Escandalosa indiferencia

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Aparte de que resulte más o menos ofensiva, la corrupción es algo perfectamente habitual y conocido, también en los sistemas democráticos. Algunos politólogos estadounidenses creen o fingen creer que la democracia permite erradicar la corrupción: es una simpleza, imposible de sostener en serio. Basta mirar la historia de cualquier país, la de los Estados Unidos, por ejemplo. En un sistema democrático, es decir: con varios partidos, representación parlamentaria y elecciones libres, la corrupción a veces cambia de forma, de mecanismos, a veces ni eso. Los escándalos se producen cada tanto y tienen un marcado carácter ritual, son una especie de exorcismo, una purga. Sirven en ocasiones para saldar cuentas pendientes, para algún movimiento en el ajedrez de la pequeña política. A veces tienen consecuencias mucho más graves, impensadas.

La historia de la Segunda República española estuvo marcada por todo tipo de crisis. Las más conocidas son la sanjurjada de 1932 y la rebelión de Asturias, en 1934. Aunque fuese mucho menos espectacular, tiene su interés también el derrumbe del Partido Radical, de Alejandro Lerroux, precipitado sobre todo por un par de escándalos de corrupción. Lerroux conservaba todavía en 1932 una vaga aureola de su pasado izquierdista, de contestatario al menos, pero sobre todo jugaba la baza de la integridad; el programa del Partido Radical era deliberadamente ambiguo en casi todo, salvo en eso: era, por decirlo de algún modo, un despunte de lo que se llama la “antipolítica”. Comenzó a perder credibilidad en cuanto formó gobierno con la Confederación Española de Derechas Autónomas, de Gil Robles, y comenzó a disipar rápidamente las ambigüedades de la campaña. Lo definitivo fue la publicidad que se dio a dos casos de corrupción: el asunto del “Straperlo” y el affaire Nombela; los dos muy menores, intentos de soborno, tráfico de influencias para gestionar permisos y pagos del gobierno: lo normal. Para el Partido Radical, no obstante, fueron imposibles de asimilar. Varios miembros del gobierno presentaron su renuncia, lo mismo que otros funcionarios, y en el partido se produjo una desbandada. Fue un paso más en el proceso de radicalización política durante la República; para algunos significó la quiebra moral del sistema representativo, sin remedio.

Más cerca de nosotros está el caso de Fujimori, en Perú: un ejemplo para libro de texto de la “antipolítica”. No tenía otra cosa para llegar a la presidencia más que la denuncia de la vieja clase política, y con el mismo argumento disolvió el congreso con el aplauso de la mayoría de los peruanos. Gobernó como quiso durante diez años. Hasta que comenzaron a difundirse las famosas grabaciones de Vladimiro Montesinos, donde aparecía el tráfico de dinero entre el gobierno y los diputados, los líderes de partidos, empresarios. Había más, por supuesto: la censura y la represión, el estancamiento económico. Los escándalos fueron el detonador. Todavía hoy, seis años después, no parece haber modo de reconstruir el espacio público en Perú.

Toca el turno de Luiz Ignacio da Silva y el PT. Hasta donde se puede saber por ahora, es una historia sin mucho misterio. Básicamente dice que “Lula” es un político como cualquier otro y que el PT es un partido como cualquier otro, que están dispuestos a hacer cualquier cosa para llegar, para hacerse con el poder, para quedarse. Hay de momento, y no será lo más grave, sobornos, cuentas ilegales, dinero negro, compra de opositores, pagos irregulares. Lo malo es que se suponía que “Lula” no era como cualquier otro político ni el PT era como cualquier partido; por eso los escándalos han producido una cadena de renuncias y una crisis mayor dentro del partido. No es posible saber todavía cuáles vayan a ser las consecuencias, pero me temo que sean malas y graves, no ya para “Lula” y el PT, sino para el conjunto del sistema de partidos de Brasil.

Habría que hilar muy fino, con escaso fundamento, para tratar de explicar por qué algunos escándalos tienen efectos catastróficos y otros quedan en nada. Los asuntos que se publicaron durante el último gobierno de Felipe González, en España, fueron verdaderamente espectaculares; González sigue siendo una figura política influyente, con gran prestigio internacional, y el PSOE ha vuelto al gobierno, después de ocho años. Silvio Berlusconi no sólo ha sobrevivido a sus escándalos, sino que sigue ganando elecciones. Lo mismo que George Bush. Supongo que las diferencias tienen que ver con las expectativas que se ha hecho la gente respecto a un político o un partido, también con la credibilidad del sistema de representación, pero seguramente pesan también cosas más pedestres, como el funcionamiento de la economía.

El problema para la izquierda latinoamericana, la de “Lula” y Kirchner y Tabaré Vázquez, es el siguiente. No puede ofrecer prácticamente nada como programa, no tiene una política económica alternativa: no va a dar marcha atrás en las privatizaciones ni va a cerrar el comercio exterior, ni siquiera va a tratar de regular a la banca. Podrá tener gestos de dignidad frente a algunas empresas, como los de Kirchner, pero poco más, nada consistente. Lo único que le queda es ofrecer la restauración de un mínimo de decencia en la vida pública, después de la eufórica desvergüenza de los noventa. Eso hace que sea mucho más vulnerable. En países en que la representación política carece prácticamente de contenido, donde el desprestigio de los políticos ha llegado a extremos difíciles de imaginar.

Pienso en todo eso a partir de los paralelismos que se han buscado en estos días entre “Lula” y López Obrador, por los escándalos del año que viene o del siguiente, cuando finalmente puedan conocerse –si se llegan a conocer- algunos de los movimientos financieros del gobierno del Distrito Federal en estos años. Es una comparación muy atractiva, pero creo que no es sostenible. Puede ser que lleguemos a saber algún día cómo se otorgaron los contratos de obras públicas, cómo se financió la interminable campaña de López, cómo se otorgaron permisos y cómo se organizó el apoyo de invasores, colonos, taxistas y ambulantes. No tendrá ninguna consecuencia ni para el PRD ni para López Obrador, sea presidente o no.

Me remito a la experiencia. Al electorado del PRI no le ha afectado mucho el escándalo de PEMEX, ni ninguno de los otros casos que se han conocido en los últimos tiempos; y no es por falta de publicidad, ni porque se trate únicamente del voto verde, cautivo, clientelista. El electorado del PAN, tan decente y católico, tampoco se ha agitado mucho por los manejos turbios de la Lotería Nacional, el misterio de los Amigos de Fox o las relaciones del gobierno con Televisa; los votos que ha perdido, con respecto al 2000, eran votos prestados. No hay motivo para suponer que con el PRD vaya a suceder algo distinto. Sobre todo, porque no representa una novedad.

El mayor éxito político de Andrés Manuel López Obrador consiste en haber administrado los escándalos del año pasado sin disimular mucho su complicidad con los manejos de Ponce, Bejarano, Ímaz y demás. El resultado es sorprendente. Todos sabemos que el PRD maneja dinero negro, que tiene fuentes ilegales de financiamiento de sus campañas, sabemos que recibe sobornos de los empresarios con los que se contrata la obra pública, sabemos que extorsiona a los comerciantes ambulantes y ampara a los taxis “piratas” y a los invasores de predios en la capital. Nada de eso va a ser una sorpresa ni va a perjudicarlo políticamente. El partido entero ha adoptado una postura de un cinismo absoluto, para proteger a su candidato a como dé lugar. Nadie ha protestado, nadie ha denunciado las extorsiones ni los malos manejos: nadie puede llamarse a engaño ni va a desertar después.

En términos prácticos eso significa que el entusiasmo por López es un entusiasmo de vuelo corto y curado de espanto, desencantado de antemano. Habrá escándalos el año que viene y el siguiente, y no pasará nada. Los veremos pasar con filosófica indiferencia.

 

La Crónica de hoy, 17 de agosto de 2005