Rafael Segovia. El gran teatro de la política

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Rafael Segovia, El gran teatro de la política, México: Cal y Arena, 2001.

Pocas cosas habrá tan caducas, de vida tan efímera como un artículo de periódico; en general, tienen un interés tan limitado que uno se olvida de ellos inmediatamente después de haberlos leído, y a veces antes de leerlos. Por su naturaleza, están asociados a un acontecimiento próximo, se refieren a eso que se llama la actualidad y es lógico; lo malo es que suelen quedarse en eso, enredados en lo más nimio del presente, como simple apostilla. Son urgentísimos hoy y mañana estarán completamente fuera de lugar, si no son incomprensibles. Aparte de eso, está el problema del estilo; buena parte de los artículos de opinión que hoy se escriben, entre nosotros, tienden a ser sectarios, alicortos y miopes, como arrebatos de orador pueblerino, otros hay, en cambio, sabihondos, pontificios e igualmente miopes. Por muy buenas razones, los autores mismos prefieren que se olvide cuanto antes lo que escribieron la semana anterior.

Por supuesto, hay algunas, notables excepciones; hay artículos que perduran y que hace falta leer otra vez y otras veces, mucho después. Los artículos de Ortega, los de Alain, los de Rafael Segovia. Son textos, eso tienen en común, capaces de poner el presente más inmediato bajo otra luz, que lo hace sorprendente y digno de atención; son textos que se apoyan sobre los acontecimientos para revelar algo más, de mucha mayor hondura, sobre la naturaleza de la política, sobre la historia, sobre el confuso orden de las cosas humanas. Por su inteligencia, son duraderos como interpretación, pero también perduran porque saben usar el presente como materia prima de esa otra reflexión.

Escojo un texto al azar, sólo como ejemplo. Se refiere a un episodio de la crisis universitaria de 1999. Bajo la mirada de Segovia, habla de las inclinaciones de la izquierda mexicana, de su ambigua relación con la moral de la gente común, habla de los fáciles entusiasmos de la retórica incendiaria y de sus límites, muestra algunos de los rasgos más esperpénticos de nuestras elites.

Ahora bien: esa otra hondura de la que hablo no significa que los artículos sean la condensación de un tratado, no es un sistema conceptual administrado en dosis homeopáticas; es propiamente periodismo, es decir: un modo de reflexionar al hilo de lo que va sucediendo, algo mucho más cercano al diálogo que a la cátedra, una meditación a la que nada es ajeno, que se condensa en anécdotas o aforismos, pero que sobre todo explora, investiga, curiosea por los más discretos rincones de la actualidad.

Cuando se hace el elogio de un trabajo periodístico, entre nosotros, lo más frecuente es que se hable mucho de la valentía de quien escribe, también de la firmeza inquebrantable de sus convicciones, como si no hubiese mayor mérito que la cabezonería; y lo más frecuente es que se haga así para disimular el hecho de que no hay, en los escritos, ni imaginación ni ideas ni otra cosa digna de ser recordada. En la obra de Rafael Segovia hay, desde luego, valor e integridad: los que hacen falta para ir a contracorriente; pero además hay ideas, experiencia, sabiduría e imaginación. Hay lo que falta en todos los héroes del momento.

Entre todas, me gusta señalar una virtud muy particular de los ensayos de Segovia: su escritura. Me gusta y me importa mencionarlo porque quienes queremos aprender a escribir en castellano tenemos hoy poquísimos maestros (dos de ellos, por cierto, de apellido Segovia); y sucede sobre todo que quienes escriben sobre política, y sobre historia y economía y cualquier ciencia social, lo hacen con un descuido casi deliberado, como si escribir con una sintaxis decorosa implicara falta de seriedad o de rigor o incluso de valor civil. La urgencia y la solidísima calidad técnica de lo que se dice requiere que se omitan las preposiciones, que el vocabulario se reduzca casi hasta el gruñido y que el conjunto parezca una traducción precipitada del inglés.

La escritura de Segovia es, para empezar, de una claridad excepcional, es una escritura transparente, ágil, divertida, irónica y sabia, capaz de utilizar todos los recursos expresivos del idioma, sin amaneramientos y sin adornos. El suyo es el castellano exigente, limpio, de Antonio Machado, con la subterránea ironía de Azaña y la sensibilidad para el esperpento propia de Valle Inclán. Eso significa que tenemos, en cada página de Segovia, aparte de todo lo demás y antes que otra cosa, una lección de escritura; y significa que en este volumen tenemos un monumento literario de rara belleza, imposible de encontrar en ningún otro comentario político.

Pero esa escritura no importa sólo por su valor estético. El lenguaje sirve para expresar la realidad (al menos, se suponía que el lenguaje servía para expresar la realidad); la riqueza y complejidad del lenguaje sirven para expresar una realidad más compleja. Es decir: lo que más hay que lamentar de la lamentable pobreza del castellano que es hoy habitual es que empobrece parejamente lo que podemos ver y saber de la realidad, reduciéndolo todo a cuatro términos borrosos, ambiguos, que significan cualquier cosa. Por esa misma razón es importante la calidad de la prosa de Rafael Segovia, porque nos descubre una realidad extraordinariamente rica y compleja, cargada de ecos y resonancias, llena de matices; es otra realidad la que nos deja ver, de horizontes mucho más amplios y detalles apasionantes, la realidad recuperada por la sabiduría del lenguaje: un mundo nuevo y viejísimo, que a la vez invita al reconocimiento y a la sorpresa.

Lo que descubre la escritura de Segovia, mirando a la política mexicana de los últimos tres años, es una realidad dramática y risible, propiamente patética, como una desangelada carpa de feria donde unos no llegan a creerse siquiera el papel que les ha tocado representar y otros se asombran de ver sus propios trucos; es un mundo alucinado, de fantasías que se caen a pedazos, de falsos héroes y villanos no menos falsos, de emociones impostadas para disimular tragedias e intereses muy reales. Desde luego, no es un libro optimista, pero tampoco una elegía; a ratos da la impresión, eso sí, de estar leyendo un capítulo más del Ruedo Ibérico.

Segovia mira el ruidoso entusiasmo de nuestra renqueante “transición democrática” sin dejarse arrebatar, sin esa euforia confusa y confundida, voluntarista, gritona y desmemoriada, que ha sido moneda de uso corriente en el periodismo político desde hace tiempo. Mira las cosas con un apasionado distanciamiento, sumando las virtudes del político y el científico en una mezcla singular. Habrá muchas otras recopilaciones y se escribirán muchas historias de estos años: para comprenderlos será indispensable, siempre, volver a leer a Rafael Segovia.

Hay algo más. Leyendo a Segovia también se aprende a pensar; se aprende de sus lecturas, de su capacidad para la analogía y el razonamiento histórico, pero sobre todo se aprende de esa mirada atenta, rigurosísima y compasiva, de ánimo ilustrado y verdaderamente liberal, la mirada de quien no abdica nunca de su razón y que entiende además las extrañas, consoladoras virtudes del humor. Ciertamente, es imposible seguir a Segovia en la erudición, es imposible adquirir su dominio del castellano, su sabiduría política, pero no sólo se aprende leyéndolo, sino que se disfruta y se agradece la generosa calidez de cada lección.

Hablo ahora como lector, como estudiante, como aficionado a la literatura, y sólo sé decir que me emociona que se publique otro libro que contiene algo de lo que es Rafael Segovia; de quien en la política, en el estudio, en la escritura y sobre todo en el imposible oficio de vivir ha sido y es, desde hace veinte años, mi querido maestro Rafael Segovia.

 

 

Fernando Escalante Gonzalbo