Extraño humor

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Otra vez la semana pasada, en su excursión a Bolivia, el presidente Fox consideró que era oportuno recordarnos que no se siente político, sino empresario. Lo dijo como cosa divertida, riéndose de antemano de las críticas de la prensa. No se entiende muy bien. Para empezar, hasta donde se sabe, antes de dedicarse a la política, hace más de diez años, la carrera del señor Fox no era la de un empresario sino la de un empleado de una empresa, que no es lo mismo; por supuesto, tiene el derecho de sentirse empresario, poeta, torero o arzobispo si le da por ahí: sus fantasías son asunto personal, que no tiene mayor importancia. Importa que lo diga en público, hablando como presidente de la república, y que lo diga por enésima vez, a sabiendas de que provocará reacciones adversas.

Dejo de lado las limitaciones personales del señor Fox, su extraño sentido del humor. La sola frase, la ligereza con que la repite, revela otras cosas, un conjunto de valores compartidos seguramente por buena parte de la camarilla de Los Pinos. Imagino que le resultaría raro, a él como a cualquiera, que un médico o un futbolista dijera que no se siente médico o futbolista sino empresario. Con la política es distinto. Según su idea, la política es un oficio menor, desagradable, que ni de lejos tiene el brillo, el valor o el mérito de la actividad empresarial. Decir de alguien que es un político es rebajarlo, incluso si es el presidente, decir que es un empresario es reconocerle una calidad superior. Insisto: es probable que el señor Fox tenga muy buenas razones personales para fantasear sobre la vida que le hubiese gustado llevar, tendrá sus motivos para decir que la presidencia es poca cosa, que lo suyo es hacer dinero. La declaración dice mucho más. No es una intemperancia ni un desliz sino expresión del orden cultural en que se inscribe su gobierno.

La idea básica es muy simple: los políticos son todos ladrones, tramposos y charlatanes; la política es una pérdida de tiempo, sirve sólo para estorbar a las empresas; el gobierno es una maquinaria inútil, irracional. Lo que queda en el polo opuesto es más bien confuso, a veces la sociedad, la gente, la libertad, casi siempre el mercado como modelo de racionalidad y hasta de justicia y, por supuesto, los empresarios. Lo tienen tan claro en el gabinete que ni siquiera se toman la molestia de explicarlo. En el mismo paquete de la política entran los sindicatos, las empresas paraestatales y cualquier institución que implique una responsabilidad pública: todo estorba.

Sólo como ejemplo sirven las declaraciones de hace unos días del Secretario del Trabajo, señor Abascal. Hablaba para urgir al congreso a que aprobase las encarecidas reformas estructurales. Según su argumento, hay en México obstáculos para la inversión privada y por eso disminuye el volumen de producción en comparación con los de China, India, Brasil o España; en pocas palabras, dijo que hace falta generalizar el IVA, privatizar la generación de energía y reformar la legislación laboral. Precisamente eso. Explicó también que el gobierno gasta mucho dinero en pensiones, que haría falta dedicar a inversiones productivas. Igual que el presidente, habla no como político, sino como empleado de alguna empresa: supone que no hay duda del propósito, que no hay conflictos serios, ninguna discusión siquiera sobre los medios.

Tengo que confesar que la parte general del argumento, la que más se repite, me resulta siempre difícil de seguir. Si se quisiera que la economía mexicana fuese comparable a la de China, India o Brasil, habría que pensar en duplicar o triplicar el territorio, para empezar; si se quisiera que fuese como la española, habría que reducir la población a la mitad y trasladar al país al continente europeo. Absurdo e infantil, desde luego, tanto como el intento de imitar su legislación. Y no toda, porque no se propone un sistema político como el de China, ni una industria militar como la brasileña, ni un sistema de seguridad social como el español; lo único que se quiere es tener mano de obra más barata e inversión privada en el sector energético, como en Nigeria o en Sudán, digamos, que son términos de comparación tan peregrinos como los otros.

Lo de las pensiones tiene más miga. El Estado ha tenido durante décadas la responsabilidad de administrar los fondos de retiro de los trabajadores: pensar que se trata de un gasto del gobierno es por lo menos descaminado, decir que ese dinero debía dedicarse a inversiones productivas es un despropósito difícil de calificar. Sin duda, hay compromisos adquiridos por el Estado que obligan a reducir el gasto público; el más oneroso es el del rescate bancario: no lo recuerda el señor Abascal, seguramente, porque es un episodio que sobre todo habla de la ineptitud, la avaricia ilimitada y la irresponsabilidad de los empresarios. Y eso no puede ser. Al presidente, ya se sabe, le da risa.

 

La Crónica de hoy, 11 de mayo de 2005