Estampas de Liliput. Teoría del muégano

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Para Javier Elguea

Decir de algo que se ha hecho «a la mexicana» no suele ser un elogio. Equivale a decir que ha sido improvisado, amañado, hecho un poco a la buena de Dios y sobre todo sin hacer caso de las reglas. La idea corresponde seguramente a lo que los sociólogos llaman un estereotipo autodenigratorio, pero lo malo no es eso, sino que también parece ser cierta. Quiero decir: es una expresión que se entiende enseguida, con tantito sentido común, y a nadie le suena rara.

Arreglar un trámite a la mexicana, redactar una ley, ganar un concurso, hacer un negocio a la mexicana son cosas que suenan poco edificantes. Aunque no se diga -porque esas cosas no se dicen- todo el mundo lo piensa. Por eso nos gana la risa cuando se habla del riguroso apego y el respeto irrestricto, del Honorable Congreso y demás cosas por el estilo. Tenemos la convicción, al menos la muy razonable sospecha de que hay pocas cosas en este país que sean serias, unívocas y transparentes, que no tengan doblez y segunda y algún enredo de fondo. En particular las empresas, burocracias, reglas y servicios que por abreviar habría que llamar modernos (y que no terminan de serlo nunca).

Sabemos que casi todo puede, incluso debe arreglarse a la mexicana: desde el pago de impuestos o la contratación de un profesional hasta la administración de un mercado, la elección de un alcalde, el fin de una huelga, la redacción de un plan de estudios. Hay en todo una turbiedad característica -aquí una mordida, allí el empujón de una influencia-, una manera de torcer los procedimientos que se reconoce a primera vista; trátese de lo que se trate, hay en todo un aire de familia: eso que significa, precisamente, hacer las cosas a la mexicana.

Desde cierto punto de vista, el tema no ofrece ninguna complicación, lo que hay es el predominio de la desvergüenza, la inmoralidad y la corrupción. Pero es un modo de proceder tan persistente, tan costoso e irracional a veces, que a más de uno se le ha antojado buscarle un fundamento genético, incluso metafísico, algo así como “el ser del mexicano”. La verdad, suena un poco exagerado, improbable. Por mi parte, tengo la idea de que esa incapacidad para cumplir con las reglas, o esa habilidad para sortearlas, obedece en efecto a una causa general, aunque más modesta; en mi opinión se trata de que la forma básica de las relaciones sociales en México es el muégano.

Confío en que el tecnicismo resulte asequible y se entienda sin mayor dificultad. De hecho no es más que una extensión, por analogía, de la acepción conocida del término: dulce hecho a base de miel, melaza o caramelo con que se pegan trozos de pasta; para Santamaría es “forma inexplicable” pero derivada del español nuégado que, en el Tesoro de Covarrubias, es «cierta golosina para acallar a los niños, que se haze de miel y de nuezes, aunque también se haze de almendras, avellanas y piñones y cañamones».

En el sentido técnico que quiero darle, el muégano es una forma de sociabilidad caracterizada por la aglomeración, sobre una base personal, de vínculos económicos, familiares, profesionales, políticos, de cuya mezcla resulta una confusión de ámbitos funcionales que, en teoría, deberían responder a principios propios y distintos. El muégano complica a la gente en un sistema denso y confuso de relaciones personales cuyos límites son bastante imprecisos y del que cuesta mucho trabajo desprenderse. Lo decisivo, en todo caso, es que la estructura del muégano procura la generalización de una serie de obligaciones personales, que prevalecen sobre cualquier otro criterio a la hora de tomar decisiones.

Por eso sucede que, en general, no se cumpla con las reglas o que sea tan fácil darles de lado. Hay que atender siempre, antes que otra cosa, a lo que necesita el compadre, el ahijado, hay que pagar un favor de Fulano, comprometer la lealtad de Mengano y hacerse cargo del linaje de cada quien. Y nadie tiene por qué tomárselo a mal: así se hacen las cosas.

Por algunos de sus atributos, el muégano suele asimilarse a la familia, al menos en un plano retórico o simbólico. Y en efecto hay entre ambas formas ciertas afinidades de mucho bulto: su naturaleza personal, casi forzosa y superior -o anterior- a toda diferenciación funcional. Ocasionalmente también sirve la familia como modelo o recurso de justificación, como cuando se dice de alguien que es «como de la familia», cuando se habla de la «familia revolucionaria» y cosas así.

No obstante, conviene dejar claro que, como forma de sociabilidad, el muégano no es una familia. Primero, porque la posibilidad de pertenecer a él no depende de la consaguinidad ni de otro tipo de parentesco; casi sucede lo contrario, que no haya ningún principio rígido de exclusión. La mayor virtud -la más característica- del muégano es su naturaleza pegajosa, su capacidad para crecer sumando arrimados, parientes, allegados, parientes de conocidos de arrimados, y prohijando contactos: con un jardinero, un tendero, un policía, un secretario de estado. Para todo lo cual sirven también, desde luego, los matrimonios, apadrinamientos y las demás estrategias del parentesco: no son suficientes, ni siquiera necesarias.

Pero hay algo más. A diferencia de la familia, el muégano no tiene nada que ver con la intimidad; sus lazos y relaciones, siendo personales, son de una emotividad escasa, superficial y gratuita, intrascendente. En lo que importa, son vínculos objetivos, en un sentido públicos y fundamentalmente pragmáticos: se hacen y se mantienen sobre todo por su utilidad y no por el cariño que a uno puedan inspirarle el jardinero, el burócrata o el señor secretario.

Eso no significa que vivamos en un paraíso benthamita, dominado por el puro e inocente cálculo de intereses. El muégano tiene su moral: objetiva, particularista, de una dureza muy considerable. Para ella las buenas intenciones, sin ser absolutamente inútiles, son prescindibles; lo que se exige es mucho más concreto, material y comprobable. A los «contactos» se les juzga por su relativa eficacia y su lealtad y no por otra cosa, se les estima por su decisión de favorecer a los nuestros por encima de los otros que han esperado su turno, que tienen los papeles en regla, que tienen la calificación necesaria, pero están fuera.

Con eso se dice que el muégano funciona porque genera confianza y ofrece un mínimo de seguridad donde las instituciones no alcanzan a hacerlo. Donde no hay garantías casi de ningún tipo en las relaciones impersonales, anónimas. Ahora bien: por eso mismo es una forma peculiar de la confianza, imperativa, casi impuesta por la fuerza de las cosas y sobre todo muy resistente a las decepciones. Nada garantiza que mi compadre vaya a hacer un mejor trabajo, que sea un mejor profesional o siquiera un profesional medianito, pero lo prefiero, tengo que preferirlo y protegerlo por otras razones, porque ofrece otro tipo de seguridad. Sería peor que injusto, desorientado y casi estúpido juzgarlo con el mismo criterio con que se juzgaría a un desconocido.

Es decir: el muégano puede producir resultados desastrosos desde un punto de vista técnico o desnudamente racional, puede ser más o menos ineficiente (en general, es bastante ineficiente) precisamente porque permite hacer caso omiso de las reglas. Porque antepone siempre la lealtad personal a cualquier otra consideración.

Lo más interesante es la flexibilidad y la versatilidad de esa conexión básica. Lo mismo sirve para hacer un negocio o un trámite que para conseguir empleo, ganar una elección, controlar a un sindicato. Los favores personales, como la melaza, resultan pegajosos, al menor descuido producen obligaciones de segunda y tercera mano, de consecuencias remotas, enredadas, indiscernibles. Por eso también el crecimiento del muégano es accidental. No puede imponérsele una racionalidad ajena, preconcebida, ni puede reducirse a un ámbito cualquiera, porque depende en todo de las oportunidades. Lo sabe quien sea que se haya pegado con entusiasmo a algún fracasado que prometía tantísimo.

Comoquiera, su crecimiento es previsible en alguna medida porque la lógica de su mecanismo favorece la concentración del poder. Un poderoso que sabe hacer favores -hoy por ti, mañana por mí- se asegura del mejor modo un porvenir cómodo y asentado; el poder y la influencia de hoy, usados en beneficio del muégano, de los parientes, arrimados, cuates, compadres y paniaguados, garantizan la influencia y el poder de mañana y pasado mañana, hasta donde es posible.

La ganancia es para el conjunto, se entiende, y por eso puede acumularse. El mismo principio, no obstante, sirve en la práctica para poner límites al ejercicio del poder: oblicuos, tal vez perversos, pero ciertos. Nadie las tiene todas consigo, porque nadie se ha hecho a sí mismo ni podría sobrevivir por su cuenta, mucho menos siendo poderoso; de donde resulta que el orden moral del muégano y sus implicaciones materiales imponen servidumbres explícitas (y a veces muy molestas) a los mandones e influyentes del día. Pocos habrá, entre nosotros, que no conozcan el dolor de cabeza de un hermano, un socio, un compadre tarambana a quien no hay más remedio que proteger.

Seguramente a eso se debe, dicho sea de paso, el enconado desprecio que nos inspira el individualismo de los Estados Unidos o Europa; también la fantasiosa idea de que los mexicanos somos más generosos y solidarios. Lo cierto es que entre nosotros nadie sobrevive solo, nos guste o no. Nuestra idealizada amistad mexicana es un modo de hacer de la necesidad virtud, una ilusión como cualquier otra.

Desde luego, la lealtad de que se habla no tiene nada que ver con la disciplina; incluso resulta, como tendencia, de sentido contrario. No se impone de manera genérica, no es automática, no deriva de las necesidades de un puesto, una función; más bien se opone a todo ello. En una frase, desde el punto de vista de cualquier institución con reglas claras, formales, la lealtad del muégano corre el riesgo de confundirse con el relajo.

Para entendernos, digamos que en general el muégano, como forma de organización social, previene y obstaculiza la especialización, interfiere con el funcionamiento normal, autónomo, de los diversos ámbitos en la medida en que puede subordinarlos a su propia lógica. Por eso resulta inmoral y también, en cierto sentido, irracional; pero tan sólo, que conste, porque nos cuesta trabajo admitir moral y su racionalidad, que nos parecen impresentables.

Esa función básica explica tal vez algo de su naturaleza. El muégano sirve para contrarrestar algunas consecuencias típicas del proceso de modernización: para evitar exigencias desmesuradas de disciplina o capacidad profesional, moderar los riesgos del mercado, compensar las monstruosidades de la igualdad jurídica, los impertinentes requerimientos del Estado. Pero eso no significa que sea una forma tradicional; no necesita ninguna sanción trascendente ni es un residuo de núcleos comunitarios o prácticas ancestrales. Surge y prospera al paso de la modernización y como consecuencia suya, como excrecencia parasitaria de las instituciones modernas. No tendría razón de ser en el mazacote del orden tradicional.

Concluyo sin ánimo concluyente. Si algo de esto fuera cierto, podríamos empezar a entender algunos misterios de nuestra corrupción, nuestro autoritarismo y, por supuesto, nuestra pintoresca «sociedad civil».