Estudiar historia

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Por lo visto es el sino de este gobierno meter la pata. Será a veces con buena intención, a veces no; en realidad, da lo mismo. El cuento de la inexperiencia fue de hace tres años y todavía no hay una cosa que se haga a derechas, lo de la oposición que estorba también dejó ya de servir como excusa: difícilmente habrá quien piense en serio que sería mejor que el presidente gobernase con plenos poderes, con una mayoría automática en el congreso.

No se puede saber lo que haya en el fondo. Entre otras cosas, parece haber un desprecio infinito hacia los partidos, los sindicatos, hacia los diputados y hacia la política en general. Hay además, eso se nota, la arrogante convicción de que todo se ha hecho mal hasta ahora: absolutamente todo. De modo que hay que cambiarlo. Y es tan fácil como ponerse a ello, sin hacer política. Es otra de las ideas en que se reconoce al equipo: todo se les antoja sencillísimo de hacer, la más peregrina ocurrencia de una empresa de consultores les parece casi verdad revelada, tan obvia que para imponerse sólo necesita el visto bueno de un par de gerentes de los que estrenan despacho en las secretarías de estado. El resultado es este mal andar a tropezones, tan sistemático que parece deliberado.

Entre las más recientes metidas de pata está la intención de reformar la educación secundaria. Es una buena idea. Lo que se ha conocido del proyecto, además, parece estar bien encaminado. Pero tratar de imponerlo sin consultar al sindicato es un disparate. Presentarlo sin ofrecer un diagnóstico serio de los defectos del sistema actual, un análisis de alternativas, sin abrir una discusión ordenada, son ganas de verlo fracasar a las primeras de cambio. Hay para pensar que lo único que les interesa es cubrir el expediente: anunciar la iniciativa y dejarla hundirse, para quitarse de encima la responsabilidad de hacer nada serio. Ellos han cumplido y pueden quedarse tranquilos, sobre todo si su idea no se pone en práctica, porque entonces podrá convertirse, como tantas otras, en la reforma indispensable, que habría podido rescatar la educación.

Insisto: la idea es buena. Hacer algo para mejorar la educación siempre es una buena idea. Lo malo es que no cualquier cosa sirve, no todo es mejorar, ni es tan fácil de hacer. Para empezar, no está todo en cambiar los programas, aunque haya que cambiarlos también: hay que pensar en la situación de los alumnos y en la de los maestros, en los salarios –perdón: sí, en los salarios- y en la capacitación –perdón: también en la capacitación- de los maestros, hay que pensar en el propósito de la educación, porque no es obvio. Personalmente, estoy en la creencia de que lo más importante, lo que más urge sin comparación es que los niños aprendan a leer. Por ahora no se trata de eso. Hay que conformarse con que sepan descifrar un manual de instrucciones. Lo del día es otra vez la enseñanza de la historia.

Ahora bien: los críticos han hecho un papel tan penoso como el gobierno. Lo único que se oye son las quejas porque haya desaparecido en el programa la parte dedicada a las culturas prehispánicas, como si no fuese lo más fácil del mundo quitar y poner un par de temas. El problema, si lo hay, no está ahí sino en las condiciones generales de nuestra secundaria, en el sentido de la educación, cualquiera que sea el contenido. Sobre eso no se ha dicho prácticamente nada.

Hablemos de lo que hay, de la propuesta tal como está. Reducir el número de materias en la secundaria suena de lo más razonable. Sería muy sensato de hecho que hubiera sólo cuatro: español, matemáticas, ciencias sociales y ciencias naturales, con aditamentos de arte y deporte. Los contenidos podrían arreglarse muy bien en esos recipientes, sin necesidad de omitir nada que sea fundamental. Podría pensarse por ejemplo en un buen curso de geografía e historia, donde las explicaciones sobre lo que son los ríos, las penínsulas, la vegetación o el clima se acompañase del estudio de las civilizaciones antiguas: incluso se me ocurre que se entenderían mejor las dos cosas, vistas juntas, se entendería mejor la vida en el viejo Egipto o las diferencias entre los mayas y los chichimecas, y sería más fácil de ver la importancia de la geografía.

Lo más molesto de la discusión, sin embargo, está en el uso que se hace del tema indígena. Con la misma hipocresía del siglo diecinueve se habla de la importancia que tienen para nuestra identidad las antiguas civilizaciones indígenas, de las que no quedan más que ruinas. Es algo que se mira en un museo y que sirve para lamentarse de la conquista y hacer el elogio de los héroes que nos dieron patria. Seamos serios: los indígenas no son un pasado glorioso, sino un presente trágico, y no estaría de más que los niños empezasen a estudiarlo así. Hace falta saber de aquel pasado, sin duda, pero la parte indígena de la identidad mexicana no está ahí, sino en los indígenas del siglo dieciséis, del diecinueve y del veinte; sus tradiciones, su situación actual y su modo de vida tienen poco que ver con el museo de antropología, mucho con la colonia y con los dos siglos de vida independiente.

Es una buena idea hacer algo por la educación. Aunque no sea más que cambiar un poco los programas. Pero hay que tomárselo en serio.

 

La Crónica de hoy, 30 de junio de 2004