El fastidio de la educación

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Viene el “día del maestro”. Como todos los años, el festejo tiene acompañamiento de protestas, marchas, plantones y golpizas ocasionales; pero habrá festejo: habrá un discurso animoso del Presidente y muchos aplausos. Es un ritual bastante insípido, con algo de humor negro. Lo curioso es que nos hemos acostumbrado a verlo como si tal cosa. Detrás del aparato de declaraciones, casi sin disimulo, lo que puede adivinarse es un forcejeo entre los maestros que quieren ganar más y el gobierno que quiere gastar menos, es decir: una insignificancia, que sólo les concierne a ellos. Los funcionarios saben que todo consiste en “aguantar la presión” durante un par de semanas de manifestaciones callejeras, los maestros saben que puede ganarse un aumento salarial irrisorio, pactado de antemano, que se anunciará como hecho histórico, sin precedentes. A eso se reduce todo.

En conjunto, el espectáculo muestra sobre todo la degradación del sistema educativo. Peor: dice que esa degradación no le importa verdaderamente a nadie. Hay quien se escandaliza todavía de ver a los maestros acampados en el centro de la capital o tratando de tomar por asalto algún edificio público; hay incluso quienes se asustan, en vista de los desmanes, de pensar que con ellos se educa la inmensa mayoría de los niños del país. En la práctica, nos hemos acostumbrado a la idea de que los maestros son una especie de lumpen-proletariado del aparato burocrático, que no tiene remedio. Los políticos se lo toman con calma porque conocen la situación: ellos mismos la han creado, a conciencia; por otra parte, el hundimiento del sistema educativo no significa ninguna “presión”, no afecta en absoluto a las encuestas de popularidad, y puede verse el naufragio incluso con una sonrisa. Es verdad: la educación pública es un fastidio, pero a nadie le quita el sueño.

Cualquiera que lo pensase con un poco de calma podría saber que todo lo que se quiera hacer, como solución económica o política, depende de la educación. La civilidad, el crecimiento, la gobernabilidad, la integración social, la productividad, todo depende de un sistema educativo coherente y riguroso. Y cualquiera sabe que para tenerlo haría falta gastar por lo menos el doble de lo que se gasta ahora y además gastarlo con inteligencia. Es algo tan obvio que resulta difícil de explicar. Incluso nuestros políticos pueden verlo, porque seguramente no son imbéciles: lo que pasa es que no les importa. Su desprecio por la educación es sólo una manifestación –una de las más ostensibles- de su desprecio por la sociedad; por alguna razón, abrigan la fantasía de que las escuelas privadas se han salvado de la catástrofe porque son un buen negocio, suponen que las empresas dedicadas a la formación profesional pueden sustituir a las universidades y por eso se hacen la ilusión de que sus hijos reciben una buena educación. No ven más allá.

En la práctica, lo único que les importa a los entusiastas gerentes que nos gobiernan es que la educación sea barata. En eso sí ha puesto el mayor empeño, con resultados muy apreciables. Por ejemplo, un profesor universitario es diez veces más barato que un Director General; por ejemplo, según lo que se gasta por estudiante, la educación en México es tan barata como la del África subsahariana, mucho más barata que la del Este de Asia, diez veces más barata que la de los países de la OECD. Por eso los veremos a todos tan sonrientes y satisfechos en el festejo del “día del maestro”, cuando se anuncie algún nuevo récord de algo, cifras multimillonarias de estudiantes y horas de clase; lo que cuenta es que nuestra educación es una de las más baratas del mundo. Todo un éxito. Tiene razón para reírse como se ríe el Secretario de Educación, señor Reyes Tamez; sobre todo si piensa en las cantidades absurdas que derrochan Francia, Alemania o Estados Unidos en su sistema de educación pública, como si tuviera alguna importancia; en México, como en Congo, Angola y Ruanda, sabemos que puede gastarse muchísimo menos y que no pasa nada.

Hay el fastidio de los maestros que protestan, desde luego, pero sólo hace falta “aguantar la presión” y esperar a que se aburran: ya estamos acostumbrados.

13 de mayo de 2003