Fascismo

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Es difícil de entender la ultrajante majadería del príncipe Enrique de Inglaterra, que encontró divertido aparecer disfrazado de nazi en una fiesta. Ha habido disculpas de la casa real inglesa, ya lo sé. No sirven para nada. El hecho, el único que importa, es que al príncipe no le resulta repugnante ese uniforme y se lo puede vestir como cosa de risa; no es un nazi, no creo que lo sea, pero sin duda sabe muy bien lo que hizo Hitler y por lo visto le tiene sin cuidado. Eso en el mejor de los casos. Será indiferencia, frivolidad o estupidez, no puede ser inocente. Es un indicio desolador. Con relativa frecuencia se usa hoy en día la cruz gamada como provocación por parte de los “cabezas rapadas” en Europa, por parte de grupos musulmanes, y se usa precisamente por su significado más convencional, como emblema de la violencia, de la crueldad. No hace falta ningún refinamiento ideológico, ni siquiera de organización: la actitud fascista está toda en esa fascinación por la pura fuerza.

Hay otros despuntes, más explícitos. En mis años de secundaria, no hace tanto, Francisco Serrano Limón nos recomendaba leer Derrota mundial, de Salvador Borrego. No recuerdo ningún detalle, pero el argumento era muy simple: Hitler había defendido el último bastión de la libertad, contra la conspiración judía que trataba de conquistar el mundo, encabezada por Roosevelt y Stalin. Era un colegio católico. He vuelto a tener noticias de Serrano recientemente, a través de los reportajes de Álvaro Delgado sobre el Yunque, donde encuentro los mismos temas de hace años, las mismas frases, la misma lógica conspirativa, la obsesión del liderazgo y el mando, los uniformes, los juramentos, los emblemas.

Parece insignificante todo ello. No lo es. El fascismo no es cosa del pasado. Es un impulso político latente, que puede resurgir en cualquier momento y nadie está vacunado. Serrano Limón y los yunques son grotescos: también lo era Hitler; los “cabezas rapadas” no tienen ningún propósito político, ninguna idea: tampoco quienes integraron los primeros grupos de choque del nacionalsocialismo. No hay que engañarse, la historia se hace con ese material miserable. Algo más. El fascismo que viene será irreconocible para muchos porque hablará en un lenguaje democrático, como siempre, rendirá culto emocionado a los ídolos del día: el pueblo, la cultura, la identidad.

No uso el término como adjetivo. El fascismo actual no es hitlerismo, pero comparte sus rasgos básicos: el rechazo de los ideales de la ilustración, de la igualdad de derechos en particular, la necesidad de la polarización y la violencia, la idea de la política como expresión de un ente colectivo, un pueblo, cuyo destino está por encima de necesidades, intereses y derechos individuales. Es hoy como entonces una política beligerante y vengativa, política de mando, disciplina, pureza, transida de esperanzas mesiánicas, con una idea conspiratorial de la historia, que autoriza cualquier atropello contra los enemigos del pueblo.

Quien quiera verlo no necesita ni siquiera imaginación, porque basta con leer los periódicos. Entre otros, un ejemplo para libro de texto: la deriva autoritaria del gobierno vasco y el proyecto independentista que pretende imponer en el futuro próximo. El fundamento del plan es el derecho del Pueblo Vasco, que existe hace milenios como realidad espiritual más allá de la voluntad de los vascos empíricos: como tal, ese derecho está por encima de cualquier ley; el eje de la organización política que propone es la distinción entre los simples ciudadanos, que viven en el País Vasco, y los que poseen la nacionalidad vasca. Algo así como inquilinos y propietarios. Insisto: para libro de texto.

La radicalización del Partido Nacionalista Vasco no tiene mucho misterio: quiere mantenerse en el gobierno, que ocupa desde hace más de veinte años. Para eso necesita polarizar el escenario político y presentarse como único defensor de los vascos contra la permanente amenaza de Madrid; ahora bien: habiendo autonomía, con parlamento y gobierno propios, legislación, hacienda, educación, salud y policía local, sólo se puede conservar la retórica victimista exigiendo cada vez más cosas, representación diplomática y selección de fútbol por ejemplo, para que haya siempre un agravio. Lo demás es coser y cantar. Su discurso es muy simple, se trata de defender a los de aquí contra los de fuera; por supuesto, los partidos de oposición, el PSE-PSOE y el Partido Popular, que defienden la constitución y el estatuto de autonomía, son los de fuera y no verdaderos vascos, aunque representen a la mitad del censo electoral. Lo dicen así, con todas sus letras.

Para el propósito del PNV lo fundamental es que el proyecto sea inaceptable, porque sólo así puede seguir el juego y se puede denunciar doloridamente la intransigencia de Madrid. Por eso el lehendakari Juan José Ibarretxe escuchó las opiniones de todos –partidos, sindicatos, empresarios: todos en contra, por cierto- y no hizo caso de ninguna. Por eso también se escogió tramitar la iniciativa mediante un procedimiento que contraviene la constitución y asegura la máxima polarización. En breve: para la reforma de los estatutos de autonomía se requiere una mayoría calificada del parlamento local, mayoría simple del parlamento nacional y referéndum; así se asegura que el cambio tiene un apoyo razonable y no es producto de una mayoría accidental, de cincuenta por ciento más uno. El PNV no tiene la mayoría calificada en el parlamento, a duras penas, con los votos de Batasuna e Izquierda Unida, alcanza mayoría simple, pero tampoco ha buscado un apoyo más amplio: necesita que se opongan el PSE-PSOE y el PP; ha anunciado además que someterá a referéndum el plan en las próximas elecciones, diga lo que diga el parlamento nacional.

Suena muy democrático: que hablen las vascas y los vascos. Sucede sólo que hablarán bajo la amenaza de ETA y de los grupos de choque de Batasuna; sucede que, en el camino, se ha suspendido por decreto la constitución, se ha estigmatizado a los opositores, se ha asesinado a muchos de ellos mientras se impone en las escuelas y en la televisión pública la retórica de un etnicismo delirante. No es otra cosa: fascismo.

 

La Crónica de hoy, 19 de enero de 2005