El escándalo interminable

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(Apareció como “Vida pública en México. Apuntes sobre el sistema de opinión pública en el nuevo siglo”, en Soledad Loaeza y Jean-François Prud´homme (coords.), Instituciones y procesos políticos. Los grandes problemas de México, Vol. XIV, México: El Colegio de México, 2010)

La vida pública en México, en el cambio de siglo, fue particularmente agitada. El país vivió entre sobresaltos, en un clima de amenazas y escándalos que parecían cada vez más graves, desde la elección de 1988 hasta la rebelión zapatista, el asesinato de Luis Donaldo Colosio, el encarcelamiento de Raúl Salinas de Gortari, la investigación de los gastos de campaña del año 2000, las protestas tras la elección de 2006. Sólo a título de ejemplo: en 2008, el que fuera secretario general del PAN, Manuel Espino, publicó un libro titulado Señal de alerta; Porfirio Muñoz Ledo, como dirigente del Frente Amplio Progresista, publicó La ruptura que viene: crónica de una transición catastrófica[i]. Se entiende la necesidad de títulos llamativos, sobre todo en la literatura panfletaria, pero no deja de ser significativo que el tema básico sea el peligro, y no la esperanza, la libertad, el desarrollo o cualquier cosa semejante. El mensaje es indudable y repetido: vivimos amenazados, en un periodo turbulento. E inmersos además en una densa trama de corrupción.

(Aquí el texto con otro formato)

Es lo primero que llama la atención. Lo segundo, la presencia de los intelectuales en el espacio público: intelectuales que firman desplegados y manifiestos, que figuran constantemente en la prensa, la radio, la televisión, y que asumen una especie de “liderazgo moral”. No que antes no hubiera intelectuales o que no tuviesen un lugar en el espacio público –Vasconcelos, Reyes, Torres Bodet, Novo—pero nunca habían tenido una presencia tan cotidiana, nunca una fama parecida.

Ambos rasgos forman parte de una nueva configuración del sistema de la opinión pública: más plural, más politizado, y sin duda mucho más espectacular, en cualquier sentido que se le quiera dar a la palabra. Y que es consecuencia de la transición política del fin de siglo, pero sobre todo de la transformación de los medios –editoriales, prensa, radio, televisión—integrados ya como industria del espectáculo. Me interesa sobre todo ver los cambios en lo que llamo el sistema de la opinión pública, en el entendido de que es eso: un sistema, estructurado; y me interesa ver en qué medios y en qué tono se desarrolla la discusión pública, quiénes le sirven de referente.

 

  1. Panorama

En los párrafos que siguen intento una síntesis, a grandes rasgos, de la evolución del sistema de opinión pública en los últimos treinta años; es inevitablemente un panorama incompleto y esquemático, pero creo que suficiente para mostrar el cambio que me interesa mostrar.

La tranquilidad era acaso el valor fundamental en el sistema de la opinión pública del régimen posrevolucionario. Nunca dejó de haber manifestaciones, protestas, incluso dentro del partido, ni dejó de haber críticas en la prensa, pero había un orden en ello, un arreglo de límites basado sobre todo en la complicidad, la autocensura, el soborno. El control de lo que podía circular en los medios dependía enteramente de su alcance: era mucho más estricto en radio y televisión, más laxo en la prensa, mucho más en las publicaciones académicas. Para decirlo con una fórmula simple, dominó hasta fines de los setenta, cada vez con más dificultades, una estrategia de despolitización, que consistía en hacer de la política un asunto básicamente aburrido[ii].

En la televisión y la radio prácticamente no había política, fuera de las declaraciones oficiales, la agenda del presidente: algún programa de entrevistas, las notas –muy atemperadas—en los noticieros, alguna imprecisa ironía de los locutores, seguramente pagada, y poco más. Ningún programa de análisis ni mesa de debate, casi nada aparte del entretenimiento. Nada en la televisión, desde luego, donde el monopolio de Televisa lo hacía mucho más sencillo.

En la prensa escrita hubo siempre crítica, en general por parte de comentaristas de escaso peso académico o periodistas cuyas columnas servían sobre todo para un diálogo cifrado entre los notables del régimen. Había presiones, desde luego, pero no una censura ni explícita ni sistemática. No la había porque no hacía falta, porque los periódicos dependían básicamente del gobierno: para la compra de papel, en primer lugar, pero también para la contratación de publicidad o la venta de espacios noticiosos, incluso de los titulares; y después estaba el “sobresueldo” que recibían sistemáticamente, por parte de las autoridades, los reporteros que cubrían alguna fuente oficial[iii]. La excepción –conocida—en la actitud, en el tono de la crítica y en la calidad del periodismo fue el Excélsior de Julio Scherer de los últimos años del presidente Díaz Ordaz (1964-1970) y el sexenio de Luis Echeverría (1970-1976), con Miguel Angel Granados Chapa, Miguel López Azuara, Daniel Cosío Villegas, Gastón García Cantú, Samuel del Villar, Vicente Leñero, Jorge Ibargüengoitia, Enrique Maza, Carlos Monsiváis. Y terminó, como se sabe, con un golpe de mano, orquestado desde el gobierno, para desbancar al director y sustituirlo por Regino Díaz Redondo[iv]. Era el principio de la larga crisis del régimen posrevolucionario, puntuada por la aparición de periódicos más abiertamente críticos, como Uno más uno, después El financiero, La Jornada, Reforma y, desde luego, la revista Proceso.

El espacio académico, y en particular el mercado de libros era estrictamente minoritario y no representaba ningún problema, nada que preocupase al régimen, porque su incidencia política era mínima. Se podían publicar –y se publicaban—libros de crítica seria como los de Pablo González Casanova, Daniel Cosío Villegas, Arnaldo Córdova, colecciones enteras de literatura marxista como las que tuvieron Editorial ERA o Siglo XXI: sin censura, sin conflicto, sin consecuencias[v]. Los tirajes eran muy cortos y la venta, para los títulos de más éxito, no iba más allá de los dos mil o tres mil ejemplares al año.

En los años setenta comenzaron a circular revistas que buscaban un público más amplio, revistas de escritores y académicos como Plural, después Vuelta, Nexos: ya no eran para el círculo restringido de los universitarios, pero tampoco para el gran público (el que podía leer la prensa deportiva, digamos). Es decir, no eran espacios para saltar a la fama, pero empezaban a tener relevancia para la vida pública; eran, en algún sentido, un puente entre el trabajo académico y la discusión pública, que evitaba las formas más groseras del soborno, típicas de la prensa diaria.

La transición en este terreno comenzó en la segunda mitad de los años ochenta: académicos e intelectuales comenzaron a tener alguna presencia en televisión, aunque fuese sobre todo para presentar reportajes, y comenzaron también a publicar en la prensa diaria con regularidad. Aumentó además exponencialmente el apoyo público –mediante publicidad, sobre todo—para las revistas más exigentes[vi]. La despolitización no era ya la mejor estrategia. Al contrario: los intelectuales, organizados en foros reconocibles, ofrecían un espacio de interlocución que el régimen necesitaba imperiosamente, sobre todo cuando comenzaron a ponerse en práctica las políticas de ajuste estructural con Miguel de la Madrid (1982-1988) y Carlos Salinas de Gortari (1988-1994). Y cuando fue necesario reformar la estructura jurídica del régimen revolucionario y sus aditamentos retóricos[vii].

En ese momento era necesaria alguna politización, era útil la pluralidad en los medios como sucedáneo de la pluralidad que todavía no llegaba al congreso, y era necesario para el proyecto de modernización aprovechar algo del ánimo antipriísta, aprovechar las críticas contra el régimen posrevolucionario[viii].

A partir de entonces el sistema de la opinión pública se hace intensamente político: en los periódicos ganan importancia las páginas de opinión, donde empiezan a figurar regularmente los intelectuales más reconocidos, en el radio aparecen largos programas de noticias cada vez más incisivos, se multiplican también en la televisión los programas de análisis y discusión de asuntos políticos (llega a haber en la televisión abierta dos y tres programas todos los días: algunos con entrevistas, reportajes, otros tan sólo con mesas de debate). Y los temas que son motivo de escándalo se suceden, uno tras otro. En un primer momento, los grandes sucesos: el asesinato del cardenal de Guadalajara, Posadas Ocampo, la aparición del EZLN, los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu; el gran tema –casi único—es la transición democrática, cuya discusión se apoya en un impreciso pero amplísimo consenso “antipriísta”.

Del 2000 en adelante cambia el tono, se hace mucho más agresivo, y se impone una creciente, áspera polarización: las videograbaciones de Carlos Ahumada, el proceso de desafuero del jefe de gobierno del Distrito Federal, la elección del 2006, el bloqueo del Paseo de la Reforma en la capital, la toma de posesión del presidente Calderón, la discusión de la reforma petrolera, y una miríada de pequeños episodios, acusaciones triviales, todo es motivo de polémica; es en parte consecuencia de la estrategia de Andrés Manuel López Obrador, sin duda, pero también del casi inmediato desencanto democrático, la desaparición del consenso “antipriísta” y lo que se puede llamar el malestar en la globalización[ix].

Dicho en breve, el sistema de opinión pública de los primeros años del nuevo siglo parece enteramente distinto al de los años sesenta y setenta; es más plural, sin duda, más político y sobre todo mucho más agitado. Ahora bien, contrasta mucho esa agitación –que llega al conjunto de la vida pública e incluye manifestaciones callejeras, forcejeos en el Congreso, discursos de lenguaje áspero y beligerante—con la relativa estabilidad institucional de los primeros dos gobiernos del PAN. Los cambios importantes para la estructura del régimen se produjeron a fines de los años ochenta y principios de los noventa: el Tratado de Libre Comercio, la creación del Instituto Federal Electoral, de las Comisiones de Derechos Humanos, la autonomía del Banco de México, la reforma del artículo 27 constitucional. No ha habido nada equiparable en los primeros ocho años del siglo XXI. Acaso lo más importante haya sido la reforma de la legislación electoral de 2007, con respecto a la cual hubo un notable, masivo acuerdo de la clase política.

Llama la atención también que en las agrias polémicas haya sobre todo opinión y, comparativamente, muy poca información. Quienes opinan no son en general expertos, opinan a partir de lo que puede leerse en los periódicos, y los periódicos ofrecen poco más que la información oficial, declaraciones de políticos y reportes de agencias: no hay crónicas en la prensa, no hay casi reportajes de investigación y los que hay –pienso en la revista Proceso, por ejemplo—están tan cargados de opinión que cuesta trabajo darles crédito[x]. Seguramente por eso hay en el público, en los redactores de medios y en los periodistas e intelectuales que opinan una auténtica avidez por las encuestas, porque permiten poner números a las cosas y ofrecen un aspecto más o menos científico; no es más que eso, la ilusión de que se sabe o se entiende algo, porque se puede poner junto a la opinión un porcentaje.

En oposición al clima de tranquilidad que domina hasta la década de los ochenta, hay un ambiente en que privan el escándalo y la crispación. Cambia también el sistema de la censura; la más directa en medios impresos, la que depende de la contratación de espacios de publicidad, se modifica enteramente: difícil, puntual, cuando se trataba de la publicidad de instituciones públicas –sólo una vez explícita, en el “no pago para que me peguen” de José López Portillo, que se recuerda como gesto ignominioso—es mucho más franca y directa cuando la ejercen los empresarios, Carlos Slim o Ricardo Salinas Pliego, por poner dos ejemplos obvios. Otro tanto sucede con los medios electrónicos, en que la amenaza de retirar publicidad por parte de empresarios o grupos empresariales se ha convertido en un recurso normal, explícito y abierto; la estructura casi monopólica tanto de la radio como de la televisión facilita las cosas[xi].

El clima de escándalo tiene consecuencias. La opinión se concentra en unos cuantos temas que adquieren gran visibilidad, en detrimento de otros, por supuesto: son temas que se imponen no por su importancia intrínseca, sino por su calidad “mediática”; la discusión del presupuesto federal o la regulación concreta para otorgar subsidios agrícolas pueden ser mucho más importantes que el uso que haga el expresidente Fox de los vehículos del Estado Mayor presidencial, pero es más fácil convertir en noticia lo último.

Adicionalmente, el escándalo es la materia prima de la antipolítica. En el escándalo la vida pública se simplifica hasta la caricatura, las posturas se polarizan y se explican en términos rígida y casi exclusivamente morales, que excluyen los matices, es decir: excluyen cualquier consideración realista de la política. Y más: un escándalo sustituye a otro como centro de atención, pero todos se suman para dar una borrosa imagen de corrupción generalizada.

 

  1. Intelectuales, medios y vida pública

 El segundo rasgo que llama la atención del sistema de opinión pública en México a principios del nuevo siglo es la el lugar de los intelectuales.

Los antecedentes, en trazo muy grueso. No es una novedad que los hombres de letras: novelistas, pensadores, periodistas, tengan un lugar en la vida política en México; sin ir más lejos, a lo largo del siglo XIX difícilmente hay algún escritor notable que no haya sido diputado, secretario de estado o por lo menos diplomático: desde José María Luis Mora, Lucas Alamán y Lorenzo de Zavala, hasta Francisco Zarco, Ignacio Manuel Altamirano, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez, Manuel Payno o Victoriano Salado Álvarez, pasando por Mariano Otero o Juan Bautista Morales. Tiene su explicación. En un país prácticamente analfabeta gobernaban con relativa frecuencia militares o caudillos –Iturbide, Santa Anna, Juan Álvarez—pero siempre eran necesarios los hombres de letras, una elite minúscula, para redactar las leyes o gestionar las secretarias de estado, o para representar al país en el exterior. También ellos dirigían y redactaban los periódicos, que eran un recurso fundamental de la vida pública.

En el siglo veinte, el régimen revolucionario les asignó una función casi decorativa, servían sobre todo para dar prestigio a los gobiernos, para acreditar su interés por la cultura y dar una buena imagen en el exterior. Algunos llegaron a ocupar la Secretaría de Educación Pública: José Vasconcelos, Jaime Torres Bodet, Agustín Yáñez; muchos más tuvieron su lugar en la diplomacia: Alfonso Reyes, José Gorostiza, Rosario Castellanos, Rodolfo Usigli, Daniel Cosío Villegas, Octavio Paz, Carlos Fuentes. Una buena parte, si no la mayoría, se mantuvo al margen de la política, con puestos en la Universidad o en el Instituto de Bellas Artes, ocasionales colaboraciones con la prensa periódica, pero sin llegar a ser nunca figuras de influencia pública: Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, Julio Torri, Juan Rulfo, Jorge Ibargüengoitia, Elena Garro, José Revueltas, Edmundo O’Gormann, Emilio Uranga, Luis González y González, Salvador Elizondo[xii]. En los años setenta, Ricardo Garibay y Juan José Arreola tuvieron sendos programas de televisión, dedicados sobre todo al comentario de libros: programas, en ambos casos, estrictamente minoritarios; personajes, ambos, que el público identificaba sobre todo por su extravagancia.

De nuevo, en este terreno, el cambio se anuncia en la segunda mitad de los años setenta y se completa durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994). El presidente Luis Echeverría, en parte para restañar la herida de 1968, para cooptar a algunos críticos, en parte para dar nueva vitalidad a la retórica de la revolución mexicana, decidió aumentar considerablemente los subsidios a la universidad y a la creación cultural, con resultados más bien ambiguos[xiii]. Las universidades, con nuevos recursos, reforzaron su estructura burocrática y junto con ella las prácticas clientelistas[xiv]; por otra parte, en pocos años se multiplicaron los espacios críticos: diarios como el Uno más uno, después La Jornada y Reforma, revistas políticas como Proceso, y de ambiciones más intelectuales como Cuadernos políticos, Plural, Vuelta, Nexos; ahora bien: casi ninguna de esas publicaciones podría ser rentable, ni siquiera sobrevivir sin la publicidad oficial. Y el régimen subsidió a sus críticos: en ocasiones a regañadientes, cada vez con más convicción.

A mediados de los años noventa cambió radicalmente el campo cultural y, en particular, el de la opinión política. Algunos intelectuales se convirtieron en celebridades, comenzaron a aparecer sistemáticamente en la televisión y empezaron a ser conocidos (e influyentes) mucho más por su imagen que por su obra, más por su presencia en los medios masivos que por sus libros, que seguían teniendo un público muy exiguo[xv]. Octavio Paz había recibido el Premio Nobel en 1990, la revista Nexos tenía su propio programa de televisión: era un tiempo de consagración de los hombres de letras, y al régimen le hacían falta como interlocutores.

A falta de una oposición suficiente en las cámaras, se llenó el vacío con la Sociedad Civil y, concretamente, con los intelectuales como portavoces de la Sociedad Civil: fueron intelectuales –en particular los que tenían presencia en los medios masivos—los que formaron los consejos originales del Instituto Federal Electoral o de la Comisión de Derechos Humanos, es decir, los espacios en que el régimen necesitaba exhibir su voluntad de transparencia y renovación. Servían para eso porque tenían, como intelectuales, un aura sacerdotal, se les suponía no sólo una superior inteligencia sino un desprendimiento que les permitía oficiar colectivamente como “conciencia moral” de la sociedad[xvi]. Y servían para eso también porque el público los identificaba con facilidad, sabía sus nombres, reconocía sus caras. No sobra decir que parte de su autoridad moral dependía del hecho de no tener militancia ni simpatía explícita por ningún partido político, y su consagración en la vida pública con esa misión, digamos, higiénica, era indicio y agente de la deriva general hacia la “antipolítica”.

Adquirieron a partir de entonces una nueva visibilidad y un prestigio sin precedentes. Adoptaron una función representativa, fuera de las instituciones[xvii].

Fueron tiempos de desplegados, manifiestos, cartas colectivas, pero sobre todo, fueron tiempos de mucha televisión. Fue ahí, en los programas de opinión que comenzaron a proliferar en los años noventa, donde se produjo la fama de los intelectuales: en la práctica, su autoridad moral resultaba de que la gente los reconocía, los había visto hablar, tenía con ellos la familiaridad fantasmal que inspira la televisión. Y por eso sucedió que empezasen a contar como intelectuales no sólo los novelistas, profesores universitarios, escritores, sino también periodistas, locutores, presentadores de noticieros, actores, cantantes e incluso deportistas: se formó poco a poco un conglomerado de perfiles muy difusos, un conjunto de “celebridades” que ocupaba el lugar de los intelectuales (y que en esa calidad podía también –por qué no—escribir escribir en la prensa, publicar libros y firmar manifiestos).

Algo de lo más característico de estos nuevos “intelectuales mediáticos” es que en sus intervenciones públicas no se dirigen a la sociedad civil, para conmoverla o persuadirla, sino que hablan en su nombre. Por una serie de asociaciones metonímicas, terminan siendo ellos la Sociedad Civil.

Tres momentos que bastan para explicar, gráficamente, su evolución. En 1994, junto con algunos políticos, varios de los intelectuales más conocidos forman el Grupo San Ángel, como una “iniciativa ciudadana” para promover la conciliación, la transparencia y la democracia, y evitar el inminente “choque de trenes” que resultaría de la elección presidencial: junto a Carlos Fuentes, Enrique Krauze, Elena Poniatowska, Guadalupe Loaeza y Federico Reyes Heroles, estaban Ricardo García Sáinz, José Agustín Ortiz Pinchetti, Jorge Castañeda y Adolfo Aguilar Zínser; más de cincuenta personalidades, puestas a crear un espacio de diálogo civilizado, y a exigir a los partidos transparencia, juego limpio. Es un grupo de notables (el nombre, a partir del lugar de su primera reunión, es elocuente) que en nombre de la Nación pedía a los partidos que se moderasen, que actuasen con responsabilidad. Ya se sabe: no hubo “choque de trenes”, pero la ocasión sirvió para exhibir ostensiblemente la autoridad moral de los intelectuales, en su papel de Sociedad Civil.

En 2005 las tornas han cambiado. Otra “iniciativa ciudadana” reúne a los intelectuales más mediáticos para hacer público un Acuerdo Nacional para la Unidad, el Estado de Derecho, el Desarrollo, la Inversión y el Empleo[xviii]. El conjunto de celebridades que acude es ya bastante más mezclado; están desde luego Enrique Krauze, Hector Aguilar Camín, Rolando Cordera, Ángeles Mastretta, etcétera, pero junto con ellos futbolistas, como Hugo Sánchez, cantantes de música popular, y hasta el arzobispo de la Ciudad de México, Norberto Rivera. También importa en este caso la plataforma: el castillo de Chapultepec, e importa que la iniciativa haya sido originalmente de los principales grupos empresariales del país, encabezados personalmente por Carlos Slim, Emilio Azcárraga, Ricardo Salinas Pliego. Hay más: el acuerdo se propone “convocar a todos los sectores de la sociedad, a los servidores públicos y a los políticos, en torno a puntos de consenso”, que resultan ser los de la agenda política del empresariado. Y los abajofirmantes del castillo de Chapultepec conminan a los candidatos presidenciales a que lo suscriban.

Vale la pena reparar en los detalles. Los intelectuales ya no se reúnen por iniciativa propia, sino convocados por los empresarios. Mezclados en el grupo de Chapultepec, acuden de hecho en su calidad de “celebridades”, gente famosa (y por eso, se supone, representativa). Son acaso más famosos que nunca, pero son también menos intelectuales que nunca en ese momento, casi apéndices o adornos de la sociedad del espectáculo[xix].

Otro momento más: el conflicto poselectoral de 2006. Intervienen los intelectuales, de nuevo, como conciencia moral. Pero no tienen ya una sola voz: los hay que firman desplegados para pedir que se respete el procedimiento institucional de recuento, impugnación y sanción del proceso; los hay que denuncian un fraude masivo y exigen el recuento “voto por voto”. Siguen meses de intercambios bastante ásperos en la prensa, en la televisión; queda bastante mal parada, después de todo, la autoridad moral de unos y otros porque sus intervenciones no pueden separarse de la política partidista.

A pesar del deterioro de su imagen, como conjunto, siguen siendo influyentes, siguen teniendo presencia masiva en los medios. Vale la pena reparar en algunos detalles. Superficialmente, su función representativa se asemeja a la que ejercían los “intelectuales públicos” durante el siglo veinte: se ejerce en forma colectiva, mediante actos públicos, desplegados y manifiestos, y en general con un argumento moral; sin embargo, la fama que les permite ese ejercicio es básicamente televisiva y carece de contenido intelectual, no se deriva –digámoslo así—de la influencia de su obra sobre el público, y eso hace que en su número se pueda incluir a figuras muy dispares, de distintos oficios. Por otra parte, su presencia constante en el espacio público contribuye en poco a esclarecer los problemas.

Seguramente las ambigüedades son inevitables. Su función representativa –como notables, celebridades, gente famosa—es un recurso de sustitución; su credibilidad, su influencia, el espacio que ocupan dependen sobre todo del descrédito de la clase política. La nueva vida pública de los intelectuales es en un primer momento un sustituto de la crítica, la oposición que no hay en las cámaras, pero se acredita sobre todo porque no es partidista; es decir que desde un principio se apoya en la inercia antipolítica de los últimos tiempos del régimen revolucionario y la favorece también. Digámoslo así: los intelectuales, como portavoces de la Nación o como Sociedad Civil, tienen la autoridad que les falta a los políticos, de cualquier partido que sean.

Por otro lado, su fama es sobre todo televisiva. Y su actividad pública está cada vez más distante de la vida académica[xx]. No es trivial. Al mismo tiempo que se formaba ese nuevo espacio de interlocución del régimen con los intelectuales se iniciaba una reorientación del sistema de educación superior del país, que ha tenido como consecuencia –entre otras—una relativa desconexión entre la vida académica y la vida pública. Mediante los sistemas de estímulos a la investigación, como complemento salarial, y en particular el Sistema Nacional de Investigadores (1984),se ha inducido la orientación del sistema de educación superior y la investigación hacia los circuitos internacionales; se ha procurado, con buen éxito, que el trabajo académico serio se orientase hacia las revistas y comunidades académicas de los Estados Unidos[xxi].

Se trataba de compensar la pérdida de valor adquisitivo de los salarios de los académicos, compensar –y justificar—la disminución de la inversión en educación superior. Entre sus consecuencias, una obvia: los académicos que tienen que ganarse o conservar su posición en el SNI no tienen mucho tiempo para invertirlo en ensayos o textos dirigidos al gran público, en revistas de divulgación, que no representan nada para su evaluación. Por otra parte, como académicos, son en general poco conocidos del público, no tienen ni remotamente el mismo atractivo que los intelectuales mediáticos.

Desde luego, hay académicos que mantienen alguna presencia en el espacio público, pero en general hay una distinción muy nítida entre los investigadores, que forman una comunidad cada vez más cerrada y profesional, cosmopolita, y los intelectuales de un Star System que depende sobre todo de la televisión nacional. Y eso da una estructura al espacio público, donde domina sin duda la opinión más o menos informada de los intelectuales mediáticos, y la discusión académica tiene un lugar marginal.

En los medios masivos –prensa, radio, televisión—se da también un lugar preferente a ese Star System. Es por esos nombres por los que compiten los periódicos o las cadenas de televisión. La figura dominante en la prensa es la del analista –opinador o como se le llame—y en la televisión o la radio es la del locutor, es decir, el personaje más fácilmente reconocible, el que establece un contacto personal con su auditorio. De modo que vienen a quedar en los escalones más bajos del oficio los reporteros, los que obtienen y organizan la información. Y el resultado es que en la prensa mexicana del cambio de siglo prácticamente no hay reportajes, periodismo de investigación: ni noticias bien fundadas ni información seria, investigada a fondo. Tampoco análisis de especialistas en casi ningún asunto[xxii].

El resultado final es un sistema de opinión pública en que dominan las firmas: sin información seria, nueva, porque no la hay en la prensa, sin un conocimiento bien fundado de los problemas[xxiii]. Es decir: un sistema en el que lo más asequible es el escándalo, recurrir a los temas que pueden reducirse a una oposición simple, de sí o no, e importa sobre todo quiénes firman a favor, quiénes en contra.

 

  1. La nueva industria del espectáculo

La transición es muy visible y en sus rasgos generales no admite mucha discusión. El sistema de opinión de principios del siglo XXI en México es mucho más plural y más político de lo que era treinta años atrás, y manifiesta una notable predilección por los escándalos; tienen en él una presencia mucho mayor los intelectuales, o quienes ocupan el lugar de los intelectuales, que son más famosos y reconocidos que nunca. Es un sistema en que predomina, hasta el exceso, la opinión, y donde escasea, hasta extremos sorprendentes, la información.

En un sentido, es indudable que ese cambio forma parte del tortuoso proceso de democratización de la vida política mexicana del fin de siglo. Pero no sobra anotar que la mutación comenzó bastante antes –es visible ya, en los gobiernos de Miguel de la Madrid y Carlos Salinas—y que, en aspectos muy básicos, la misma configuración aparece en otras partes, es decir: no es un fenómeno exclusivamente mexicano.

Aclaremos. Acaso sea inevitable que el campo cultural se estructure siempre a partir de un conjunto central, más o menos reducido, de grandes nombres. Y acaso sea también inevitable que algunos de los mejores, los que más aprecia la posteridad, no tengan casi ningún reconocimiento en vida. La novedad estriba en el alcance de la fama de esas figuras centrales, en el hecho de que sean reconocidos –y honradamente admirados- por millones que nunca abrirían un libro suyo; es decir: la novedad está, para empezar, en la televisión. También en el hecho de que, a partir de esa fama millonaria, se conviertan en voces autorizadas para opinar sobre casi cualquier tema; un novelista o un poeta no tienen por qué saber de política, y en general no saben, pero hoy están obligados a hablar o escribir acerca de todo, y la prensa de todo el mundo anuncia como contribución importante la opinión política de José Saramago, Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa, por ejemplo.

El cambio es complejo y obedece sin duda a muchas causas. No es, seguramente, la decadencia de la cultura que preocupa a pensadores como George Steiner[xxiv]. No es tampoco la rebelión de las masas. Según lo más probable, el origen de este nuevo sistema de la opinión está en algo más modesto, prosaico y concreto: en la transformación de la industria editorial, en la manera en que se fabrican, se distribuyen y se venden los libros, y en su incorporación a la industria del espectáculo.

Sin duda, en el centro de la vida pública está desde hace tiempo la televisión, en cualquier país del mundo. No obstante, la vitalidad y la relativa densidad de la vida pública dependen siempre de los libros: porque requieren otro tipo de atención, porque permiten formas de diálogo mucho más elaboradas, porque forman un público más exigente. Para decirlo en una frase, la calidad de la vida pública en cualquier sociedad depende de la proporción de lectores habituales, capaces de elevar los niveles de exigencia. En realidad, casi no haría falta subrayar la importancia de los libros y de la lectura de libros, salvo que en las últimas décadas ha ido cambiando su lugar y su significación, su relación con los otros medios de comunicación.

No es una novedad. En los últimos veinte o treinta años se ha producido en todo el mundo una transformación mayor en la organización de la industria cultural, que ha afectado especialmente al mercado de los libros, a la industria editorial y las prácticas de lectura[xxv].

Entre 1970 y 1990 cambió el mundo de la edición. Hasta entonces las casas editoriales eran –salvo excepciones—pequeños negocios, con frecuencia negocios familiares, de ciclo muy lento, con tasas de ganancia relativamente pequeñas (alrededor del 4%, poco más); cada sello tenía una personalidad propia, más o menos según el gusto del editor, y los libros de mayor venta o de venta más rápida servían para cubrir las pérdidas o la más lenta recuperación de la inversión de otros que, sin embargo, servían para dar prestigio al catálogo. Era un mercado pequeño y muy diversificado, en que sólo se hacían grandes negocios con la venta de libros de texto.

El panorama es hoy enteramente distinto: unos cuantos grandes grupos empresariales controlan casi todos los sellos conocidos y hasta un 75% del mercado, y a veces más. Son todos ellos lo que se llama empresas “multi-media”, es decir, que aparte de editoriales tienen periódicos, revistas, cadenas de radio y televisión, productoras de discos, de cine; y son también multi-nacionales, con filiales o sucursales en numerosos países y con frecuencia en varios idiomas.

Sirve de ejemplo, uno de los más conocidos, Bertelsmann. Es una empresa de comunicación alemana que aparte de editoriales como Bertelsmann Verlag, Leserring y Goldmann Verlag, tiene la mayor cadena de publicaciones periódicas de Europa (Gruner & Jahr), cadenas de radio y televisión (RTL Group), productoras de música (BMG / Ariola) y de contenidos para televisión y otros medios (Arvato). En Estados Unidos tiene docenas de sellos editoriales como Ballantine Books, Bantham Books, Everyman’s Library, Knopf, Pantheon Books, Random House, Vintage Books; en Francia tiene el grupo editorial France Loisirs; y en España, igualmente, una veintena de sellos: Areté, Círculo de Lectores, Collins, Debate, Debolsillo, Grijalbo, Lumen, Mondadori, Plaza & Janés, Sudamericana, etcétera. En 2007, sólo su división de libros, Random House/Bertelsmann reportó ganancias por más de 1 800 millones de euros[xxvi].

Otro caso que llama la atención es el mayor grupo editorial en lengua francesa: Lagardère/Hachette. Controla más del 20% de la prensa periódica en Francia y más de treinta sellos editoriales como Calmann-Lèvy, Dalloz, Fayard, Grasset, Hachette, J’ai Lu, Larousse, Le libre de Poche, Stock, etcétera; tiene otra veintena de sellos en lengua inglesa: 5-Spot, Bullfinch Press, Little, Brown & Co., Orbit, Warner Books, y en español, igualmente, un grupo en el que están Alianza Editorial, Anaya, Cátedra, Salvat, Siruela, Tecnos, Vox y varias editoriales más. Tiene también empresas dedicadas a la producción de contenidos multimedia, empresas deportivas y el 10% de las acciones del grupo EADS, de aeronáutica. Las ganancias en 2007 de su división editorial fueron de 2 130 millones de euros[xxvii].

Obviamente, es un mundo diferente por completo al de hace apenas unas décadas. Las que eran entonces editoriales importantes: Paidós, por ejemplo, Alianza Editorial, Espasa-Calpe, son ahora apéndices más o menos relevantes, más o menos prescindibles, de grupos gigantescos que tienen que operar con otra lógica.

El cambio no es difícil de entender. Los grandes grupos tienen que ofrecer a sus accionistas tasas de ganancia mucho mayores, por lo menos cinco o seis veces mayores, que las de la industria editorial tradicional, y eso significa que tienen que modificar todo el esquema de producción, distribución, publicidad y venta. Vender en dos o tres años un tiraje corto, de dos mil o tres mil ejemplares era razonable para las viejas editoriales, pero no tiene sentido, como inversión, para los nuevos conglomerados; el gran negocio necesita tirajes altos y retorno más rápido: vender muchos miles de ejemplares en muy poco tiempo (la lógica del best-seller). Eso significa, para empezar, que para decidir la publicación de un libro debe tenerse en cuenta, en primer lugar, el índice de ventas probable, y si la evaluación comercial no es satisfactoria el libro se descarta; libros de lectura difícil, de autores desconocidos, libros muy extensos o de interés para un público reducido se desechan automáticamente (y quedan para ser publicados por editoriales universitarias o marginales).

El contenido cultural o intelectual del negocio pasa a un segundo plano. Se prefieren, como es lógico, los libros más asequibles, del gusto de la mayoría, los que puedan llegar al gran público: novelas ligeras, periodismo más o menos escandaloso, libros de autoayuda, lo que Sainte-Beuve llamaba “literatura industrial”. Aun así, es imposible saber de antemano qué libro tendrá un gran volumen de ventas, de modo que hace falta acaparar el mercado, para que prácticamente no haya opciones; hay tres mecanismos: eliminar a la competencia, acaparar el espacio de exhibición y saturar los espacios de crítica e información.

Lo primero que hacen los grandes grupos es adquirir otras editoriales: mantienen normalmente el sello, el formato, algo de la línea editorial que las hacían reconocibles, pero las decisiones son supeditadas a los criterios comerciales del grupo[xxviii]. A continuación, aumentan la cantidad de títulos publicados, todos cada vez más parecidos entre sí, con la expectativa de que alguno se convierta en best-seller, y con la intención de acaparar también el espacio de exhibición en las librerías. Sobre todo las mesas de novedades. Por último, están en condiciones de saturar los espacios de crítica con publicidad más o menos disfrazada: los otros medios –periódicos, revistas, radio, televisión—les sirven de caja de resonancia para fabricar o apuntalar la fama de los autores, la importancia de los libros[xxix].

El resultado de todo ello es un mercado de libros dominado por una sobreabundancia de nuevos títulos, de literatura industrial, que pasan de la mesa de novedades a la trituradora de papel rápidamente: la vigencia de las novedades no llega a ser de tres meses[xxx]. Y sobre todo, el predominio de unos pocos nombres, de los que han conseguido fabricarse como autores importantes o de los que son por otra razón famosos.

El negocio no sólo consiste en vender libros, aunque suelen representar entre el seis y el diez por ciento de las corporaciones mayores, que no es nada despreciable. En lo fundamental, el mecanismo permite la conformación de ese nuevo Star System cultural, que sirve para dar autoridad a los espacios de opinión en radio y televisión, para acreditar páginas editoriales y mantener, y hacer rentable, ese intangible que es el “prestigio intelectual”. Y por esa vía la nueva industria cultural influye también sobre la vida pública.

En México las consecuencias son más graves porque el número de lectores habituales es, proporcionalmente, insignificante: según las estadísticas disponibles, podría ser el 2% de la población adulta, aunque una lectura un poco atenta de las encuestas aconsejaría reducir el número a la mitad[xxxi]. Eso significa que los libros cuentan poco para la formación de la opinión pública y que no hay en el país la mínima densidad de lectura para contrarrestar, aunque fuese un poco, el empuje publicitario de los grandes grupos editoriales (con su eco en prensa, radio y televisión).

La industria editorial mexicana es minúscula, básicamente escolar, subsidiada y periférica. Es un mercado entre cuatro y seis veces menor al español, por ejemplo, con más del doble de población; ajustando las cifras, resulta que el 75% de los libros que circulan en el país son textos para educación básica y media, y hasta el 90% son escolares, si se incluye a la educación técnica y superior; alrededor del 30% de los ingresos de la industria provienen de compras del gobierno, coediciones y otras formas de subsidio[xxxii]; y en todos los aspectos –volumen de ventas, porcentaje de importaciones, subsidios, producción—dominan absolutamente el mercado los cuatro mayores grupos editoriales de lengua española: Planeta, Anaya, Santillana, Random House, con alguna presencia en textos de educación básica de Pearson y McGraw-Hill[xxxiii].

¿Qué significa eso para la vida pública? En primer lugar, hay una distancia creciente –producto de la nueva industria—entre el gran público de lectores ocasionales, que conoce casi exclusivamente la oferta masiva de novedades, reconoce tan sólo los nombres del Star System y se forma sobre todo a partir de la televisión; y una minoría muy reducida, acaso el 1% de la población, probablemente menos, que puede formarse una opinión propia, tiene acceso a la producción de editoriales pequeñas y marginales, también a lo que se publica en otros idiomas.

En segundo lugar, y es consecuencia de lo anterior, la opinión dominante en los medios, la que forma el sentido común, es la de ese pequeño grupo que forma el Star System, que depende absolutamente de los medios masivos. No hay ningún vehículo rutinario para que las discusiones de los especialistas, que se ventilan en los circuitos académicos, lleguen a un público mayor. Digámoslo en términos más concretos: no hay en México la cantidad suficiente de lectores habituales para que circule ni siquiera una revista de “diálogo culto”, de las que sirven como correa de transmisión entre la reflexión académica y la difusión para el gran público. En sus primeros años, Plural, Vuelta y Nexos cumplieron con esa función en alguna medida; con el paso del tiempo vienen a ser cada vez más revistas de divulgación: con un censo de autores corto y repetido, de nombres famosos, y básicamente con la reiteración de los temas y los argumentos que aparecen en los demás medios, en la prensa diaria y en la televisión.

El negocio de los grupos editoriales, lo mismo que el de los medios, depende de mantener el circuito de las celebridades relativamente cerrado, con sus nombres representativos de la izquierda, la derecha, el feminismo, el indigenismo, el libre mercado o el Estado de derecho. Y en eso, el ciclo del sistema de la opinión pública en México ha coincidido con el ciclo mundial de la nueva industria del espectáculo.

 

  1. Lo que se puede esperar

En términos generales, lo que puede esperarse en el futuro inmediato es más de lo mismo: un sistema de opinión pública básicamente escandaloso, superficial, mal informado, de inclinación antipolítica. No es imaginable ningún medio que sustituya a la televisión, ni tampoco una transformación del público mexicano que ponga mayores niveles de exigencia. No hay motivos para esperar un aumento en la proporción de lectores habituales ni de lectores de prensa tampoco.

La nueva legislación electoral aprobada en 2007 sólo tiene como propósito impedir las formas más groseras de extorsión de las empresas de radiodifusión y teledifusión. Las nuevas tecnologías teóricamente permitirían la existencia de un mayor número de empresas de radio y teledifusión; en la práctica, no es fácil un cambio legislativo importante: Telmex podría convertirse en un tercer competidor en oferta televisual, pero poco más.

La Ley de fomento de la lectura y el libro, aprobada en 2008, es un paso vacilante y tímido en un terreno que ningún grupo político considera prioritario: la idea de la promoción de la lectura se reduce, todavía, a la publicación de libros baratos o regalados, y la dotación de las bibliotecas de aula en las escuelas públicas; no hay en las instituciones públicas ni siquiera un diagnóstico serio sobre las prácticas de lectura en México, de modo que las iniciativas se siguen orientando a partir de intuiciones bastante imprecisas y, en general, equivocadas[xxxiv]. La reforma educativa, igualmente anunciada en 2008, en caso de tener algún éxito, sólo ofrecería resultados en un plazo de diez o quince años, y no incluye ninguna novedad en lo que se refiere a programas de lectura. Es decir: nadie, entre los actores políticos relevantes, se ha tomado en serio la formación del sistema de opinión pública en México.

Nada indica que pueda haber cambios significativos en ese oculto –o discreto—corazón de la vida pública que es la industria editorial. Seguirán –en el mundo, porque ése es su horizonte—con lento movimiento de mastodontes, las fusiones de los grandes grupos[xxxv], y se abrirá algo más, en consecuencia, el espacio para las pequeñas editoriales, de incidencia marginal. No habrá ni más lectores ni mejores lectores, no habrá un público más exigente.

Eso significa que en el centro del sistema de opinión pública seguirá estando la televisión, con capacidad para imponer el tono general e incluso los temas, con una baraja corta de celebridades para mantener su prestigio. Sobrevivirán las docenas de periódicos que se publican actualmente, aunque sólo tres o cuatro tengan alguna influencia[xxxvi]; algo podría cambiar si cualquiera de ellos se decidiera a formar una escuela de reporteros y comenzase a publicar información original, contrastada, creíble, pero no hay un público que lo exija: incluso las faltas de ortografía y los errores de sintaxis, en las notas y en los titulares, se han hecho tan frecuentes que no llaman la atención.

 

 

[i] Manuel Espino, Señal de alerta, México: Planeta, 2008, Porfirio Muñoz Ledo, La ruptura que viene: crónica de una transición catastrófica, México: Grijalbo, 2008.

[ii] En 1976 ironizaba sobre ello Jorge Ibargüengoitia, en un artículo conocido: “Cada seis años, por estas fechas, siento la obligación de dejar los asuntos que me interesan para escribir un artículo sobre las elecciones, que es uno de los que más trabajo me cuestan. Puede comenzar así: ‘el domingo son las elecciones, ¡qué emocionante!, ¿quién ganará?’…” Ibargüengoitia, “Desde las gradas. El partido que presenciamos”, en Instrucciones para vivir en México, México: Joaquín Mortiz, 1990, p. 115.

[iii] “Es una prensa libre –decía Cosío Villegas en 1954—que no usa de su libertad. Defiende hasta la exasperación ciertas actitudes, pero carece de un criterio para juzgar hechos elementales. […] La prensa sabe que no puede de verdad oponerse al gobierno porque éste tiene mil modos de sujetarla y aun de destruirla […] La situación de hecho es, sin embargo, que en México ha existido libertad de imprenta, y que en los últimos veinticinco años no se ha dado el caso de que desaparezca un periódico por una acción oficial violenta.” La explicación de esa falta de espíritu crítico le parecía evidente: “el periódico moderno es una industria, es un negocio, y, al menos en México, el gremio de los negociantes ha dado muy pocos héroes dispuestos a luchar y morir por una causa levantada”, Daniel Cosío Villegas, “La prensa y la libertad responsable en México”, en Ensayos y notas, México: Editorial Hermes, 1966, Vol. I, pp. 328, 333, 335.

[iv] La historia ha sido contada muchas veces; la más conocida es la versión novelada de Vicente leñero, Los periodistas, México: Joaquín Mortiz, 1978 [edición corregida y aumentada en 1988].

[v] Anotemos que algunos libros estaban dirigidos a un público más amplio: libros más cercanos a la coyuntura, de crítica más directa, como los de Daniel Cosío Villegas, El estilo personal de gobernar, México: Joaquín Mortiz, 1974, y La sucesión presidencial: el desenlace, México: Joaquín Mortiz, 1975. Circularon sin mayor dificultad.

[vi] Sólo como curiosidad: en el primer número de la revista Vuelta, diciembre de 1976, había 9 páginas de publicidad, 3 de ellas de instituciones públicas (UNAM, FCE, IMSS); en el número de noviembre de 1994, el último publicado durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, había 20 páginas de publicidad, 12 de ellas de instituciones públicas, incluyendo sendas gacetillas de dos páginas del gobierno del estado de Querétaro y del IMSS. La tendencia se mantiene, por cierto; otra vez, a título de ejemplo, el número correspondiente al 25 aniversario de Nexos, noviembre de 2003, incluye 34 páginas de publicidad, de ellas 28 son de instituciones públicas (desde Pemex y el IPN, hasta el gobierno del estado de Colima).

[vii] Los testimonios de periodistas son, en general, coincidentes: al gobierno le preocupaban sobre todo la radio y la televisión; las presiones sobre la prensa escrita eran más esporádicas, con frecuencia llamadas telefónicas de la oficina de comunicación de la presidencia o de algún secretario de estado, y sólo muy rara vez alguna amenaza directa, violenta. Y el orden comenzó a cambiar rápidamente durante el sexenio de Carlos Salinas. Ver Eduardo Cruz Vázquez, 1928-2008. Los silencios de la democracia, México: Planeta, 2008, passim.

[viii] Según Haber, Klein et al, el cambio de los noventa en el contenido e inclinación crítica de los medios obedeció a que “una ciudadanía crecientemente movilizada” hacía mucho más difícil para el gobierno “censurar” a los medios o “intimidar a los periodistas disidentes”. Haber, Stephen, Herbert S. Klein [et al.], Mexico since 1980, Cambridge, Mass.: Cambridge University Press, 2008, p.146. La interpretación no es infrecuente, pero creo que exagera tanto la militancia ciudadana como la resistencia gubernamental, aunque haya habido ambas cosas (como indicador: el régimen de la publicidad oficial no varió, ni en la prensa ni en la televisión).

[ix] Una crónica puntual, detallada, de la polarización provocada por el obradorismo y sus enemigos, en Alejandra Lajous, AMLO: entre la atracción y el temor. Una crónica del 2003 al 2005, México: Océano, 2006.

[x] Un ejemplo, tomado literalmente al azar: la edición de El Universal del 3 de noviembre de 2008. En la sección de noticias nacionales hay lo siguiente. Un escándalo por los privilegios que pueden comprarse en penales mexicanos: la fuente original es una declaración de la CNDH, el resto de la información son declaraciones del Gobierno del Distrito Federal y de la presidencia del PAN; un pequeño escándalo por los muebles de la oficina del expresidente Vicente Fox: las fuentes son la presidencia de la república, declaraciones del senador Ricardo Monreal (PRD) y de la dirección del PAN; sobre la protección de jueces amenazados por el narco la información es de la PGR, sobre el nuevo presupuesto de egresos son declaraciones de la SHCP y del Congreso, sobre un próximo congreso mundial católico en México la información es de la oficina de prensa del Vaticano.

[xi] En la televisión, hay sólo un pequeño margen fuera del control de Televisa y TV Azteca. En radio, la situación es similar: juntos, Grupos Radio Centro, ACIR y Grupo Latino de Radio (Televisa) tienen el 59% de la audiencia; si se suman Núcleo Radio Mil y Grupo Fórmula, llegan al 79%. Francisco Vidal Bonifaz, Los dueños del cuarto poder, México: Planeta/Temas de Hoy, 2008, p. 109.

[xii] Lo explicaba en un ensayo conocido Daniel Cosío Villegas, en 1965, a partir de la idea de que en México la vida pública es privada: “La política no se hace en la plaza pública, el parlamento o la prensa, en debates o polémicas sonados, sino en la conversación directa, a medias palabras, entre el aspirante y el detentador del poder. No es, pues, una actividad pública, sino un cuchicheo confidencial.” Es decir, no tiene un lugar para los intelectuales; aunque añade un matiz: “puede asegurarse que si el intelectual mexicano no hace, en realidad, política, se debe en gran medida a él. No ha demostrado tener muchas ideas originales sobre los problemas del país, y menos todavía que las que tiene son verdaderas convicciones, que está dispuesto a defender e imponer, o sacrificarse por ellas en último extremo.”, Daniel Cosío Villegas, “El intelectual mexicano y la política”, en Ensayos y notas, México: Editorial Hermes, 1966, Vol. II, pp. 160 y 167.

[xiii] “Hay estadísticas para documentar que en el sexenio de Luis Echeverría, la cultura mexicana se volvió millonaria. ¿Cómo sucedió? Por un truco muy viejo: sofocar las protestas con generosidad y concesiones. […] El delirio llegó al extremo de que muchos jóvenes idealistas creyeron que el sistema les daba becas, puestos, viajes, ayudantes y presupuestos, para acabar con el sistema.”, Gabriel Zaid, Cómo leer en bicicleta, en Zaid, Crítica del mundo cultural, op. cit., p. 257.

[xiv] En los términos de Roger Bartra, las Universidades se convirtieron en “enormes conglomerados de fuerza burocrática y política”, espacios “politizados, estatizados y burocratizados [donde reinaban] el subsidio, el salario, el currículum, los viáticos, los títulos y las oficinas: un universo completamente extraño y adverso a la creación intelectual libre e independiente”. Roger Bartra, “La república de las letras muertas y la muerte de las letras públicas”, en Bartra, Oficio mexicano, México: CNCA, 2003, pp. 45, 47.

[xv] ¿Qué tan exiguo? Bien: el porcentaje de lectores habituales en México, es decir de quienes leen al menos quince o veinte libros al año, es del 2%; una tercera parte de los lectores dice que prefiere los libros de autoayuda o “espiritualidad”; el tiraje normal de un libro académico es de 1 500 o 2 000 ejemplares; novelas para el gran público pueden tener tirajes de 10 000 ejemplares (CNCA, Encuesta Nacional de lectura 2006, México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2006). En comparación, un programa de debate en la televisión, que pasa a última hora de la noche, puede tener un índice de audiencia de dos puntos: es muy poco, pero implica cerca de dos millones de televidentes.

[xvi] Entre nosotros, dice Adolfo Castañón, en el intelectual se confunden las figuras del misionero, el maestro y el agitador, y en eso consiste su prestigio. En eso y en la televisión. Ver Adolfo Castañón, “Al margen de las lecciones de Steiner”, Letras libres, México, Año 8, n.86, febrero 2006.

[xvii] Ver Claudio Lomnitz, “Interpreting the Sentiments of the Nation: Intellectuals and Governmentality in Mexico”, en Lomnitz, Deep Mexico, Silent Mexico. An Anthropology of Nationalism, Minneapolis: University of Minnesota Press, 2001, pp. 208 y ss.

[xviii] http://www.acuerdodechapultepec.org.mx/acuerdo_nacional.pdf (visitado el 20 de octubre de 2008).

[xix] Uso deliberadamente la expresión de Guy Debord (ver Debord, Guy La societé du spectacle, Paris: Gallimard / Folio, 1996). La exhibición del castillo de Chapultepec es ajena a la tradición de intervenciones públicas de los intelectuales, del affaire Dreyfuss en adelante; en realidad, aparte de su contenido político, como recurso de un grupo de presión, manifiesta no otra cosa sino el absoluto predominio de la televisión en la vida pública.

[xx] “Muchos intelectuales han escogido la muerte mercantil para escapar de la moralina iluminista y de la angustia por alcanzar la inmortalidad, para renacer en una nueva existencia coronada por el éxito perecedero de las grandes ventas y de los multimillonarios públicos de la televisión.” Roger Bartra, “Cuatro formas de experimentar la muerte intelectual”, en Bartra, La sangre y la tinta. Ensayos sobre la condición postmexicana, México: Océano, 1999, p. 45.

[xxi] La coincidencia obliga a pensar en una decisión, digamos, estratégica: subsidiar los espacios de expresión de los intelectuales al mismo tiempo que se reduce la inversión en educación superior, y se complementa el ingreso de los académicos en un sistema que requiere básicamente que se incorporen a la “academia internacional”, en un sistema que afecta a la docencia lo mismo que a las publicaciones: “Las presiones externas, el SNI pongamos por caso, con sus premios, incentivos y castigos, ha sido un factor importante en el aumento de la cantidad en la investigación. No creo que haya sido igualmente importante en lo que se refiere a la calidad. Nos ha llevado un poco a la máxima de publish or perish de la universidad norteamericana y ha tenido efectos desastrosos en la calidad de la enseñanza. Son pocos los profesores-investigadores que aceptan una clase, sobre todo un curso introductorio, general, básico, de buena gana. Es, se considera no sin razón, tiempo que se resta a la investigación, base y origen de cualquier promoción y premio. El curso aparece como algo secundario, como un engorro, cuando es, como todos sabemos, la única manera de crear un vivero de investigadores.” Rafael Segovia, “Exigencias de la investigación”, en Segovia, Lapidaria política, México: FCE, 1996, p. 553. [xxi] Ver también Claudio Lomnitz, “An Intellectual’s Stock in the Factory of Mexico’s Ruins”, en Lomnitz, op. cit., p. 219

 

[xxii] Sin duda, hay excepciones, pero son eso: excepciones. En general, la gente reconoce y aprecia en el radio, por ejemplo, las voces de José Gutiérrez Vivó o Carmen Aristegui, en televisión reconoce a Joaquín López Dóriga, Antonio Alatorre, en la prensa los nombres de quienes firman columnas y artículos de opinión. Los reporteros, en cambio, son casi anónimos, y suelen limitarse a cubrir una fuente recogiendo declaraciones oficiales, buscando entrevistas apresuradas o glosando documentos publicados.

[xxiii] Un ejemplo obvio, para aclarar. El crimen organizado, y en particular el narcotráfico, es uno de los temas más presentes en la primera década del nuevo siglo. Hay especialistas, académicos, que conocen bien el campo: Luis Astorga, Celia Toro, Mónica Serrano, y bastantes más, activos en los circuitos académicos internacionales. En la prensa en México hay algunos reportajes interesantes, de Ricardo Ravelo, por ejemplo, o Jorge Fernández Menéndez, pero la inmensa mayoría de la opinión, de quienes firman en la prensa u opinan en televisión es por fuerza improvisada, aproximativa, desconectada de la reflexión académica (que existe, pero está en otra parte).

[xxiv] George Steiner, Una idea de Europa, México: FCE, 2008, passim.

[xxv] El fenómeno ha recibido bastante atención en Estados Unidos y Francia (ver Schiffrin, André. The business of Books, Nueva York: Verso, 2000; Korda, Michael. Editar la vida. México: Debate, 2004; Greco, Albert N. The Book Publishing Industry. New Jersey: Lawrence Erlbaum Associates, 2005; Epstein, Jason. Book Business. Publishing: Past, Present and Future. Nueva York: W. W. Norton, 2002; Combet, Claude. Le livre aujourd’hui. Les défis de l’édition, Paris: Milan, 2007; Brémond, Janine y Greg Brémond, L’édition sous influence, Paris: Liris, 2004.) Casi no se ha mencionado el tema en el mundo de habla hispana.

[xxvi] http://www.bertelsmann.com/bertelsmann_corp/wms41/bm/index.php?ci=96&language=2 (consultado 28 de noviembre de 2008).

[xxvii] http://www.lagardere.com/groupe-110.html (consultado 28 de noviembre de 2008).

[xxviii] Con frecuencia hace falta recusar contratos ya firmados, pero también suelen descatalogarse obras de venta relativamente menor; un ejemplo, muy a la vista, la desaparición del catálogo de Alianza Editorial del clásico de Edmund Wilson, Hacia la Estación Finlandia. Es sólo un ejemplo, entre miles.

[xxix] Sirven también los premios literarios creados o financiados por los grupos editoriales, que sirven como recurso publicitario en un espacio en el que faltan, cada vez más, referentes confiables (ver English, James F.The Economy of Prestige. Prizes, Awards and the Circulation of Cultural Value, Cambridge, Mass.: Harvard University press, 2005)

[xxx] Para que los libros tengan presencia masiva en las pocas semanas que dura el impacto publicitario, los tirajes tienen que ser más grandes, y se dejan en las librerías en consignación; para evitar los costos de almacenamiento de los sobrantes, se destruyen en plazos cada vez más breves.

[xxxi] Ver CNCA, Encuesta Nacional de lectura 2006, México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2006, y CNCA, Encuesta nacional de prácticas y consumo culturales, 2004, México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2004. Si se contrastan los datos de las encuestas con la información de la industria editorial y el volumen de ventas de las librerías es evidente que una buena parte de los encuestados exagera –y mucho- al hablar de sus lecturas; también parece obvio que muchos se refieren a lecturas obligatorias, escolares. El lector habitual –por convención- es el que lee al menos un libro cada dos o tres semanas.

[xxxii] Ver CANIEM, Actividad editorial. Libros 2003. México: Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, 2003. También CANIEM, “Encuesta preliminar 2004-2005”, México: Cámara Nacional de la Industria Editorial, 2006 (mimeo).

[xxxiii] Los grupos: Planeta (incluye: Altaya, Ariel, Booket, Columna, Crítica, Cúpula, Destino, Diana, Ediciones del Bronce, Ediciones 62, Emecé, Esencia, Espasa-Calpe, Joaquín Mortiz, Luciérnaga, Martínez Roca, Minotauro, Oniro, Paidós, Península, Planeta, De Agostini, Planeta Oxford, Quinteto, Seix-Barral, Temas de Hoy, Timún Mas); Anaya (incluye: Algaida, Alianza Editorial, Anaya, Barcanova, Bruño, Cátedra, Credsa, Pirámide, Del Prado, Edicions Gerais, Haritza, Larousse, Oberon, Salvat, Siruela, Tecnos, Vox); Santillana (incluye: Aguilar, Alfaguara, Altea, Grazalema, Itaca, Lanza, Nuevo México, Obradoiro, Punto de Lectura, Richmond, Santillana, Suma de Letras, Taurus, Voramar); y Random-House (incluye: Areté, Beascoa, Caballo de Troya, Círculo de Lectores, Collins, Debate, Debolsillo, Electa, Grijalbo, Lumen, Mondadori, Montena, Plaza & Janés, Rosa del Vents, Sudamericana). Tienen también presencia visible en librerías Tusquets y Anagrama, aunque con cifras de ventas incomparables, y de las mexicanas: Fondo de Cultura, con el que hay que hacer cuenta aparte, y algo de Porrúa, ERA y, muy disminuida, Siglo XXI.

[xxxiv] Las dos ideas básicas: la gente no lee porque los libros son caros y porque leer es aburrido. Y por eso se trata sobre todo de subsidiar publicaciones y promover libros “divertidos”, muy ilustrados, resumidos, libros que no parezcan libros.

[xxxv] El más reciente (2007), la adquisición del Grupo Éditis –el segundo grupo editorial en lengua francesa—por el Grupo Planeta, de España.

[xxxvi] Son más de veinte sólo en el Distrito Federal, con un tiraje global que disminuye sistemáticamente desde 1994. Ver Vidal Bonifaz, op. cit., p.133.