Globalización

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La demagogia moderna se alimenta sobre todo de estadísticas: cifras, tendencias, porcentajes, tasas, índices, números, que suelen ser mentiras por partida doble. No sólo ofrecen una imagen distorsionada, tramposa, sino que la escudan con el prestigio de la ciencia. Las estadísticas, cualquiera que sea el origen o la naturaleza de los números, son lo que nuestros políticos e intelectuales llaman “datos duros”, queriendo decir que son indiscutibles, es decir: que no están dispuestos a discutirlos; cuando alguien saca a relucir los números, los datos duros, significa que se ha llegado al límite de la argumentación racional, ya no valen sutilezas ni hacen falta otras explicaciones. Dicen que son “duros” además con una alegría muy reveladora, como si fuesen piedras o palos para descalabrar a sus adversarios.

Están de moda, en el surtido de las estadísticas, las comparaciones con otros países: los que han privatizado el sector energético, los que admiten la reelección de legisladores, los que cobran estos o aquellos impuestos. Por regla general lo que se hace es mostrar que los países desarrollados o los de mayor estabilidad política han adoptado la legislación o la política que se quiere promover y que se ofrece como la receta del éxito; nadie se fija ya en que se omiten, por sistema, todos los rasgos relevantes, desde la geografía y la ubicación estratégica hasta el volumen de población y la historia entera: porque todo eso hace que las sociedades sean difíciles de comparar. También se excluye la mención de los países incómodos, los que siguen la misma fórmula pero no tienen resultados para presumir: decir por ejemplo que en Bolivia, Ecuador y Perú hay reelección de legisladores no sirve de mucho, si se trata de recomendar la idea. De hecho, el recurso de la comparación tal como se usa es sólo un truco publicitario, viejísimo, que consiste en decir: los triunfadores usan Cartier, fuman Marlboro, beben Chivas Regal. Si se repite con bastante insistencia, se logra una asociación mágica entre la marca y el éxito, el dinero, se logra que la gente compre Cartier o Chivas Regal no sólo para simular el éxito, sino como una forma de atraerlo.

Hace unos días se publicó el “índice de globalización” de Foreign Policy y A. T. Kearney, correspondiente a 2005. Es uno de tantos, típico, ni mejor ni peor que la mayoría. Tiene interés sólo como ejemplo, porque incluye la clase de datos duros con que les gusta apalearnos a nuestros intelectuales. Es un cuadro de un aspecto científico imponente: doce grupos de indicadores, organizados en cuatro planos, para medir y comparar el grado de “globalización” de sesenta y dos países. El resultado es el que cualquiera podría imaginarse: en la parte superior de la tabla, donde están los países más globalizados, se encuentran prácticamente todos los europeos y Estados Unidos, junto con Singapur, que siempre queda bien como ejemplo; en el último lugar, el país en el que a uno no le gustaría vivir, está Irán (y eso es porque no se incluye a Cuba y Corea del Norte). Por si a alguien le costara trabajo llegar a la conclusión correcta, la revista Foreign Policy interpreta los datos, explica que hay una “fuerte correlación positiva” entre globalización y libertad, desarrollo, honestidad pública, educación.

Como vista de conjunto, la información de la tabla es abrumadora. Hay detalles que tienen su chiste. Aparte de las cifras para medir inversión extranjera, volumen de comercio y firma de tratados multilaterales, hay tres de los doce indicadores que se refieren a la “conexión tecnológica”, que no es otra cosa sino la proporción de computadoras personales y conexiones a Internet; resulta un poco raro, pero hace falta incluir eso en la cuenta y darle esa importancia para que Estados Unidos quede en uno de los primeros lugares. No en el primero, que acaso se vería feo, sino en un razonable cuarto puesto. Si se descontara el número de computadoras por habitante, que es básicamente un índice de riqueza, Estados Unidos quedaría en el último tercio de la tabla, por debajo de Malasia, Panamá y Túnez; los países europeos estarían revueltos con Marruecos, Uganda y Botswana. Ya no sería tan obvia la moraleja. No habría esas hermosas correlaciones y podría parecer incluso que la globalización y el desarrollo no tienen mucho que ver.

No se incluyen en el ejercicio, también llama la atención, los obstáculos legales y políticos para la globalización: los subsidios agrícolas, por ejemplo, y el resto de las medidas proteccionistas que son habituales, las formas básicas de resistencia contra los movimientos del mercado global. Llama la atención pero se entiende. Si se contasen, precisamente Europa y Estados Unidos quedarían en el fondo, junto con Irán. Y eso no puede ser. Podría parecer que la apertura es una receta para emular a Nigeria, Tailandia, Túnez, Malasia y Eslovenia, algo más bien confuso y no para inspirar entusiasmo.

Hablemos claro: contra lo que supone un prejuicio muy extendido, contra lo que fingen muchos cuadros estadísticos como éste, los países africanos se han “globalizado” casi por completo. Podrían servir de modelo. Sus economías dependen absolutamente de las exportaciones: de café, de cobre, cobalto, petróleo, diamantes, incluso descontando el tráfico ilegal; por decenas y centenares de miles sus habitantes recorren el mundo, están en Europa y en Estados Unidos; la inversión extranjera es masiva y se ocupa de todo: de la explotación de minas, de la extracción de petróleo, también de la agricultura y del financiamiento de las guerras; más todavía: estados hechos pedazos por una combinación de guerras, gobiernos despóticos y políticas de ajuste, han privatizado las aduanas, el cobro de impuestos y hasta las fuerzas de seguridad. En algún caso se ha llegado a subcontratar el personal para un golpe de estado. La globalización es todo eso.

Lo más curioso es que, incluso con el cuadro tal como está, con todos los trucos y arreglos que se han podido hacer, los tres países de mayor crecimiento en los últimos años, las nuevas potencias: China, Brasil y la India están en los últimos lugares (concretamente: cincuenta y cuatro, cincuenta y siete, sesenta y uno). Son, por lo visto, países que desconfían de la globalización: dan muy mal ejemplo.

 

La Crónica de hoy, 18 de mayo de 2005