Humanismo

Etiquetas: , ,

En su reunión del fin de semana pasado el líder del PAN, el señor Espino, propuso una purga de la administración federal: pidió al presidente que despidiera a los funcionarios desleales, a los que no se han sumado al proyecto ni han adoptado la nueva “filosofía”. Así dijo. El presidente, por lo visto, acogió la idea con entusiasmo, enseguida ofreció “erradicar” a los desleales. Con esa enérgica, beligerante vaguedad inicia la campaña presidencial, a un año de distancia. Es imposible saber cuál sea esa filosofía ni en qué consista la deslealtad: la amenaza va para todos, significa que vienen meses de una guerra de trincheras en el gobierno federal.

En esa misma reunión la señora Sahagún pidió que el PAN rechace las etiquetas de izquierda y derecha y se defina como un partido humanista. También a López Obrador de gusta la palabra como identificación de su proyecto económico que no es ni populista ni liberal, sino humanista. No hace falta esforzarse mucho para entender el significado de la expresión: no significa nada. Es una palabra elegante y hueca, de sonoridad agradable, que no implica ningún compromiso y sirve para justificar cualquier cosa; el humanismo se puede poner en los lemas de campaña de cualquiera, en los sermones del arzobispo o en un anuncio de detergente. Dice lo mismo en todos los casos.

No es extraño, porque nadie va mucho más allá en cuanto a definición política. Tampoco hace falta. Hace tiempo ya que nuestra vida pública no es más que una ruleta de nombres propios. Hay en todos los partidos alianzas incomprensibles, pleitos, amenazas, cabecillas que cambian de bando, todo confuso y abigarrado y variable. Lo más interesante de la información política, lo que tiene más miga son las reuniones privadas, saber quiénes se reunieron ayer a cenar y quién faltó al desayuno de hoy.

Aclaremos. No pienso que haya lugar en la política para sutiles ejercicios de argumentación. No espero que los candidatos tengan ideas concretas, claras; como decía Ortega, hay quienes nacen para hacer política, hay quienes nacen para hacer definiciones. La hipocresía, la vaguedad, son tan necesarias para la vida pública como la ambición. No tiene sentido lamentarse por eso. Lo desagradable es que no haya nada más. Por interés, por desesperación, por pura necesidad de creer hay quienes imaginan que es enormemente importante que llegue a la presidencia Santiago o que llegue Roberto o Andrés Manuel, Felipe, Enrique; la verdad es que son todos igualmente humanistas. Tanto da.

No es un problema personal. No que estos políticos nuestros de hoy sean más ineptos o sinvergüenzas que otros, de antes. Aunque también haya eso. Lo que ha cambiado es el sistema. Por grave que sea un escándalo no dura más de quince días en la prensa, todo pasa y pasa pronto, nadie se siente obligado a dar explicaciones de lo que hace ni la oposición se lo pide; todos tienen sus secretos sucios, todos echan mano de los mismos recursos y se sabe. Cuando aparece algo de mucho bulto se reprocha a los periodistas su falta de equilibrio, su parcialidad o lo que sea. Seguramente no es culpa de los medios ni de los partidos ni de nadie en particular: la inercia democrática hace inevitable la demagogia, el nuevo orden mundial –o lo que sea- reduce las opciones de política, los medios obligan al histrionismo, la fragilidad de los partidos permite el baile de nombres. Como cosa general, la política empieza a no tener ningún sentido.

Un ejemplo. Hace unos días supimos que el secretario de relaciones exteriores, el señor Derbez, había dejado esperando dos horas a los representantes de la Comisión Europea en Bruselas. Se dijo que estaba de compras. Algún subordinado salió a explicar que todo era parte de una estrategia de presión, porque al secretario no le gustaba la agenda prevista para la reunión, de modo que había que considerar todo un éxito que el encuentro hubiese durado sólo quince minutos y que no hubiera habido ni siquiera una rueda de prensa después. Más todavía: el secretario se había rehusado a asistir, ese mismo día, a la toma de posesión del nuevo Secretario General de la OEA, José Miguel Insulza. Otro gesto heroico. Para dejar muy clara la posición de México. Bien. Lo que no se sabe es cuál es la posición de México ni por qué se ha adoptado. No es que a nadie le preocupe, sino que seria absurdo preocuparse: todos sabemos que no hay nada más que el capricho del secretario, y da lo mismo.

Queda, como contenido de la política, un residuo más o menos amargo de antipriísmo y la fantasiosa esperanza del cambio, sin adjetivos ni sustantivos. Eso y el aparatoso tráfico de clientelas, un lento desorden en que se van afianzando los poderes fácticos. Humanismo: el que tiene más saliva, traga más pinole.

 

La Crónica de hoy, 1 de junio de 2005