ritmo que imponga la estrategia del EZLN. Habrá al final dos izquierdas. Nuestra vida pública será otra, para bien o para mal.

 

La Crónica de hoy, 29 de junio de 2005