En el país de las maravillas

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Por lo visto, hubo quienes se sorprendieron con el resultado de la elección, sobre todo entre los partidarios del “cambio” dentro y fuera del gobierno. No obstante, después del desconcierto de los primeros días, han encontrado una explicación tranquilizadora: según parece, quienes votaron por el PRI en realidad no querían votar por el PRI sino que fueron víctimas de las prácticas fraudulentas del pasado, son votos que no cuentan; por otro lado, quienes no fueron a votar en realidad son partidarios del “cambio” y quieren mucho más de lo mismo. De modo que, haciendo bien las cuentas, resulta que el país está masivamente de acuerdo con el gobierno o lo estará después de un curso de civismo.

Es una interpretación muy útil. Entre otras cosas, permite recuperar el entusiasmo de hace años: la política sigue siendo una lucha por la Democracia contra el único enemigo que es el PRI. Sirven las mismas explicaciones y las mismas consignas de siempre con sólo un aditamento –de serena madurez porfiriana- que consiste en subrayar la parte de culpa que lleva una sociedad incivil y retrógrada, lastrada todavía por los atavismos de la antigua cultura política. Es decir: nadie se ha equivocado ni se está haciendo nada mal, no hay otro defecto en el gobierno ni en su partido sino que son demasiado civilizados, modernos y democráticos. De momento, eso significa que se puede festejar la victoria moral; pero a continuación hace falta imaginar el modo de hacer triunfar a la Democracia contra un electorado así. Puestos a buscar soluciones, hay quienes han dado en la idea de cambiar las reglas para que cambien los resultados. No está mal. Lo asombroso es que se les ocurra, como cosa más urgente, proponer la reelección.

Desde el gobierno se ha explicado con un pragmatismo desarmante: el propósito es romper con la “disciplina partidaria” para “construir mayorías de manera más fácil”. Dicho con otras palabras, se trata de allanar el camino para que los diputados y senadores se hagan una carrera personal en su distrito, al margen de los partidos, de modo que puedan negociar libremente su voto en cada ocasión. Así podría el gobierno “construir mayorías” sin los estorbos actuales. Ya no habría la necesidad del aparatoso diálogo entre partidos, con todos sus escollos ideológicos, sino que podrían comprarse los votos al menudeo, como se hace en los Estados Unidos.

La justificación a la que se recurre es impecable y casi diamantina, de una pureza conmovedora. En un orden verdaderamente democrático la ciudadanía tiene pleno derecho para decidir sobre sus representantes: prohibir la reelección es restringir ese derecho, es un atentado contra la soberanía popular. Más todavía: en la verdadera democracia el electorado puede premiar y castigar directamente porque decide si quiere que sus representantes continúen en el puesto; eso obliga a los diputados a estar muy atentos a lo que quiere la gente en su distrito. En resumidas cuentas, la posibilidad de la reelección es el recurso fundamental para hacer efectivo el poder de los ciudadanos.

Insisto: es un argumento limpio y hermoso, de los que resultan irresistibles para nuestras elites culturales porque les permiten olvidarse de la historia y de la penosa realidad de este país. Todo son principios universales, reglas abstractas, inferencias lógicas que deben usarse para ahuyentar fantasmas e instalarnos de una vez en la modernidad más desinhibida y cosmopolita, sin complejos. Puede hacerse, sin duda. Sólo hay un inconveniente: esas leyes pensadas en el país de las maravillas tendrían que aplicarse en México.

Entre nosotros –puede saberlo casi cualquiera- la “no reelección” ha sido un recurso indispensable para evitar las formas más crasas de caciquismo, para controlar en algo la fragmentación política, para consolidar a los partidos como forma de integración, para favorecer la movilidad y la ampliación de la clase política. No porque los electores sean “menores de edad”, inmaduros o irracionales, sino precisamente porque son sensatos y miran con mucha atención a sus intereses. La “no reelección” es un principio de estructuración política pensado para una democracia mexicana: no, desde luego, para la “verdadera democracia”.

Se entiende que un partido como el PAN quiera evitarse la tarea de buscar candidatos para cada elección; se entiende que un gobierno de inclinación plebiscitaria quiera arrinconar a los partidos para “construir mayorías de manera más fácil”. Todo lo cual puede razonarse con la gracia aérea de los principios democráticos. No estaría de más, sin embargo, una mínima concesión a la realidad: que se mirasen, por ejemplo, los resultados de la elección en los distritos uninominales –los del PRI, los del PRD o los de Convergencia, digamos- para tener una imagen más realista de ese moderno mercadeo de votos que habría en el Congreso.

 

La Crónica de hoy, 22 de julio de 2003