En casa de Trotski

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La casa de Trotski en Coyoacán es un monumento extraño, que impone respeto. No tiene la solemnidad unilateral y casi forzosa de un mausoleo, pero tampoco es sencillamente una exposición de curiosidades. Hay en ella toda la complicada política de los años treinta, la trágica esperanza de la revolución mundial en esos cuartos repletos de periódicos con noticias urgentes, en cuatro idiomas, la sombra de Stalin en las ventanas tapiadas a media altura, en las puertas blindadas, hay la desmesura de la historia de un siglo desmesurado y el orden modesto, reconocible, de una vida casi rutinaria. Hay también en la casa de Trotski una idea de México que resulta emocionante.

No imagino que la casa tenga hoy muchos visitantes. Algunos turistas, curiosos con tiempo de sobra. No sé si esa casa, ese nombre, ese clima les diga algo a los jóvenes de hoy, que nacieron cuando desaparecía la Unión Soviética: que no tienen ni idea del frío de la guerra fría y no sabrían reconocer las notas de La Internacional. Seguramente no les dice nada. Tampoco la imagen de nuestro país que se manifiesta en ese modesto refugio de Coyoacán. Eso hemos perdido.

Entre las pocas cosas que se exhiben formalmente, en la única vitrina, hay una carta de Natalia Sedova, la viuda de Trotski, dirigida al presidente Lázaro Cárdenas. Le escribe después del asesinato, para agradecerle todo lo que el gobierno mexicano hizo por ellos. Cuando estábamos en Noruega, dice, cuando Trotski estaba amenazado de muerte y ningún país del mundo se atrevía a darle asilo, apareció el legendario México; por eso, en su nombre y en el de miles de personas que todavía creen en un mundo mejor, Natalia Sedova agradece a México, en la persona de Cárdenas, por haberle regalado a León Trotski cuarenta y tres meses de vida.

Lo que resulta más conmovedor en el texto es que Natalia Sedova llevase así la cuenta: un tiempo mínimo, el de un condenado a muerte, que se alarga al contarlo en meses. Cuarenta y tres meses. En esa insignificancia está cifrada la dignidad de la política exterior mexicana, la de entonces; no era mucho lo que se podía hacer, pero sí brindar asilo a un hombre perseguido, ofrecerle abrigo durante unos pocos años. Eso sí. Lo que no quiso hacer ninguna de las potencias europeas, que poseían la mitad del mundo. Ese mismo gobierno, con esa magnanimidad, en la persona de don Luis I. Rodríguez, amparó al presidente Azaña en los últimos días de su vida, cuando Franco exigía su extradición: en la Francia ocupada por Alemania, donde no había refugio posible. La bandera de México fue para él ese refugio, para morir libre, en paz.

Son sólo gestos, ya lo sé, bien poco y poco práctico. No obstante, tengo la impresión de que en esos gestos de pura dignidad hay una lección de civismo inapreciable, que importa más para la vida democrática de este país que una exitosa negociación sobre la exportación de aguacates o un discurso muy aplaudido en Bruselas, en una reunión de jefes de estado. No es algo que se enseñe en las escuelas: valdría la pena. Si sirven de alimento para el patriotismo, es un patriotismo que no me parece ni mezquino ni ridículo: uno puede sentirse orgulloso, con razón, de un país que es capaz de eso.

Inexplicablemente, al presidente Fox le gusta presumir de su política exterior. Dice que con su gobierno ha alcanzado México, finalmente, el lugar que le corresponde en el mundo, que es ahora reconocido por todos. Es posible. Hoy corresponde una política con sentido práctico, flexible hasta la vulgaridad, audaz. México resulta ser un país de tercer orden, apéndice de los Estados Unidos, que ni siquiera en la OEA puede mantener una postura consistente, un país de política exterior vacilante, caprichosa y con frecuencia despreciable. El gran gesto, que pinta de cuerpo entero a nuestro Metternich, es la instrucción que se dio para que el representante de México en la OEA no se levantase para aplaudir al nuevo secretario general, José Miguel Insulza. Heroico y dignísimo.

En las declaraciones, cuando se trata de explicar algo, es todavía peor. La semana pasada, sin ir más lejos, no le faltó nada al presidente para culpar a los ingleses por los atentados de Londres: puesto en castellano, dijo que ellos se lo buscaron, por meterse en la guerra de Irak. Por una vez estuvo de acuerdo con él López Obrador: aquí no va a haber atentados terroristas, dijo, porque no hemos hecho la guerra a nadie. A eso ha quedado reducida la política exterior del país.

Prefiero no pensar lo que hubiesen hecho Fox y López cuando Trotski buscaba asilo, durante el feroz apogeo del estalinismo. Prefiero no pensar lo que hubiesen hecho cuando el gobierno de Franco exigía gente para descargar en ella su venganza y todos preferían contemporizar, ahorrarse problemas. Bien: lo pienso, y me avergüenzo de este país.

¿Qué decir de su idea del terrorismo? Los dos, con el mismo, astuto pragmatismo pueblerino, admiten con toda naturalidad las justificaciones de los asesinos: los pakistaníes, egipcios, ingleses, que usan como pretexto hoy la guerra de Irak, lo mismo que usaron como pretexto la causa palestina para destruir el World Trade Center de Nueva York. Y se apresuran a decirles que están de su lado, sin descuidar el guiño a los Estados Unidos, por si acaso puede haber un acuerdo migratorio. Tienen como soporte en la opinión, es curioso, la repugnante retórica de La Jornada, que se especializa en la apología más o menos oblicua de la violencia: casi cualquiera, casi por lo que sea. Podría haber sido el portavoz de la presidencia o el del gobierno del Distrito Federal, fue el editorial de La Jornada del 8 de julio el que explicó que con los atentados “la guerra llegó a Londres”, lo mismo que había llegado a Madrid el once de marzo del año pasado para “hacer entender” a los españoles y llevarles a rectificar su política exterior. Es por lo visto la pedagogía en que se educaron nuestros jefes de hoy.

Vale la pena una apostilla. La Jornada se quejaba, en ese mismo editorial, del etnocentrismo de los medios de comunicación que sólo se escandalizan con los atentados en países Occidentales. Al día siguiente hubo un atentado, otro más, en Bagdad, que dejó más de cincuenta muertos: todos iraquíes, al parecer shiítas; la masacre fue reivindicada por el grupo de Muqtada al-Sadr, de complicada afinidad con los asesinos de Londres. El periódico no supo extraer de eso ninguna moraleja, no le inspiró ningún comentario editorial. Supongo que no sería por etnocentrismo, ni porque los shiítas sean culpables de querer un régimen democrático. Sería para no confundir a los fieles. Hay muertos que pueden quedar como parte del paisaje, sin que se note mucho.

En la última página de sus memorias, escritas todavía en Turquía, después de recibir el rechazo de Alemania, Francia, Inglaterra, que no querían problemas con la Unión Soviética de Stalin, Trotski –siempre intelectual, cuidadoso de sus fuentes, de sus referencias- citaba un párrafo de Proudhon: “¿Cómo puede usted pretender que me lamente de mi suerte, que me queje de los hombres y los maldiga? ¿La suerte? Me río de ella. Y en cuanto a los hombres, son demasiado necios y están demasiado envilecidos para que yo pueda reprocharles nada.” Poco después recibiría noticias del “legendario México”, como para hacerle cambiar de opinión. Hoy de México no podría esperar ni siquiera una frase amable: nuestros líderes son todos modernos, calculadores ejemplares, racionales, negociadores audaces y sin complejos, que quieren nadar y guardar la ropa, que no se andan con ridiculeces. Nuestros hijos tendrán que aprender a sentirse orgullosos porque en este país hay un puente grandotote en el periférico de la ciudad de México, porque hay mucha gente con changarros y, si el futuro lo permite, hasta un “tren bala” para viajar a Texas o California.

Para un futuro remoto, en la casa de Trotski, en Coyoacán, está el museo de la política exterior mexicana. De cuando podía exhibirse, sin inspirar vergüenza.

 

La Crónica de hoy, 20 de julio de 2005