Felicidades a todos

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Escribo sin saber el resultado de las elecciones, que habrán pasado dos días antes de que esto se publique. Y eso significa que estoy fuera de juego: lo que yo pueda decir carece de todo interés. Ni modo. Pase usted a la página siguiente. Me alegra saber que todos estarán festejando el resultado, eso sí puede saberse de antemano: en el PRI estarán contentos porque ganaron, en el PAN porque no perdieron tanto, en el PRD… bueno, algo se les ocurrirá para celebrar. Estarán felices el Verde y el PT, que conservan registro. Esta vez, incluso se festejarán los votos en blanco y hasta la abstención. Aquí el que no se consuela es porque no quiere.

Felicidades a todos. Sigue ahora la recesión, que es un monstruo intratable, con el que nadie sabe qué hacer (podríamos consolarnos, un poco tontamente, diciendo que en el resto del mundo pasa lo mismo). El problema no es sólo de coyuntura ni sólo de política económica. Sobran programas, estrategias y ocurrencias, pequeños remedios y muy buenas palabras para ir pasando estos meses, y la economía volverá a crecer. Lo malo es que eso, el crecimiento, empieza a no tener sentido. Abandonamos hace tiempo el lenguaje del desarrollo porque abandonamos los recursos políticos y jurídicos que lo hacían imaginable, y no nos queda más que el horizonte abstracto del crecimiento. Y algo parecido a la caridad para paliar un poco sus consecuencias.

La evolución de las últimas décadas ha sido profundamente disruptiva. En términos de cohesión social, virtudes cívicas, calidad de vida en común, una regresión catastrófica. Ha aumentado la desigualdad económica, también los desequilibrios regionales y la distancia cultural entre las clases sociales en el país. Vivimos, cada vez más, en mundos distintos. Y nadie ha sido capaz hasta ahora de elaborar políticamente la experiencia económica de este mundo nuevo, con la mitad de la población en la economía informal o con empleos precarios, con un sistema educativo desnortado, que ya no ofrece siquiera la ilusión de la movilidad. Nadie ha sido capaz de imaginar un futuro medianamente creíble y distinto, que nos resulte a todos igualmente significativo.

Acaso es el problema mayor de los partidos políticos. El PAN aprovecha todavía un antipriísmo residual como recurso de integración. En sentido inverso, el PRI se beneficia de la nostalgia, y López Obrador reduce cada vez más el repertorio de su discurso, para mantener su lugar. No son todos iguales, ni mucho menos, pero a todos les falta imaginación: no han querido o no han sabido hacerse cargo de la fractura social que tenemos delante. Empiezan a ganar terreno el miedo y el resentimiento, el desafecto de las nuevas clases medias hacia una democracia en la que no se reconocen, porque no se reconocen en el país.

 

La Razón, 7 de julio de 2009