El escándalo anunciado

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Si se mira el reciente escándalo mundial por las armas que no había en Irak, lo más significativo es el escándalo. Todos sabían que no se encontraría nada o casi nada de ese fabuloso arsenal del que se hablaba hace un año. Lo sabían los partidarios de la invasión, lo mismo que los que se opusieron. Las últimas rondas en el Consejo de Seguridad fueron un simulacro, donde se jugaban otras cosas: la relación de Francia con los países árabes, la guerra de Chechenia, la capacidad de extorsión de los Estados Unidos, la posición de España en la futura Europa ampliada. Precisamente porque no existían, las armas de destrucción masiva de Irak eran una materia apropiada para ese forcejeo: no hubiera sido lo mismo con el programa de armamento nuclear que sí hay en Pakistán o Corea del Norte.

La decisión de la guerra fue entre otras cosas un experimento de nuevo orden mundial con dirección estadounidense. Aparte de los objetivos concretos que hubiese en la ocupación de Irak, era importante sobre todo el modo de la decisión. En el terreno político, Estados Unidos no tenía ninguna necesidad de demostrar que era capaz de derrocar a un dictador del Tercer Mundo, ni que podía desentenderse de las resoluciones de la ONU. Es decir: no tenía la menor importancia demostrar en la práctica lo que todos sabemos, que Estados Unidos es la mayor potencia militar. Se trataba de traducir esa superioridad en capacidad de liderazgo político internacional. Servía para eso Irak porque era un objetivo directo y explícito de los Estados Unidos, pero implicaba también al Consejo de Seguridad; servía el argumento de las armas de destrucción masiva porque tocaba al corazón de la nueva conciencia humanitaria, a los vacilantes criterios jurídicos con los que se ha querido dar forma al orden internacional y además, es lo fundamental, la existencia de las armas era verosímil y dudosa: aprobar la guerra significaba dar un voto de confianza a los Estados Unidos como gestor y garante de los nuevos principios, del nuevo orden.

En buena medida, el escándalo se refiere a eso. Si hubiese habido un acuerdo unánime en el Consejo de Seguridad para apoyar la invasión o si se hubiese decidido de modo unilateral, sin dar mayores explicaciones, a nadie le importaría hoy si se descubren o no los arsenales, como nadie se pregunta por el respeto a las minorías en Kosovo. El escándalo de hoy es un eco y una confirmación del fracaso diplomático del año pasado: subraya la incapacidad de los Estados Unidos para traducir su fuerza militar en autoridad política. Las consecuencias son incalculables.

Los enredos en que están metidos los gobiernos de la coalición pertenecen a la pequeña historia, pero no dejan de ser reveladores. Llama la atención que ni siquiera se hayan puesto de acuerdo sobre las nuevas explicaciones y que vaya cada uno por su cuenta, diciendo lo que se le ocurre. En el momento más inoportuno, en el lugar más inapropiado, José María Aznar declara con toda firmeza que no hay duda de que existen las armas de destrucción masiva en Irak; al día siguiente, el portavoz de su gobierno sale con una rectificación que pone los pelos de punta: el gobierno se puede haber equivocado, dijo, como se puede equivocar cualquiera. Tal cual. Tony Blair sobrevive como puede en un enredo de juicios, comisiones y debates parlamentarios, sin decir otra cosa sino que obraba de buena fe. George Bush ha dado con una explicación brillante: es posible que Irak no tuviese armas de destrucción masiva, pero sin duda podía llegar a producirlas. Los tres intentan conservar alguna credibilidad ante su propio electorado, a base de razones o desplantes patrióticos, según el estilo nacional; pero lo grave no se decide ahí ni está en el futuro político de ninguno de los tres, sino en el funcionamiento de la comunidad internacional, en los criterios de cualquier nuevo orden posible para el mundo.

En cuanto al futuro de Irak, todo es dudoso y difícil de pronosticar. Estados Unidos se imagina una organización corporativa, de base étnica, acaso con la independencia del kurdistán, pero es una solución que no les convence ni a Turquía ni a los shiítas de Irak. No promete mucha estabilidad. La alternativa es un gobierno semejante al de Pakistán, con algunas fórmulas del ceremonial democrático, es decir: una dictadura secular, más o menos disimulada. Algo así como Saddam Hussein.

 

La Crónica de hoy, 10 de febrero de 2004