En defensa del gato Silvestre

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La perfección de una obra de arte, en cualquier género, está en expresar algo que sólo en ese género puede expresarse: que requiere precisamente de los recursos de ese género, y no puede ser dicho de otro modo. Una novela que pueda trasladarse al cine sin pérdida significativa es una mala novela, aunque sirva para hacer una buena película; una pintura que de todo a todo parezca una fotografía puede tener cierto mérito técnico, no más, lo mismo que un poema que pudiera escribirse en prosa. En cualquier caso, se trata de pintar, contar o cantar, descubrir aquello que sólo en esa forma encuentra su expresión justa.

Todo esto para decir que las caricaturas, las viejas caricaturas de Looney Toons eran perfectas. Ocurrían en ellas cosas disparatadas y maravillosas, que sólo pueden ocurrir en una caricatura: que no pueden contarse ni simularse con efectos especiales. Era un humor visual y absolutamente caricaturesco, de tramas repetidas y previsibles, fascinantes. En aquellas caricaturas sucedía que le cayese un yunque en la cabeza al gato Silvestre, y lo dejara convertido en acordeón; sucedía que al pato Lucas le estallase en las manos un cartucho de dinamita (marca ACME) y le volviese el pico del revés; que el gallo Claudio se quitara las plumas con una cremallera. Maravilloso, imposible: de caricatura.

Se dice poco, porque no es serio, pero es indudable que Porky, Bugs Bunny y el Coyote tienen una importancia considerable para el repertorio cultural y moral de varias generaciones. Hay político entre los nuestros, por ejemplo, que escoge sus insultos del léxico de Elmer Gruñón, y a algún secretario de Estado se le ve, como al Coyote, recibiendo cada semana un plan infalible marca ACME para atrapar correcaminos.

Bromas aparte, esas viejas caricaturas han sido importantes y, por su perfección, memorables. Lo pienso ahora porque, según lo que parece, en un arranque de moralismo irrefrenable han decidido en los Estados Unidos privar a las futuras generaciones de una buena parte de ellas. Literalmente, aunque sea difícil de creer, se están cortando y suprimiendo algunas escenas que ciertas almas hipocondriacas consideran demasiado violentas; ya se sabe: las del yunque, las explosiones, esos golpes imposibles que transformaban al otro en una oblea.

No me he puesto a pensar cuál pueda ser el resultado de los tijeretazos. Algo menos caricaturesco, supongo, desequilibrado (porque su universo moral necesita los yunques) y un poco triste. Un mundo más parecido a éste, donde los golpes duelen, donde la gente se muere.

El argumento de los censores es de una ingenuidad conmovedora: los niños, que son quienes ven las caricaturas, están llegando armados a la escuela, donde provocan masacres espantosas, sin propósito. De lo cual se infiere que deben ver cosas horribles en las caricaturas y por eso. Hay para imaginarse a un Billy Bones, quinto de primaria, en Nebraska, con el alma corrompida después de ver a Elmer tratando de cazar al pato Lucas, que inocentemente busca el fusil M-1 de su papá antes de ir a clase. Podría ser así, desde luego: el alma humana es muy tortuosa e incomprensible. Pero uno piensa que podría hacerse algo más práctico, material y prosaico, como controlar la venta de armas.

La censura es siempre estúpida, cobardona, falta de imaginación; seguramente no es por casualidad que al mal lo deja intacto, pero se ensaña con la belleza. Ya se sabe, pero hay que decirlo: este mundo es un poco menos feo gracias a los hermosos insultos de Quevedo, los febriles desnudos de Otto Dix y Egon Schiele, un puñado de versos -adoloridos, feroces- de Philip Larkin, los yunques del gato Silvestre. No viene de ahí la violencia.

México, D. F.  1998