El escándalo

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Lo más escandaloso de lo que hemos visto en los últimos días no son las películas, sino las reacciones que han ocasionado. Es escandaloso que casi todos, del Presidente abajo, reaccionen como si fueran simples particulares, preocupados por dejar a salvo su buen nombre, interesados sobre todo en exhibir su virtud. Algunos han hablado del riesgo de que la estrategia del escándalo termine por desacreditar a todos y que se vea afectada la política en general. Es cierto. Lo malo es que eso ya sucedió. Todos han puesto lo suyo, muy deliberadamente, para desarbolar el sistema de partidos, se han empleado a conciencia para producir un escenario bonapartista donde se pueda prescindir de las instituciones representativas. En eso estamos: no quedan más que los poderes fácticos. Sobre todos ellos, por supuesto, la televisión, que fabrica los puntos de popularidad de los que depende todo.

Si se piensa un poco, no hay ninguna razón para sorprenderse. La mitad de nuestra clase política lleva una década metida en el mismo juego. Es muy sencillo: lo primero es dar pábulo a la idea de la gran confrontación entre los políticos y “la gente”, que se explica como un problema moral; lo siguiente es tratar de colocarse del lado de “la gente” a base de denunciarlos a ellos, los otros, corruptos todos. En el camino resulta muy útil la desconfianza tradicional hacia los partidos políticos, porque donde no haya ninguna inmoralidad se podrán denunciar los “intereses de partido”. Después no queda otra cosa sino estar atento a la televisión y medir los índices de popularidad. Con suerte, se puede gobernar a fuerza de espectáculo, lo mismo que se hace oposición con el espectáculo. Pero donde las dan, las toman.

Resulta raro que haya tantos políticos tratando de medrar con el desprestigio de los políticos, es verdad. Suele ser cosa de figuras solitarias: Fujimori, Chávez, Poujade, Perot. Nosotros los tenemos por docenas. Supongo que influye la inercia del sentido común: no hay nada más fácil ni más obvio en México que señalar la inmoralidad de los políticos. También está el hecho de que en las últimas dos décadas del siglo veinte coincidieran todos –la derecha, la izquierda, el gobierno- en la obsesión antiestatal. Por motivos distintos, todos tenían interés en acabar con el arreglo político posrevolucionario y el camino más corto era un juicio sumarísimo para condenar a la clase política entera que había producido a Luis Echeverría y José López Portillo. Hay que contar, por supuesto, con la falta de identidad partidaria. Casi nadie se toma en serio ni la plataforma ni la definición ideológica de los partidos: no hay más que negocios personales, ambiciones personales. Finalmente está la ineptitud, lisa y llanamente, la incapacidad para gobernar o para organizar una oposición en un sistema representativo, donde hay que tomar en cuenta los votos y los intereses de todos.

La consecuencia es esta patética competencia de honorabilidad entre unos cuantos particulares, que se ventila en la televisión. López, por ejemplo, que sólo piensa en el contraataque y que lo piensa en términos de escándalo: quiere revelar una conspiración donde se pagan millones de dólares, que alguien se lleva en una maleta. Es decir: quiere ponerse a mano. No hemos sabido hasta ahora que vaya a hacer algo con su contraloría o con los contratos de su gobierno, ni hablar de que tenga él alguna responsabilidad. Despedirá de inmediato a cualquiera que aparezca en la televisión, en una película como las de Ponce o Bejarano. Eso sí. Al día siguiente. Lo fundamental es que él, personalmente, no va a aparecer nunca en una grabación así, cargando una maleta de dinero: López Obrador es honrado. Bien. Se le olvida que es también Jefe de Gobierno del Distrito Federal.

Otro tanto hay que decir del Secretario de Gobernación, que se limita a negar que su oficina sea responsable de la difusión de las grabaciones. Es un alivio. Pero sucede que hay acusaciones concretas, difamatorias, injuriosas, contra su Secretaría y contra la Presidencia de la República. El Secretario de Gobernación no puede darse el lujo de ser una buena persona, porque no es un particular. No puede permitir que se calumnie al Presidente con toda naturalidad, desde el Congreso y desde el Gobierno de la Ciudad de México: tiene una responsabilidad directa en la degradación y el enrarecimiento del clima político porque tiene la autoridad para cambiarlo. Pero no. Aquí lo que importa es dejar en claro que Santiago Creel es honrado. Y buena persona además.

El Presidente dijo lo que tenía que decir: “Esta es la democracia, este es el cambio.” No hay quien le diga que no. No hay quien le diga que esto no tiene nada que ver con la democracia y que es lo más viejo del mundo, que al final resulta en que manda el que más puede, porque puede. No: son preocupaciones de político, indignas de la gente decente.

 

La Crónica de hoy, 9 de marzo de 2004