Guía de inquisidores

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Es posible acostumbrarse a casi todo. Llega a leerse el periódico, disparate tras disparate, con verdadero aburrimiento. Estamos tan habituados a la ineptitud y la incuria de nuestros políticos que rara vez hay alguna noticia que llame la atención, ninguna que sorprenda. Pocas que valga la pena recordar dos días después. Pero a veces sucede.

La semana pasada, según parece, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación anunció que “confiscará” los libros publicados por la fundación “Vamos México” para quemarlos públicamente. Eso dijeron sus líderes, al pie de la letra y con toda seriedad. Por lo visto, los maestros han decidido que deben arder en la hoguera los tres volúmenes que forman la Guía de Padres porque “abren las puertas a la ultraderecha y los grupos más conservadores que hay en el país”. Son trabajadores de la educación, es decir: maestros. Harán una pira para quemar miles, si pueden millones de libros. Creo que es, de verdad, algo memorable. Espantoso.

Entre las muchas formas posibles de estupidez hay un signo inconfundible de la barbarie: quemar libros. Sean los que sean, digan lo que digan, los queme quien los queme. Es la forma más agresiva y más imbécil de la intolerancia, procurar que no quede ni rastro de las ideas de los otros, que no haya ni siquiera la posibilidad de conocerlas. Por supuesto, se ha hecho siempre, desde que hay libros; es un gesto desolador de puro repetido y que siempre dice lo mismo: el odio a la inteligencia, la incapacidad para razonar o la voluntad de negarse a la razón, la sorda y silenciosa voluntad de destruir. Para evitar dudas, mejor que no piense nadie.

En general, el odio y el fuego se llevan bien. No sólo por la capacidad de destrucción inmediata, absoluta y luminosa del fuego, sino porque las llamas inspiran un sentimiento de purificación, casi sagrado, y el odio de verdad es siempre religioso: tiene por objeto al Mal. Por eso es frecuente que en las manifestaciones haya el ritual de quemar banderas, emblemas, figuras que representan personajes públicos. En cualquier caso es triste ver que la gente no encuentre otro mejor modo de expresarse; peor: que el fuego sea todo lo que tiene que decir. Es triste, aterradora la alegría feroz de cualquier muchedumbre ante una llamarada de odio. Pero quemar libros es algo más, mucho más y mucho peor. Será –imagino- una lección inolvidable la de nuestros maestros arrojando libros a la hoguera: ufanos, victoriosos, alegres e iracundos, como todos los que han quemado libros antes que ellos. Después volverán a su clase; a enseñar ¿qué?

Por cierto: no tengo ni idea de lo que digan esas Guías de Padres, no he tenido ocasión de conocerlas, salvo por las cuatro líneas que han entresacado los periódicos. Seguramente, si las leyese, estaría en desacuerdo con mucho de lo que dicen. Por otra parte, tampoco me deja muy tranquilo la extraña pepitoria de caridad, propaganda y politiquería de la fundación “Vamos México”. La mezcla no me gusta: que la esposa del Presidente, como si fuese una persona más, dirija una fundación privada de caridad, con recursos millonarios repartidos en mano, y que pueda utilizar para sus fines al sindicato nacional de maestros, que trabajan en la educación pública, todo ello me resulta demasiado confuso. Más todavía: usar ese aparato y usarlo de esa manera para dar lecciones de moral me parece, digámoslo así, de dudosa moralidad; entre otras cosas, porque es el sistema de educación pública y es una idea particular, privada, de lo que es la moral. Prefiero las cosas claras.

A pesar de todo, me gustaría que se distribuyesen y se leyesen esos libros. Me gustaría que se escribieran otros, con otras ideas, y que se leyesen también (me gustaría, dicho sea de paso, que esos otros tuviesen también un mínimo de apoyo). Prefiero que los libros se lean: todos; y no que se quemen: nunca, ninguno.

Reconozco, a ciegas y sin duda, que pueden hacerse mejores libros y es necesario hacerlos: otros veinte y otros doscientos, cuantos más, mejor. Para abrir las puertas a la derecha, a la izquierda y a todas las otras posibilidades de la geometría moral. Con suerte, acaso alguien en el Sindicato de maestros, en el gobierno federal o en la fundación “Vamos México” también pensará que no hace daño la libertad y que sería bueno tener un país de lectores: con suerte hay quien no tiene mentalidad de inquisidor y prefiere favorecer la diversidad. Todavía quiero confiar en ello. Mientras tanto, lo que urge, con verdadera urgencia, es una guía de maestros, que les diga para qué sirven los libros.

 

La Crónica de hoy, 18 de febrero de 2003