Enemigos

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Es de esperarse que el PRI encuentre más o menos pronto una solución para su crisis interna. Será una mala solución, provisional, de medias tintas; por otra parte, el daño está hecho: es probable que el espectáculo de estas tres semanas de forcejeos, de recelos, acusaciones y amenazas le cueste al partido la elección del año que viene. Ha sido algo patético y sombrío, como el duelo a garrotazos de Goya. Ninguno entre los que mandan ha mostrado ni tolerancia ni mesura ni capacidad política, ni siquiera sentido común. La desconfianza que se tienen entre sí es vergonzosa. El miedo con que se miran unos a otros es para asustar a cualquiera, porque seguramente está justificado y responde a muy buenas razones. Si se piensa un poco, no se ve cómo podrían después pedir la confianza de nadie.

Las divisiones no son nuevas en el PRI ni en ningún otro partido. Rara vez son catastróficas, pero siempre tienen consecuencias. Su impacto depende en mucho de la forma en que se manifiestan: las hay de coloración más ideológica, como la que representan Holland y Fabius en el socialismo francés o la que en su momento separó a Felipe González y Nicolás Redondo en el PSOE, las hay más personales, como la de Kirchner y Duhalde en el justicialismo, las hay que obedecen a la lógica de la burocracia partidista y sus clientelas. Todas tienen consecuencias, como tendrá la sórdida disputa priísta de estos días, cualquiera que sea la salida que se encuentre. No es el único problema que tiene el partido de cara a la elección presidencial: está el peso del pasado, el peso de las interpretaciones más o menos fantasiosas de ese pasado, la inercia de un antipriísmo residual que es todavía considerable, también está la dificultad de hacerse un discurso más o menos convincente para una campaña tan agresiva como va a ser la del año que viene.

Me explico. Aparte de los adornos de publicidad, aparte de los arreglos con clientelas y los programas, que nadie lee ni sirven casi para nada, una campaña política requiere la construcción imaginaria de un antagonismo lo bastante grave, lo bastante cercano para conmover a la gente y llevarla a votar. Si está bien hecha, si tiene sentido, una campaña es una escenificación del conflicto entre ellos y nosotros. Ellos son malos, por supuesto, según el caso son ambiciosos, irresponsables, autoritarios, violentos o inmorales; nosotros somos nosotros: si se consigue dar sentido a esa obviedad, que la gente la admita con naturalidad, está todo hecho.

En una democracia normal, quiero decir: donde las elecciones y la alternancia son cosa de rutina, esas identidades son más o menos estables, conocidas, tienen escaso contenido dramático. No es nuestro caso. Es difícil saber a quiénes se refieren los políticos cuando dicen nosotros. Eso es lo que está en juego en la campaña presidencial que viene, que por eso será de una enorme beligerancia.

La primera salva la ha lanzado el presidente en la publicidad preparatoria para su quinto informe de gobierno. Ha sido incisiva, provocadora, bien pensada, pero en el fondo no tiene novedad. Dice lo mismo que ha dicho el presidente en los últimos cinco años. Lo que se saca en limpio es que el PAN va a hacer campaña no como partido gobernante, sino como oposición: es más rentable, más sencillo y les sale mejor a sus candidatos. Los problemas, ya se sabe, son culpa de los desastrosos gobiernos anteriores o del poder priísta en el Congreso. No hay misterio: se quiere evitar lo que se llama el desgaste del gobierno, aprovechar lo que queda de hostilidad hacia el PRI y rescatar el saldo que haya del único logro indudable de Vicente Fox, que es haber llegado a la presidencia. En resumidas cuentas, se trata de reproducir la elección del año 2000 en que nosotros, todos los mexicanos, votamos contra el autoritarismo y por la democracia. No es una mala decisión, sobre todo porque las alternativas parecen peores.

El PRI ha respondido pronto, con una respuesta múltiple y dura, incluso violenta y de muy dudosa eficacia; son varios los que han salido al paso llamando al presidente cínico, irresponsable, ignorante, inepto, oportunista. Tendrán razón o no, pero en la práctica han aparecido defendiéndose ellos, los priístas, de los ataques del presidente. No hablan por nosotros. Si no cambian su estrategia, su modo de defensa, se encontrarán en el peor de los mundos posibles, haciendo campaña como partido en el gobierno (peor: como gobierno) estando en la oposición. Ocupando exactamente el lugar que corresponde al PRI en la representación del antagonismo imaginario de la campaña del PAN.

Por su parte, el PRD quiere repetir la elección de 1988. También es razonable. La animadversión que pueda despertar el presidente Fox no es mucha y no tiene por qué traducirse en simpatía hacia el PRD. En todo caso, no permite inspirar el entusiasmo de la “gran confrontación” porque con todos sus desastres sigue siendo fundamentalmente mediocre en todo. Como enemigo es poca cosa. La elección de 1988, en cambio, es la representación emblemática del fraude electoral, el momento épico de nuestra desangelada transición a la democracia (o lo que sea) y sobre todo es la competencia contra Carlos Salinas de Gortari. El PRD ofrece la revancha, que no es poco. Se trata de repetir la elección y esta vez ganar. En su discurso casi no aparece el presidente Fox, tampoco el PAN y mucho menos Ernesto Zedillo, el pasado priísta no puede condenarse en bloque, sin matices, porque incluye a gente como Cuauhtémoc Cárdenas, López Obrador, Manuel Camacho, Marcelo Ebrard, Leonel Cota, Ricardo Monreal. El enemigo es concreta y explícitamente Carlos Salinas, que resulta ser responsable de todo lo que han hecho los dos gobiernos que siguieron al suyo y, apurando un poco, incluso de la corrupción en el PRD.

Igual que el PAN, el PRD va a hacer campaña como partido de oposición. El gobierno de López en la Ciudad de México le queda a la mayoría lo bastante lejos para convertirse en referencia casi legendaria. Poniendo como adversario a Salinas, además, puede aprovechar la propaganda abierta y disimulada de los últimos dos sexenios y reducir a la nada a sus adversarios en la competencia: no son nadie, no tienen importancia, no son más que portavoces o prestanombres, marionetas de Salinas, que no va a dar la cara. No es un drama, es un folletín. Ellos están en las sombras: son los cómplices de Salinas, los poderosos, los de siempre y que además no se dejan ver; nosotros somos todos los que tenemos algún agravio, alguna queja, los que hemos perdido algo en los últimos veinte años, nosotros somos nosotros.

No tengo idea de lo que vayan a imaginar en el PRI para hacer frente a la propaganda de López, que ni siquiera los toma en cuenta como adversarios. Habrá que verlo.

Cierro con una nota optimista. Será una campaña agresiva, violenta, con muchos escándalos porque hay mucha tela de donde cortar, pero hay extremos de cinismo a los que por fortuna todavía no llegamos. Pienso por ejemplo en la campaña de Charles Taylor, el responsable de una de las guerras civiles más sanguinarias de la historia, en Liberia; su lema era: “Mató a mi mamá, mató a mi papá, pero yo votaré por él.” Ganó la elección, dicho sea de paso.

 

La Crónica de hoy, 31 de agosto de 2005