Hablar del ejército

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Es malo tener que hablar del ejército. Significa que las cosas van mal: muy mal. Sin discutir mucho, podemos estar de acuerdo en que es necesario, pero también es necesario –salvo en situaciones catastróficas- que se quede en un segundo plano, de imaginaria. Cuando se mezclan de cualquier modo el ejército y la política, cuando hace falta hablar y discutir sobre el lugar del ejército, su responsabilidad, sus funciones, cuando empiezan a aparecer militares en los periódicos es mal asunto, tiempo de empezar a preocuparse en serio.

Hace unos cuantos días supimos que se había desmantelado una guarnición completa en Guamúchil y se había destituido al jefe de la Novena Zona Militar por su complicidad con el narcotráfico. Eso quiere decir que se sigue la guerra contra las drogas y la corrupción: es una buena noticia. Pero eso quiere decir también que los malos llevan ventaja y han ganado un terreno muy considerable. Es una mala noticia. Mucho peor porque se recibió como si tal cosa, con escándalo bastante moderado y sin que a nadie le sorprendiera mucho, según parece.

A mí sí. Me sorprende y hasta me conmueve que el Estado mexicano sea capaz de perseguir, detener y procesar, incluso con publicidad, a los jefes y oficiales de un batallón completo. Porque no es obvio ni fácil de hacer. Porque puedo imaginarme muy bien la situación en que eso ya no sea posible. Haría falta muy poco, un par de accidentes y una ocasión favorable, para que un batallón como el de Guamúchil decidiera sencillamente desobedecer; veríamos entonces a un general muy patriota, junto con algunos campesinos descontentos, un remedo de guerrilla y unos cuantos políticos en desuso, pronunciándose en contra del mal gobierno (para tener el cuadro completo, sumemos el dinero y las redes políticas del narcotráfico). De verdad: lo raro es que no suceda nada de eso.

El sentido común dice que es un disparate, ya lo sé: porque el ejército es disciplinado y es leal al Presidente y a la Constitución. De acuerdo. Todo el ejército salvo el comandante de la Novena Zona Militar y el batallón de Guamúchil. Lo malo es que podría cundir el ejemplo.

Hablemos en serio. Nuestro sentido común está encariñado con la fantasía del poderoso Estado mexicano: la demagogia del PRI y la de la oposición contribuyeron, por partes iguales, a hacerla casi verosímil. Pero es una fantasía. Por otra parte, es verdad que no es previsible una guerra civil capaz de arrasar con todo, pero eso no significa gran cosa. El Estado mexicano es un aparato precario, mal armado, en permanente bancarrota, incapaz de hacerse obedecer por los vendedores ambulantes o los burócratas de ventanilla. Se ha mantenido no por la solidez de las instituciones, sino por el enredo de clientelas, favores, excepciones, pactos y negocios del orden priísta, con el ejército de imaginaria. Eso hace suponer que no se derrumbará por un estallido revolucionario, un ataque declarado y frontal, masivo, en una conflagración apocalíptica, sino que –según lo más probable- se irá hundiendo poco a poco, se irá desmadejando entre pequeños motines, sustos de banqueros, pronunciamientos y conspiraciones de abarrotería. Así se acaba el mundo: no con una explosión, sino con un quejido.

Por todo eso me sorprende: me asombra y me inquieta que hayamos empezado a hablar del ejército. Más todavía, que comiencen a desfilar por los periódicos, como cosa natural, los generales, y que los haya buenos y malos: los que están aliados con la delincuencia y los que nos ofrecen seguridad, orden y mano dura, caiga quien caiga. Por eso, incluso lo que hay de bueno en las noticias recientes parece vagamente amenazador. Significa que nos hemos encontrado con el límite de la política. Más allá hay sólo el ejército, puesto en lo suyo, que es hacer la guerra (aunque sea una guerra mexicana: vacilante, negociada, fragmentaria, más o menos caótica).

El escándalo de Sinaloa ofrece toda clase de lecciones prácticas: que hay que retirar al ejército de la persecución del narcotráfico, que conviene procurar la rotación de los mandos, lo que sea. Hay una fundamental, para los alegres demócratas que nos gobiernan y los que aspiran a gobernar: la popularidad puede conseguirse con la aérea facilidad de la televisión; el poder político se apoya, sin remedio, en el vínculo de obediencia muy terrenal –hasta lodoso- entre las instituciones, los ciudadanos y la fuerza pública. Sin eso, no hay nada. Por eso es malo que haga falta hablar del ejército. Mejor sería que pudiéramos olvidarnos.

 

La Crónica de hoy, 29 de octubre de 2002