Estampas de Liliput. Prólogo

Como todas, la sociedad mexicana tiene sus fantasías. Pueden ser a veces disparatadas o ridículas, a veces peligrosas: también creo que son indispensables. Pero además forman parte de eso que llamamos la realidad y tienen consecuencias. Se puede tratar de conjurarlas, demostrando que no son más que fantasías. Da lo mismo. Es verdad que no somos una nación que desciende de los aztecas, es verdad que nuestros héroes en general no han sido heroicos y que nuestra sociedad civil no alcanza a ser civil, pero no se trata de eso. Seguramente nadie se ha creído nunca, al pie de la letra, las simplezas de la historia patria; a pesar de todo, el resorte nacionalista tiene una eficacia indudable. Y le sirve cualquier aditamento: es más útil, incluso, un partido de fútbol que la heroica gesta de don Benito Juárez.

Por otra parte, en el afán desmitificador hay también su dosis de fantasía. Durante las últimas décadas del siglo veinte nuestras elites se dedicaron a denunciar las mentiras de la historia oficial y los disparates del nacionalismo y quisieron hacernos otro país, cambiado de arriba abajo, un país desencantado, moderno y decente. De película. Hubo algo así como una epidemia de madurez cosmopolita, ostentosamente realista: un par de generaciones de políticos e intelectuales que miraban a su alrededor y no conseguían ver más que contribuyentes, consumidores o clientes. Era más o menos divertido verlos embestir molinos de viento; lo malo es que eran embestidas de verdad, quiero decir: sus ilusiones, como todas, tenían consecuencias concretas. No siempre felices.

Había un principio de orden en su desencanto, una separación consagrada de lo tradicional y lo moderno. Todas las anomalías, todo lo que no funcionaba bien, lo sucio se ponía del lado de la tradición, donde había un enorme Estado entrometido y corrupto y una sociedad infantil, necesitada, doliente, pero también irresponsable y fantasiosa. Tabú. A cambio estaba el consuelo de poderlo modernizar, ocasionar el tránsito hacia ese mundo otro, separado, de la Modernidad. No hace falta decir que el intento fracasó. El país limpio se ha quedado en la obra negra y con razón: nuestra suciedad es absolutamente moderna y, en cierto sentido, nuestra afanosa modernidad es algo de lo más arcaico, perfectamente tradicional, como las cajitas de Olinalá y las quesadillas de sesos.

Lo interesante es la insistencia –llevamos siglos en ello- con que se fabrica, una y otra vez, ese país imaginario no sólo superpuesto, sino enredado con el otro país y sus fantasías. A poco de andar la confusión resulta espectacular. Enseguida necesitamos recurrir a la sabiduría arcana de los oficiantes para reconocer la diferencia y saber si son modernos los desmanes de un sindicato o los amagos de la iglesia católica, si habrá contaminación de clientelismo en las organizaciones de la sociedad civil. Este libro resulta sobre todo de esa perplejidad. De hecho, lo único que hago es reconstruir fragmentos de nuestro confuso orden imaginario, porque no puedo reconocer a simple vista las claves del tabú.

Tengo la sospecha de que nadie lo tiene tampoco del todo claro. Nos hacemos la ilusión de que los métodos científicos de investigación nos permiten un conocimiento también científico, seguro. La verdad es que sabemos muy poco y eso poco es sólo conjetural y aproximativo; no es que no tengamos respuestas, sino que no sabemos siquiera cómo preguntar. Me sucede a mí, por lo menos. Es decir: me gustaría que las páginas siguientes se leyesen sobre todo como una confesión de ignorancia. Son ensayos que buscan tan sólo un modo sensato de hacer preguntas.

Digo que son bosquejos de sociología para que nadie se llame a engaño. Es un ejercicio de literatura, sin la ambición de demostrar nada ni de ofrecer información exacta acerca de nada. Es eso: sólo literatura.

La serie se publicó en la revista Vuelta, en el año de 1997. Para esta edición he corregido la redacción, que resultaba a veces intransitable, y he modificado algunas mínimas alusiones al presente (el presente de entonces, se entiende) para que pueda leerse con más facilidad. En el último ensayo, que se refiere al principio de siglo, he cambiado tan sólo los tiempos verbales: la situación es, en general, la que podía preverse desde entonces. Está dedicado –igual que antes- a mi querido maestro Rafael Segovia.

 

 

México, junio de 2003