El escepticismo y la credulidad

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La opinión mexicana es radicalmente escéptica, desconfía de cualquier cosa que puedan decir los políticos. Recibe con un enorme, invencible recelo cualquier información que provenga de fuentes oficiales. Y no está mal. Sin embargo, al mismo tiempo, es de una credulidad desesperante. Admite con perfecta naturalidad los rumores más absurdos, especulaciones delirantes, denuncias de conspiraciones imposibles. Y seguramente ambos rasgos, contradictorios como parecen, corresponden a un mismo mecanismo. Si ninguna explicación tiene autoridad, cualquiera sirve y todas valen lo mismo.

Los periodistas, locutores y analistas han descubierto que ese caos es muy rentable: aprovechan el escepticismo para acreditarse como críticos feroces, insobornables, y aprovechan también la credulidad para poner a circular cualquier versión, la que les gusta o la que les interesa que circule. Y es mucho más sencillo que hacer periodismo en serio.

El proceso de demolición es muy simple. A veces basta con una frase, leer la noticia, el boletín, y decir: ¿usted se lo cree? Es delicioso porque no hace falta ni justificar, ni siquiera enunciar una objeción concreta: ¿usted cree? Nadie quiere que lo tomen por tonto, nadie quiere pasar por ingenuo. Nadie se lo cree. El resultado es devastador para la vida pública.

Se me ocurre un ejemplo. Un locutor de radio, de ésos que tienen que llenar cuatro horas todos los días, se encuentra de pronto con que faltan diez minutos para la publicidad y no hay noticias, y se cayó la entrevista que tocaba: sólo le queda el boletín de prensa que anuncia la publicación del censo. Poco “noticioso”. Y bien, a llenar el tiempo y que no baje el rating: “Le informo que se acaban de publicar los resultados del censo, lo anuncia el INEGI, el censo, y dice, muy interesante, dice que, a ver, dice que en el distrito federal ha disminuido la población… Es muy raro esto, muy raro, vamos a checar el dato para usted, porque dice el censo que en el distrito federal ha disminuido la población cuatro por ciento… ¡Cuatro por ciento, imagínese usted! ¡No puede ser!… Le repito la información, según INEGI, en el distrito federal ha disminuido la población cuatro por ciento… Muy raro, vamos a checar el dato para usted porque es muy raro esto… No queremos pensar mal ¿verdad? No estamos acusando a nadie, pero sí decir que si es un error, pues que se corrija, porque no puede ser que hasta en el censo, ¡imagínese usted! Hasta en el censo estamos así…” Y ya está. Por supuesto, nadie “checa” nada, entran comerciales y a otra cosa. Pero está en marcha el proceso de demolición del censo.

Esa noche, en la tele, cuatro opinadores expertos (expertos en opinar, se entiende) barajan el tema con aire de entendidos. Ninguno sabe demografía, pero uno aprovecha para criticar al director de INEGI, otro elogia las técnicas censales de Gran Bretaña, hablan de localidades subrepresentadas y categorías y muestras, y alguno recuerda o inventa algún monstruoso error en un censo. A la mañana siguiente, un político en jubilación forzosa, urgido de reflectores, denuncia la manipulación del censo y pide juicio político al secretario de gobernación, dice que habría que investigar si no se contrató a una empresa de un cuñado del presidente. Dos o tres diputados se apresuran a decir que pedirán al congreso que se forme una comisión de investigación.

Los titulares, al día siguiente: “El escándalo del censo”, “El INEGI, bajo sospecha”. El director del INEGI sale a dar una explicación técnica que nadie entiende: habla de extrapolaciones, estructura de muestras, tendencias no lineales; preguntas incisivas y valientes: “¿En serio le podemos creer al censo? ¿A poco es lo único que sí funciona en este país?”. Y de nuevo hay titulares: “No convence director de INEGI”, “Dudas sobre la ‘explicación’ de INEGI”, “Se hacen bolas”. El locutor que lo inició todo está feliz, naturalmente: “Recordará usted que en este espacio fuimos los primeros en denunciar las irregularidades, en esto que ya es el escándalo del censo ¡Imagínese! ¡Hasta en el censo!…” Y se apunta para el premio nacional de periodismo.

A partir de entonces, lo que sobra son explicaciones del “error”: se trata de rasurar el padrón; es para ocultar los datos de una epidemia que acabará con media ciudad; quieren reducir el presupuesto de Iztapalapa; son los gringos; quieren distraer la atención para privatizar Pemex. Nadie es tan ingenuo como para creerse los datos del censo, cada quien repite con absoluta seguridad su teoría favorita: la epidemia, el padrón, los gringos, el cuñado del presidente. Imposible que nadie se refiera ya a la información del censo, de ahí en adelante, sin hacer aparatosas aclaraciones y salvedades.

Y a todo esto, ¿cuánta gente vive en el DF? Creo que como 18 millones, dicen que unos 21 millones, parece que alrededor de 12, yo creo que son 15, dijo un ingeniero en el radio que más de 25, dizque dice el censo que 8 millones, pero yo no creo… Así, más o menos.

 

La Razón, 19 de septiembre de 2009