El optimismo de la fuerza

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En general, la fuerza inspira optimismo. Hay la convicción de que, con suficiente poder, es posible cambiarlo casi todo. Ciertamente, la historia tendría que habernos enseñado que no se puede, que el optimismo de la fuerza suele ser infundado y de consecuencias a veces catastróficas; no obstante, sigue pesando más, contra la experiencia, la ilusión del progreso. Cada generación se siente en condiciones de corregir lo pasado y hacer las cosas bien de una vez; contribuye a eso, sobre todo, el desarrollo de la tecnología, las ciencias todas, también las deslumbrantes ciencias empresariales, la publicidad y la televisión. Con todo ese poder a mano, el mundo parece tan fácil de manejar que a cualquiera se le antoja.

Por supuesto, pienso en la lenta y tropezada invasión de Irak, pero pienso también en la euforia de muchos de los democratizadores, aquí y en otras partes, pienso en el enérgico entusiasmo de los nuevos gerentes puestos a reformar el Estado, la economía, el mercado laboral o lo que se tercie. Es la misma, engolosinada y alegre arrogancia infantil que viene a dar en este desconcierto, igual en todas partes.

Sin discutir si sus intenciones son malas o peores, el gobierno de Estados Unidos se ha propuesto derrocar a Sadam Hussein y poner en su lugar un gobierno democrático, confiable y amistoso. Así de simple. Con su lujosa colección de bombas, misiles, cohetes, helicópteros y blindados, la guerra es casi un trámite; instalar un gobierno democrático es también sencillísimo: una vez echado a andar, con sus elecciones y su economía normal, bien integrada al mundo, está todo hecho. Cierto: saben que necesitarán tener allí a un procónsul durante un par de años, pero es todo. El panorama es para inspirar optimismo a cualquiera. De una vez podrá haber en la región la tranquilidad que ha faltado en los últimos cincuenta años.

Lo malo es el lodazal del desierto, cuando llueve, lo malo son las tormentas de arena, lo malo es que cualquier coche destartalado puede llevar una bomba y no es posible ocupar las ciudades, lo malo es que no puede distinguirse, en una multitud, entre los que quieren besar a los invasores y los que quieren asesinarlos. Con furiosa candidez, los generales estadounidenses anuncian que el ejército de Irak recurre a “tácticas desesperadas” porque sabe que la guerra está perdida. Tienen toda la razón. Sólo sorprende que no lo hubieran pensado antes. Para los árabes no es una novedad una guerra de invasión; está en la memoria de todos en Egipto, Jordania, Siria, Líbano o Irak. No es novedad la derrota ni la ocupación, tampoco lo son las “tácticas desesperadas”. De hecho, aunque la escala sea otra, lo de hoy recuerda en mucho a la invasión de Líbano, hace veinte años; el gobierno de Israel se propuso casi lo mismo: quitar un santuario al terrorismo y poner en Beirut un gobierno amigo, que se hiciese cargo de ahí en adelante. Así de simple. Así de imposible.

Las ilusiones que alienta la tecnología pueden ser más o menos exageradas, pero nada que se compare con las extravagancias de la “ingeniería social”. Sobre todo porque sobreviven a cualquier fracaso. Hay para imaginarse –por hablar de lo más obvio- los lodazales que se encontrará en la práctica, en Irak, la sencilla idea de un gobierno democrático. Más todavía: no hace falta ni imaginación. Basta con ver lo que sucede aquí mismo, sin que haya habido bombardeos, sin movimientos separatistas ni conflictos religiosos. Había la convicción, hace apenas un par de años, de que el pasado era sólo una tortuosa pesadilla de confusos fraudes, ineptitudes y desvergüenzas y bastaba un manotazo para borrarlo, imponer de una vez la democracia y avanzar hacia el futuro, con una gestión eficaz, transparente, alegre. Lo malo es que a veces llueve, que hay tormentas de arena.

Sin duda, como en México, en Irak es posible destruir el armazón aparatoso y corrupto del viejo Estado (de eso que había, en lugar de un Estado); lo que queda después, en el futuro luminoso, es la inercia y el apremio de una sociedad desamparada, atemorizada, queda lo más antiguo y obvio: una disputa agraria, por ejemplo, donde nadie cede ni hay autoridad que valga, donde se mezclan campesinos, narcotraficantes, madereros, funcionarios. Como tantas, la pequeña y trágica guerra de Bernalejo, por ejemplo.

 

La Crónica de hoy, 1 de abril de 2003