Gobernar es reformar

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Desde hace tiempo, unos doscientos años, estamos en la creencia de que gobernar es reformar. No nos gusta el país tal como está y con razón. Pero estamos convencidos también de que puede cambiarse, incluso con relativa facilidad. Por eso cada nuevo gobierno tiene que hacerse notar por sus reformas: sería imposible que se conformara con dejar las leyes tal como están, las oficinas burocráticas, los procedimientos, los planes, la Constitución o los membretes de la papelería. En eso, este gobierno es como todos los demás; con más razón, porque quiere ser reconocido como el gobierno del cambio. Lo que llama la atención, y asusta un poco, es que nadie parece saber en qué consiste el cambio, cuál es la lógica que organiza las reformas.

Sí hay prisa, una prisa agobiante. Cada funcionario dice una cosa distinta y la dice a medias, unos y otros confunden las cifras, se contradicen, pero todos transmiten una misma sensación de urgencia: vivimos todos los días, al parecer, al borde de la catástrofe, a punto de quedarnos fuera de la historia. Es ahora o nunca. Todo lo que oímos son tendencias mundiales, procesos de velocidad vertiginosa, cambios inimaginables en un futuro que se nos viene encima, de modo que hay que reformarlo todo deprisa y corriendo, de manera imperiosa, con un apremio que nunca antes.

Supongo que esa premura y ese ánimo de emergencia son cosa pensada, parte de una estrategia, un estilo de comunicación para tenernos a todos en vilo y poner a la oposición entre la espada y la pared; tendría su lógica. Pero también es posible que así vean las cosas. Es curioso: todas las imágenes, las metáforas que se le ocurren al Presidente son dinámicas. Si se trata de la educación, es la “carrera del conocimiento”, en la política hay “rumbo y paso firme”, el país “está en marcha y avanza”, todo es cambio, movimiento. Siempre con un ojo puesto en las “tendencias globales” para ponernos al día. Es el mundo tal como se ve en los anuncios de la televisión, donde todo es nuevo y casi insólito, producto de la más avanzada tecnología que mañana será más avanzada todavía y diferente, nueva; hay por eso el entusiasmo y la prisa, la alegría de la novedad y la apremiante necesidad de cambiar.

Insisto: la inclinación reformista es lo habitual, de hace siglos. Lo raro es la urgencia. Raro es ese ilusionado afán por remar a favor de la corriente mundial, como si estuviese claro hacia dónde va y además fuese bueno. Raro es también que haya una ristra de reformas anunciadas, de las que se habla confusamente, sin decir otra cosa sino que son importantísimas y que será necesario ponerlas en práctica de inmediato. Raro es que en su larguísima campaña electoral nunca dijera el señor Fox nada concreto sobre las reformas financiera, energética, laboral, que ahora le parecen indispensables, y más raro todavía que no se tome la molestia de explicarnos con algún detalle cómo van a ser. Otra vez, como en los anuncios de la televisión, sabemos que vendrá el nuevo modelo de legislación laboral y que será arrebatador, nada más.

Será todo por motivos de estrategia, pero no se entiende muy bien. Da la impresión de que llevan el gobierno a empellones y que nadie tiene claro el panorama. No queda más remedio que tratar de adivinar la idea que se hacen del país y del futuro que nos prometen.

Ahora se trata de la electricidad. Según dice el Presidente, el propósito de la reforma es contar con “fondos importantes para inversiones” que hacen falta para escuelas y hospitales; según el Secretario de Energía, lo que se pretende es “mejorar la eficiencia y calidad del servicio”, aparte de “diversificar las opciones de los usuarios” para lograr “un incremento de la productividad y la competitividad”: en resumidas cuentas, “beneficiar al usuario”. Así dijo. Por mi parte, no tengo la menor duda de que ésas sean sus intenciones. Son muy buenas intenciones. Lo malo está en la parte que omiten en sus razonamientos. Para que haya ese dinero para escuelas y hospitales hace falta que no se gaste en producir electricidad, pero alguien habrá que lo haga y que cobre por ello, como es natural; y eso ya suena a abrir un hueco para tapar otro. Lo de beneficiar al usuario es un poco más retorcido: es una posible consecuencia secundaria, derivada de la mayor productividad que teóricamente se conseguiría por la competencia, al diversificarse las opciones, en la hipótesis de que hubiera varias; de momento, lo único que puede hacerse con la ley es tratar de beneficiar a los empresarios productores de energía (para que haya muchos, para que compitan entre sí, para que esa competencia los haga ser más productivos y que terminen por ofrecer un servicio mejor y más barato).

Es tan azaroso, tan vago e improbable, que no se entiende que no hayan empezado más bien por reformar la Comisión Federal de Electricidad para hacerla más productiva, más eficiente y todo lo demás; al menos en eso podrían intervenir directamente. Corrijo: es algo que se entiende bastante bien. En el país que se imaginan, en el que les gustaría, la Comisión Federal de Electricidad sale sobrando. Basta el mercado. En eso sí hay consistencia y uniformidad en el gabinete. Lo que ven son usuarios, consumidores y clientes, problemas de productividad y eficiencia que podrían resolverse quitando el estorbo del Estado.

Es probable que no sean más explícitos ni más claros para explicar sus reformas porque para ellos son de sentido común. Quieren hacer, como dice el Presidente, lo que han hecho “todos los países del mundo” y eso es –o parece- una razón de peso. Por eso también la urgencia, el apremio: es el apremio con que se hacen las cosas en el mercado; hay que hacer más, más deprisa, más barato, ponerlo en oferta y no perder las oportunidades. El cambio consiste en eso. Y con razón todo tiene ese aire de anuncio de televisión: no hay nada que preguntar. Al final seremos todos felices.

Ahora bien: a partir de esa idea, lo único que puede hacerse con las leyes es favorecer o impulsar el mecanismo privado de producción de riqueza. Como se dice, ofrecer incentivos y garantías a la inversión. De ahí en adelante todo son expectativas hipotéticas, es decir: buenos deseos. De una ingenuidad que da miedo. Por eso, supongo, da la impresión de que no hay un orden general de las reformas, no hay orientación del cambio ni visión de conjunto, porque se supone que el mercado debe proveer todo eso. Pero sucede que hace tiempo que la lógica del mercado no tiene prácticamente nada que ver con la lógica de la preservación del orden, la cohesión o la prosperidad de ninguna sociedad: entre otras cosas, en eso consiste eso que se ha dado en llamar “globalización”.

Con todo, aunque no sepan ni a dónde vamos, llevan ventaja los reformadores. Primero, por nuestra vieja afición por las reformas, que es en parte la necesidad de que algo cambie y en parte la tentación de apretar el botón rojo, a ver qué pasa. También porque nadie parece tener una idea mejor. Hay resistencias, desde luego, y tienen su punto de sensatez, como todo conservadurismo: nada nos asegura que el futuro vaya a ser mejor. Pero es difícil inspirar entusiasmo con eso.

La Crónica de hoy, 27 de agosto de 2002