El misterio de la electricidad

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Sigo sin entender la urgencia que hay de privatizar la producción de energía eléctrica. Según parece, están los inversionistas de todas partes pendientes de ello y sólo esperan la apertura para inundar el país con una absurda cantidad de millones de dólares, que no han llegado en los últimos años sólo por la necedad nacionalista. En buena lógica, eso significa que puede ser un gran negocio. Imagino, además, que por eso se lo piden al Presidente, en todos los tonos, cada vez que sale de viaje. Lo que no se entiende es que la CFE sea la única empresa del mundo incapaz de aprovechar semejante oportunidad.

Nos dicen que el gobierno no tiene dinero suficiente para gastar en generación de electricidad en los próximos años, como si se tratara de un dinero para hacer regalos o para tirarse a la basura: pero se supone que es un negocio. El gobierno no es “don Rico”, como dice el Presidente, y no puede desperdiciar recursos. De acuerdo. Tampoco ninguna empresa privada va a regalar nada. Cuando se invierte, en energía como en cualquier otra cosa, es con la mira de recuperar la inversión lo antes posible y con la mayor ganancia posible; si el negocio es bueno, vale la pena incluso pedir prestado lo que haga falta para empezar. Así razonan todas las compañías del mundo, excepto la CFE. Insisto: no se entiende.

Nos dicen también que las empresas extranjeras son mucho más eficientes y productivas. Seguramente es cierto. En todo caso, no resulta difícil de creer. Me parece una muy buena razón para revisar la reglamentación de la CFE y corregir todos los defectos que debe haber en su funcionamiento. Sin duda es mucho lo que puede mejorarse, sobre todo si se tiene presente lo que hacen esas otras empresas que conocen bien su negocio, que saben hacerlo rentable. Acaso sería necesario modificar los contratos colectivos, el régimen fiscal, la política de precios y tarifas, las reglas de inversión. Bien. No será sencillo, pero dada la gravedad del caso valdría la pena hacer un esfuerzo. Por lo visto, es un problema de seguridad nacional, porque estamos en riesgo de quedarnos sin energía: no debería haber muchos obstáculos para llegar a un acuerdo general sobre esa reforma. Dejarla por imposible, sin siquiera hacer el intento, es algo que no se entiende. Mucho menos si se trata de poner a la CFE a competir, así de maltrecha como nos dicen que está, porque es condenarla de antemano.

Aparte de los argumentos especiosos, más o menos espectaculares, catastrofistas, están las razones de elevada economía a favor de la empresa privada, a favor de la competencia y la internacionalización. Con la experiencia que tenemos, eso ya no hay manera de entenderlo en absoluto. Si no es puro cinismo, es de una ingenuidad alarmante. Lo que dice la teoría es que la competencia es siempre mejor que el monopolio, que más vale fiarse del honrado ánimo de lucro y no de ninguna declaración de amor al prójimo o de la defensa del interés público.

Lo que dice la teoría es que el mercado es el mecanismo más eficiente para asignar recursos, que las empresas se controlan entre sí y los consumidores vigilan la calidad y el precio y que, lógicamente, cuanto más amplio sea el mercado, hasta hacerse mundial, tanto mejor. No es verdad. Para que el mercado funcione medianamente bien hace falta una legislación adecuada y un sistema eficaz de procuración de justicia, hace falta un Estado con autoridad y recursos suficientes para poner orden. De otro modo, como sabemos, lo que hay es simple piratería. En este caso, resulta que el Estado mexicano ni siquiera puede reglamentar la operación de la CFE para hacerla más productiva y eficiente, por no poder no puede ni cobrar impuestos y los grandes negocios de la privatización de carreteras o bancos se le convierten al final en deudas catastróficas. No se entiende que haya quienes piensen que es capaz de regular el mercado energético y evitar que se desmanden las compañías internacionales.

En cuanto a las ventajas del mercado global, debería bastar para matizarlas el ejemplo argentino, nuestro propio sistema bancario o el feroz proteccionismo de los Estados Unidos. Puesto a conjeturar, imagino que nuestras elites prefieren no pensar en ello, les gusta la idea de que las fronteras no importan porque pueden hacerse la ilusión de que no viven en México; no se entiende de los políticos, que tendrán que pedirnos el voto dentro de tres años, dentro de seis y nueve y doce años: deben estar completamente seguros de que no habrá escándalos con las compañías eléctricas, ni errores ni descuidos ni consecuencias perversas. Será cosa de verlo.

La Crónica de hoy, 21 de octubre de 2003