Hermenéutica y ciencias sociales

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(Apareció en el Diccionario Latinoamericano de Ciencias Sociales, Buenos Aires: Paidos, 2002)

La palabra hermenéutica tiene una historia larga y sinuosa, que comienza en la Grecia clásica, como tantas cosas; pero en su origen es algo bastante modesto: la técnica de interpretación de los documentos escritos, para establecer su significado correcto. Con el tiempo, la definición ha cambiado y el término se usa para referirse a la interpretación de todo lenguaje imaginable; en sustancia es lo mismo, un recurso auxiliar para evitar malentendidos al interpretar un texto, un cuadro, una acción.

Ahora bien: como cualquier otra herramienta intelectual, es útil sólo si se supone que el mundo está organizado de cierta manera. La estadística es útil si se supone que la reiteración de los fenómenos, su frecuencia o su probabilidad son importantes; la hermenéutica es útil si se supone que hay algo que debe ser interpretado y que no está inmediatamente a la vista, si se supone que en un texto, una obra, un suceso hay un significado que no es evidente y que necesita ser descifrado. En ese caso, el método procura evitar los malentendidos, procura asegurar que la interpretación sea correcta.

El desarrollo moderno de la hermenéutica se inicia con dos disciplinas: la filología clásica y la exégesis bíblica. Como es lógico, el primer texto que ameritó la elaboración de un método particular para su interpretación fue la Biblia, pero también, por razones similares, los manuscritos griegos y latinos que están en el origen de la cultura occidental. En un caso y otro la dificultad estaba en deshacerse de las deformaciones que había producido un modo habitual de leer e interpretar los textos, para estar en condiciones de restablecer su significado original. Para las iglesias protestantes era indispensable una lectura de la Biblia que fuese independiente de la doctrina y la tradición de la iglesia romana; para los primeros humanistas del Renacimiento era necesario, de modo parecido, eliminar los aditamentos e interpolaciones cristianas del pensamiento clásico.

Pero no se trataba tan sólo de leer de nuevo los textos, haciendo caso omiso de las apostillas, exégesis y comentarios posteriores; también hacía falta alguna garantía de que la nueva interpretación no traicionaba la intención original y, más aún, que era la única interpretación fiel a la intención original. Es decir: era necesario acceder a esa intención mediante una reconstrucción –conjetural, pero bien fundada- del contexto. Buscar fuera del texto las condiciones que lo hacían inteligible.

Digámoslo en otros términos. La interpretación de los textos, con esa nueva idea, requería situarse en el punto de vista de su autor, para reconocer con seguridad su intención. Pero para eso hacía falta plantear muchas preguntas que el autor mismo no se había planteado nunca ni podía plantearse, hacer consciente lo que para el autor formaba parte del mundo, sencillamente. El resultado, un poco extraño, de esa operación debía ser que el intérprete estuviera en condiciones de entender al autor mucho mejor de lo que él mismo pudo entenderse (en lo cual hay una paradoja: entender “mejor” significa entender algo distinto, y no lo mismo que el autor).

La dificultad específica de la hermenéutica está en el propósito de establecer el significado correcto, es decir, ofrecer una interpretación objetiva y cierta del texto (el cuadro, la obra, la acción). Porque siempre se trata de un hecho singular, único, cuyo significado es también único y no permite una verificación experimental, estadística, ni siquiera analógica o comparativa. En eso estriba la dificultad pero en eso está también el mérito posible del método hermenéutico: en establecer un criterio de validez que garantice una comprensión objetiva de los hechos singulares. Por esa razón se ha querido ver en la hermenéutica un modelo para las que se llamaban Ciencias del Espíritu, incluso un fundamento útil para toda interpretación de los fenómenos humanos, como lo propuso Dilthey; por supuesto, hay pautas, regularidades y similitudes en los acontecimientos históricos, como hay géneros literarios y estilos en los textos, pero cada texto y cada hecho es, en estricto sentido, único e irrepetible.

No obstante, esa ampliación en el uso del término, para aplicarlo a los hechos históricos de toda índole, no es tan sencilla: implica que, en lo que tienen de singular, los hechos son siempre susceptibles de interpretación. Y eso no es algo obvio, ni mucho menos. Los hechos están a la vista, son ostensibles y materiales, ciertos, objetivos y acabados; pueden estar necesitados de explicación, pero no ocultan nada, es decir, no requieren una exégesis. A menos que se suponga que poseen un significado ulterior, que no se manifiesta de inmediato.

Las dos ideas implícitas resultan problemáticas: que los hechos humanos posean un significado, más allá de lo que es ostensible, y que ese significado resulte difícil de conocer de manera inmediata. Estamos familiarizados con ambas ideas porque es frecuente que se adopten como supuestos básicos, como criterios de método en varias disciplinas de nuestras Ciencias Sociales: en el psicoanálisis, por ejemplo, en la antropología estructural, en la sociología de Alfred Schutz . Sin embargo, en un principio, el intento de comprender la historia de ese modo, como si fuese un texto que hace falta descifrar, no era algo que se admitiese con facilidad.

Por supuesto, existía desde hacía mucho la idea de la Historia Providencial, encaminada hacia la Salvación, que con el tiempo daría en numerosas versiones seculares: la Civilización, el Progreso, la Libertad. Todas ellas suponían que la historia tenía un sentido, pero siempre un sentido trascendente y universal, que correspondía a la Naturaleza Humana. La hermenéutica propone otra cosa: una historia que no es unitaria, cuyo significado no es universal ni puede conocerse de antemano; la dificultad está en que eso supone otra idea de lo que es la Naturaleza Humana y otra idea del método con el cual puede conocerse. El origen de esa nueva noción de la historia está seguramente en Nápoles, en los oscuros escritos de un oscuro académico de principios del siglo dieciocho: Giambattista Vico.

El ánimo general del siglo, entre los letrados, era científico, es decir: racional, geométrico y sobre todo naturalista. Se suponía que la Razón tenía una forma única y el conocimiento un único método de resultados ciertos; ambas cosas inducían a buscar en todo la unidad, la uniformidad. Lo que parecía más importante, y con razón, era encontrar un equivalente de la Ley de Gravitación Universal para explicar el orden de las sociedades humanas y el proceso de la historia. Son producto del mismo empeño la Filosofía de la Historia de Condorcet, las disparatadas especulaciones del mesmerismo y la sociología de Saint-Simon y Comte .

Podía ser más o menos difícil descubrir esa Ley Universal, todas las conjeturas eran discutibles; pero algo muy distinto era decir, como dijo Vico, que era imposible encontrarla porque cada cultura y cada época debían ser entendidas en sus propios términos y que sólo así podían hacerse inteligibles. Es decir: que no había una unidad natural de la historia humana.

La nueva ciencia de Vico tenía un punto de partida muy simple: sólo podemos comprender plenamente aquello que hemos hecho nosotros, porque sólo en ese caso conocemos sin duda su significado; de lo demás tendremos, en cualquier caso, un conocimiento exterior, secundario, derivado. Eso significa que el conocimiento de los fenómenos naturales, con toda la exactitud que pueda tener, será siempre incompleto porque no podrá dar cuenta de su significado; la historia, en cambio, como obra humana, puede ser comprendida de otra manera: a partir de los deseos y las pasiones, las ideas, las creencias e intenciones de los hombres. Puede ser comprendida de manera íntima, como toda creación, porque podemos comprender la intención del creador.

Cobra forma entonces, a partir de la obra de Vico , una oposición nítida entre dos ideas de la Ciencia Social: una idea naturalista, que busca explicaciones causales, generalizaciones y leyes de validez universal, y una idea (digámoslo con algún abuso) hermenéutica, que aspira a interpretar el significado de hechos, situaciones, procesos que por definición son únicos y singulares.

Desde luego, ha habido numerosos intentos de conciliar ambos modelos, pero no dejan de ser, en su intención, opuestos. La mirada naturalista busca regularidades y pretende explicar los hechos históricos mediante las conexiones causales que los han producido; la explicación es puramente externa, como lo es la de cualquier fenómeno natural, y es susceptible de ser verificada mediante algún conjunto de datos. La alternativa consiste en la comprensión de los hechos, lo que significa captarlos tal como son experimentados por los hombres, captar la conexión interna por la cual tienen sentido: los propósitos, las ideas y valores que los configuran.

Comprender un hecho social quiere decir reconstruirlo como obra humana, con un significado único, que no obedece a un mecanismo; quiere decir penetrar en los motivos, deseos, temores, en el universo intelectual y moral de los hombres en esa situación. Comprender quiere decir también trascender ese conocimiento superficial, inmediato, que proporciona la exterioridad de los sucesos, ir más allá de lo ya sabido de antemano (y tornar problemático eso que “ya se sabe de antemano”). Compenetrarse, por ejemplo, de lo que podía significar para un grupo de hombres el imperio o la patria, la bandera, el honor y la obediencia, de modo que por ese camino se transforme una masacre hasta llegar a ser la batalla de Ayacucho.

Ahora bien: situarse en el punto de vista de los actores para comprender su acción mejor incluso de lo que ellos mismos pudieron comprenderla no es sencillo. Porque requiere, en primer lugar, deshacerse de toda idea y toda interpretación prefabricada, debida a los juicios, a las valoraciones propias del horizonte cultural del investigador. No existe un punto de vista perfectamente neutral, carente de prejuicios: el acto de comprensión está situado dentro de un universo cultural, lo mismo que el hecho que se quiere comprender.

Pongamos un ejemplo clásico. Para comprender el significado de los oráculos entre los azande es indispensable no dar por supuesto que sean una forma rudimentaria de predicción científica, no dar por supuesto que sea una forma errónea de prever el futuro. Pero también es necesario no dar por supuesto que nuestro modo científico, racional, nos permite una mejor comprensión o una comprensión correcta del fenómeno; porque sólo puede comprenderse plenamente dentro del horizonte cultural de los azande. De modo que sería necesario, por decirlo así, saltar por encima de la barrera de nuestro modo de mirar el mundo, superarla y situarse fuera de ella.

Por supuesto, en estricto sentido la tarea es imposible. Pero es un ideal que orienta la investigación, configurándola como un proyecto siempre relativo y siempre inconcluso: inagotable. Un proyecto que exige ir de las partes al todo y viceversa, de cada hecho particular: un texto, una acción, una obra, al horizonte cultural en que adquiere sentido, y de este horizonte hacia los hechos; pero también ir y venir de aquella cultura a la nuestra, para corregir sesgos y prejuicios. Es una manera de conocer mediante aproximaciones sucesivas: donde el significado de una palabra se modifica a la luz del conjunto del texto, pero donde también la comprensión del conjunto cambia al matizar el significado de cada palabra; donde una cosa y otra se aprecian de modo distinto en el contexto de una tradición y una circunstancia, que son afectadas también, a su vez, por la nueva lectura de un texto.

El modelo esquemático al que mejor puede asimilarse la idea hermenéutica es una situación de diálogo. Dos hombres que hablan ponen de manifiesto sus intenciones, sus deseos, sus ideas, no sólo en lo que dicen, sino en el modo de decirlo; pueden comprenderse mutuamente sin dificultades porque comparten en ese momento todos los rasgos que componen el contexto: comparten la situación, también el idioma, la cultura, la perspectiva histórica, el mundo de la vida. Saben uno de otro mucho más de lo que dicen las palabras. Aparte de eso, la interacción permite que cualquier malentendido se aclare pronto, pidiendo explicaciones.

La idea de la hermenéutica es que en todo obrar humano hay una posibilidad de comunicación y comprensión similares a las de esa situación de diálogo. En lo que hacen, en lo que escriben o producen los hombres ponen de manifiesto una intención, un propósito, una idea: toda acción es significativa. Por eso admite la comprensión interna. La dificultad consiste en que suele estar ausente todo el conjunto de condiciones que permiten el entendimiento inmediato en el diálogo; y cuando falta cualquiera de ellas es necesario el apoyo de algún recurso metódico para interpretar correctamente.

En general, es necesario el auxilio de la hermenéutica cuando no se comparte el mismo mundo de vida, cuando son diferentes el contexto en que se produce el significado y el contexto en que ha de interpretarse. El caso ejemplar es el de cualquier texto recibido: tiene sentido y dice algo, pero no es precisamente el sentido que le dio su autor ni dice hoy todo lo que dijo en otro tiempo; por eso hace falta penetrar en las razones de lo dicho y hacerse cargo de las condiciones intelectuales, morales, expresivas, de su racionalidad. Hace falta restaurar el nexo vital al que pertenece el texto.

Puede tratarse de un modo muy similar cualquier otra obra humana, siempre a partir del supuesto de que es inteligible, que tiene un sentido; es decir, según la expresión de Dilthey, que es signo sensible de una interioridad, de una realidad humana con propósito y significado. Sobre esa base se ha desarrollado buena parte de la antropología cultural, el psicoanálisis y la historia de las ideas en el siglo veinte. Hay diferencias muy considerables en el método y los recursos de una disciplina y otra; tienen en común el configurar el trabajo de la interpretación como un diálogo incompleto, que es necesario reconstruir. También la idea, indispensable, de que hay una comunidad fundamental entre el intérprete y los sujetos cuya obra se quiere comprender; por esa razón, en cualquier materia, la hermenéutica implica siempre un ejercicio de autorreflexión: conocer las condiciones y los límites de nuestro mundo de significados, al reconstruir las condiciones, los límites, de otro mundo de significados.

 

 

 

 

 

Bibliografía aconsejable.

VICO, Giambattista, La Ciencia Nueva, México: F.C.E.

DILTHEY, Wilhelm, Introducción a las Ciencias del Espíritu, México: F.C.E.

BERLIN, Isaiah, Vico y Herder, Barcelona: Cátedra

GADAMER, Hans Georg, Verdad y método, Salamanca: Sígueme.

HABERMAS, Jürgen, Teoría de la acción comunicativa, Madrid: Taurus.

WINCH, Peter, Para comprender una sociedad primitiva, Barcelona: Paidós.

RICOEUR, Paul. Freud: una interpretación de la cultura, México: Siglo XXI.

POCOCK, J.G.A., Politics, Language and Time, Chicago: Chicago University Press.

 

 

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