El nuevo Estado

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Estoy convencido de que nunca sabremos lo que hay de fondo en los misteriosos y violentos escándalos de la semana pasada. Pero basta con la superficie. Sin duda, habrá todavía alguna agitación, declaraciones de prensa cada vez más discretas, ataques más bien tímidos y defensas oblicuas; habrá durante la campaña alusiones de calculada vaguedad, de ésas que insinúan casi todo y no dicen nada. Al final, dos o tres procesos judiciales lentos y confusos, para que no los entiendan ni los jueces, y un par de sentencias menores. Insisto: basta con lo que puede verse en la superficie para barrer con lo que quedara del entusiasmo democrático.

La conclusión que se alcanza a cualquiera es muy simple y es desoladora: están desde hace una década todos –todos- metidos en el mismo embrollo financiero, haciendo negocios al amparo del Estado, con una voracidad y una desvergüenza que dejan sin aliento. Si fuese cierta la mitad de las acusaciones que se han hecho habría razones para procesar al Presidente, al ex-Presidente, a varios miembros de sus gabinetes y a una surtida colección de empresarios y políticos. Pero no habrá nada de eso. Con algo de suerte, dentro de unos meses será difícil recordar el nombre del señor Fernández y sólo algún despistado se preguntará por Lino Korrodi.

Es asombrosa la manera de iniciarse todo el escándalo, con el soporte de Televisa. Más asombrosa la manera de reaccionar de unos y otros: al señor Fernández se le acusa, de inmediato, de revelar datos protegidos por el secreto bancario, en lugar de acusarlo de difamación; los voceros del PAN dicen que ya antes se había tratado de extorsionarlos, pero no explican con qué motivo ni dicen que faltasen razones, mientras los del PRI exigen que se inicie una investigación contra el ex-Presidente Zedillo. Lo que se dice y lo que no se dice, lo que se deja entrever en los intentos de ocultar algo, todo contribuye a dar la misma impresión: están atrapados –priístas, panistas, empresarios, banqueros- en una red de complicidades, amenazas y extorsiones recíprocas desde hace años.

No vamos a saber nunca el fondo de todo ello. Podemos imaginar que hubo toda clase de irregularidades en el financiamiento de las campañas del 2000. Podemos imaginar que los banqueros y los empresarios que cuentan hicieron negocios ilegales aprovechando el Fobaproa y que la operación se redondeó con la venta de los bancos. Podemos imaginar que el aparato del Estado –incluidos jueces, diputados y procuradores- se usó para facilitar los negocios, para disimularlos y para impedir que se supiera nada inconveniente; hace seis años y hace dos y ayer mismo. Será cosa de una imaginación enfebrecida y de inclinación calumniosa, porque saberse no se sabe nada.

La retórica del cambio en los últimos tiempos, como la anterior, con el estribillo de la modernización, tenían como fundamento la idea de un nuevo Estado: más eficaz y más ágil, transparente, de vocación y temperamento empresarial, un Estado capaz de renovar a la sociedad. De eso se trataba. Había que imponer nuevos hábitos, nuevas y modernísimas virtudes a una sociedad atrasada, recalcitrante e incivil, que se aferraba medrosamente a las prácticas tradicionales del priísmo. Al cabo de dos décadas, la renovación ha sido casi completa y el resultado, si no está a la vista, se deja adivinar en el escándalo de la semana pasada: tenemos una caricatura de Estado, una imitación irrisoria de algún modelo de empresa a la que seguimos llamando Estado casi por inercia y que sobre todo sirve de soporte y protección para toda clase de negocios impublicables.

Todo se arreglará. Por ahora no pasará del susto: pero algo queda. El desencanto, la desesperanza, la irritación, el desprecio hacia una elite política y económica sin responsabilidad y sin sentido de Estado, absolutamente falta de civilidad y de decencia; que no perdona siquiera la burla y sigue en el empeño de darnos clases de moral: para la vida pública, la moral avarienta de la última modernidad; para la vida privada, otra moral que sobre ser ridícula es fea, católica y sentimental.

 

La Crónica de hoy, 4 de marzo de 2003