El entusiasmo

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Vista de lejos, la política mexicana de los últimos meses sorprende un poco. Todo parece estar fuera de medida. Con materiales verdaderamente pobres nuestra clase política ha conseguido fabricar una epopeya para figurar junto a las guerras de independencia y la reforma juarista; los políticos, los empresarios, periodistas, escritores e intelectuales han tomado partido con una agresividad, un énfasis y un sentido de urgencia que llaman la atención, como si el país estuviese en vilo, en horas últimas, definitivas.

Todo parece indicar que será el tono de los próximos meses, hasta la elección presidencial. Hubo algo parecido en el año dos mil, también entonces era el fin del mundo. Seis años antes, en el noventa y cuatro, estábamos igualmente al borde de la guerra civil, había que escoger entre la paz y la violencia, sin medias tintas. Lo raro es que la gente no termine de aburrirse y que incluso se haya aficionado a esta reiteración de las jornadas históricas que terminan en agua de borrajas. Si se mira bien, lo que tenemos para elegir es una colección de intrigantes y mediocres, sin ideas, de una pobreza intelectual desoladora, que en una situación normal no inspirarían entusiasmo ni a sus parientes. Bien: son hoy los protagonistas de una lucha histórica, de la que nadie se siente ajeno.

Si se escucha a unos, López es un demagogo peligroso, incendiario y despótico, que pretende arrasar el orden institucional. Si se escucha a los otros, es la esperanza de un gobierno del pueblo, la única alternativa, la verdadera izquierda. Seamos sensatos: no es ni lo uno ni lo otro. El desafuero no es un ejemplo luminoso de legalidad, no es la inauguración del estado de derecho, pero tampoco un golpe de estado, tampoco es el fin de la democracia y el retorno de la barbarie; es un asunto más bien turbio, que han manejado marrulleramente unos y otros, con notoria mala fe. Lo trágico, lo escandaloso, lamentable, es que todos estemos obligados a adoptar una postura al respecto, que nos pongan en trance de decir sí o no, con estos o con los otros, cuando uno querría mandarlos a todos a paseo.

Del presidente abajo, a nadie se le oculta que el juicio está movido políticamente, con miras a la próxima elección; se han torcido y ajustado y manipulado los procedimientos para forzar de momento la remoción del jefe de gobierno. También hay que decir que la ocasión la ha puesto el propio gobierno de la ciudad. Recuerdo ahora una magnífica sesión de la Comisión de Hacienda del Senado, hace poco más de un año, reunida para revisar las cuentas de la Lotería Nacional: buscaban los senadores cualquier irregularidad, cualquier despiste, cuentas raras, coincidencias, con la intención deliberada de provocar la renuncia de la directora y obstruir las ambiciones presidenciales de Marta Sahagún. Lo malo es que había esos errores, esas anomalías. De eso se trata la política. Por otro lado, la defensa de López incluye dosis desmesuradas de demagogia, injurias, provocaciones y amenazas, acarreos, un manejo por lo menos dudoso de los recursos del gobierno. No hay motivo para extrañarse: está haciendo política con los medios que tiene, igual que sus adversarios. Nadie juega limpio, tampoco es novedad.

Imagino que el PRI y el PAN seguirán presionando en el mismo sentido, a la espera de que el PRD cometa alguna tontería; a falta de otra cosa, cuentan con el voto del miedo. López ha sabido aprovechar la ocasión para hacerse con el control absoluto de su partido y poner toda su actividad, su militancia y sus recursos bajo un único lema: López presidente. Hasta ahora, todos ganan. A la derecha le conviene que el PRD vuelva a la agitación callejera, a la retórica amenazadora; a López le viene bien ser consagrado como izquierdista con dispensa de trámites, para deshacerse de Cuauhtémoc Cárdenas.

Lo fundamental es que han conseguido entre todos entusiasmar de nuevo a la gente, tenerla en la calle gritando por la legalidad, por la democracia. La elección del 2006 será otra vez algo épico, sin que nadie tenga que explicar ni proponer nada concreto. Será este mismo vacío, a gritos. Mientras tanto, en un discretísimo segundo plano se discute (es un decir) la nueva ley de radio y televisión, mientras tanto entregan unos y otros sus contratos por asignación directa, mientras tanto pasa lo de siempre. Es cierto: tampoco eso es novedad.

 

La Crónica de hoy, 13 de abril de 2005