Impecable y diamantina. Y urgida de reformas

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Apuntes acerca de la obra de Tadeo Ortiz

Hay una desmesura muy característica de los escritores y publicistas de la primera mitad del diecinueve mexicano. Tenían casi todos ellos la ambición de reformarlo todo, de rehacer al país por completo, porque estaban convencidos de estar iniciando una nueva época. Hoy nos parece, desde luego, un despropósito, pero no era así entonces.

Ese talante animoso, impulsivo, un poco ingenuo si se quiere, es herencia directa y lógica de la Ilustración, y consecuencia de las revoluciones de Francia y Estados Unidos. Parecía entonces obvio que el Antiguo Régimen era, en todas sus partes, una monstruosidad, producto del oscurantismo, de la ignorancia; y parecía también que era posible dar a la sociedad una organización racional que sería, por eso, armónica y duradera.

El libro de Tadeo Ortiz, pues, parece hoy extravagante y desorientado, pero ilustra del mejor modo un estado de ánimo bastante frecuente y común hace doscientos años. En su intención hay algo, e incluso mucho que permite emparentarlo con los proyectos de Rousseau para Córcega y Polonia; se trata, en ambos casos, de imaginar las mejores leyes, las mejores instituciones, las reformas necesarias a la luz de las características particulares del clima, la geografía, las costumbres.

También hay mucho, por cierto, del utopismo de la generación de la independencia, del ingenuo empeño científico del primer positivismo francés, y del temperamento escrupuloso y ordenancista que estimuló las reformas borbónicas. En todo es un libro de su tiempo, y eso quiere decir un libro anticuado, cuyo interés estriba, no tanto en lo que dice de México, cuanto en lo que dice de las ideas que Tadeo Ortiz y muchos como él se hacían de México. Conviene decirlo así porque eso explica el provecho que puede sacarse de la lectura, lo que puede esperarse de ella.

Las peripecias de la vida de Simón Tadeo Ortiz de Ayala (1788-1833) ilustran bien los dilemas y las elecciones de una buena parte de los letrados mexicanos del siglo pasado. En particular, esa ambigüedad característica de quienes se sentían obligados a combinar el trabajo intelectual con el servicio público y la militancia política [1].

En eso, como en muchas otras cosas, la vida y la obra de Ortiz de Ayala están siempre entre dos aguas. Entre el virreinato y la primera República federal, entre Europa y América, entre el liberalismo y el conservadurismo, entre el distanciamiento intelectual y el compromiso político. Una nota hay, sin embargo, inequívoca: el optimismo, que se entiende y se justifica por el futuro posible, no por lo que hay sino por lo que puede haber en lo porvenir. Un optimismo patriótico y progresista que en ambas dimensiones imagina, necesita imaginar que todo ha de hacerse compatible a fin de cuentas; escribir es una forma de contribuir para ello.

No había entonces más remedio que escribir para servir a la patria. Y así lo hace Tadeo Ortiz, que publica su libro para ilustrar al pueblo y aleccionar a los políticos, para «excitar el celo de los sabios y hombres de estado» e indicarles «sus deberes más esenciales»; también para ilustrar al «vulgo y a la juventud» con «máximas sanas» y principios exactos. Ilustrar, pues, aleccionar, pero ¿en qué materias? En todas. Derecho, economía, política, educación… Porque sólo conviene a la magnitud de la tarea reformadora un saber enciclopédico, que no reconozca límites, que no descuide nada de lo fundamental.

Vicariamente, por la vía del consejo, Ortiz asume el papel del Legislador de Rousseau. Imagina que puede elevarse por encima de las disputas políticas del día, que puede desentenderse de los accidentes de la pequeña historia para conocer y expresar los verdaderos intereses de la nación, y explicar -con detalle- el mejor modo de procurarlos.

Con detalle, sí, con todo detalle. Porque se ocupa de los grandes temas: la división territorial del país, la política comercial y los procedimientos electorales, pero no le hace ascos a la meditación sobre minucias como el hábito de los seminaristas o la ubicación del matadero de la ciudad de México. por ese carácter casi enciclopédico del libro resultan mucho más reveladoras las omisiones, los temas que no aparecen, que no se discuten; en particular, los asuntos de la Iglesia: nada se dice de la libertad de conciencia ni de los bienes eclesiásticos, temas que era forzoso dejar de lado para conservar la ilusión de la unidad nacional.

Se trata, en resumen, de un libro interesante sobre todo por su desmesura, por los prejuicios y las fantasías con que están urdidos sus argumentos.

 

 

1. El ánimo ilustrado de Tadeo Ortiz

 

Por su intención y por su forma, el libro de Tadeo Ortiz pertenece al universo mental de la Ilustración. También por sus temas y, sobre todo, por la estructura de sus argumentos, por el conjunto de supuestos que organizan y justifican su manera de razonar.

Hay rastros en él, por supuesto, de otras tradiciones, del viejo corporativismo hispánico y del novísimo positivismo francés, pero domina lo que habría que llamar «ánimo ilustrado», cuya influencia entre los letrados mexicanos fue acaso más duradera que entre los europeos. Duradera, pero también dramática: todo en la historia y en el orden social del país parecía empujar en sentido contrario; y tal vez por eso, precisamente, nuestros escritores se aferraron a un credo, a una manera de pensar que les permitía imaginar otro país.

Es algo, por cierto, que no se ha visto, que no se ha estudiado todavía con seriedad, y que hace falta. Las fantasías, a veces delirantes, a que han sido tan aficionados nuestros intelectuales tienen acaso su origen en una realidad que parece intolerable. De semejante modo, la sensibilidad moral de nuestras clases ilustradas ha hecho casi imposible el realismo, porque siempre parece reaccionario, cínico o, peor aún, derrotista.

Por eso las leyes de los últimos doscientos años han sido, por regla general, impracticables. No por ignorancia ni por descuido, sino por el propósito deliberado de cambiar al país. En ese sentido específico, nuestra legislación ha sido siempre revolucionaria, agresivamente opuesta a los hábitos y apetitos de la mayoría. Algo que para el ánimo ilustrado es del todo lógico, puesto que se trata de inaugurar el imperio de la Razón, desterrando los vicios y deformidades de los tiempos oscuros.

La Ilustración, sobre todo en sus formas más radicales y más simplistas, resultaba atractiva para nuestros letrados porque les daba la razón en todo. Para empezar, y no es poca cosa, en su querella histórica, política y, sobre todo, sentimental con los peninsulares; también en su lucha -sorda, lenta, inconcreta- con una sociedad de indígenas y mestizos, rural, católica, comunitaria, bárbara. En ambos casos, además, ofrecía la ilusión de que era posible prescindir de la historia y hacerlo todo de nuevo.

En la obra de Tadeo Ortiz es algo bastante obvio; el país es, en su prosa, una masa indefinidamente dúctil, con la que puede hacerse cualquier cosa que haga falta.

El ánimo ilustrado le facilita las cosas también porque le permite ahorrarse casi todas las explicaciones, para ir al grano sin mayores trámites. La Verdad es una y casi evidente, accesible para cualquiera dispuesto a dejarse guiar por la Razón; por eso no hay en su método mucha originalidad ni mucha complejidad. De hecho, apenas hay algo que pueda reconocerse como «método». En cada caso basta con enunciar las «claras verdades» y los «principios exactos», cuya certeza puede conocerse con algún ejemplo histórico; y de ahí se pasa, sin dilación, a los detalles.

Hay un sólo orden racional, fundado en «principios luminosos y axiomas políticos», y capaz de procurar la unidad y la armonía. De acuerdo con ello es posible incluso componer una nueva división del territorio; según lo dice, los nuevos límites que propone para los estados, «la naturaleza los demarca y la razón los exige».

Es fácil ver, a la distancia, la enorme ingenuidad de una idea así, del pensar que es posible encontrar una solución definitiva e imparcial para los problemas políticos. Es del todo consecuente, sin embargo, con las convicciones de la Ilustración; la Razón puede procurar, en cualquier caso, «un punto céntrico de unidad invulnerable, y libre de los tiros de las facciones e influencia de las pasiones perniciosas». (Una convicción, dicho sea entre paréntesis, renovada por las pretensiones científicas de Comte y Saint-Simon). Y en eso se empeña, con todo esmero, Tadeo Ortiz, como muchos otros antes y después de él.

No se trata de que ignore los problemas, sino que imagina que basta la Razón esclarecida para resolverlos. Enumera, por ejemplo, los obstáculos que impiden el progreso del país, y se encuentra con que la ilustración puede hacerlos a un lado: el atraso físico y moral del pueblo, los vicios de la legislación española, la falta de principios «lumninosos y exactos», las pretensiones y «falta de cálculo» de los caudillos, y la desordenada marcha de la administración. Contra todo ello no conviene otra cosa sino la educación.

Una y otra vez, los temas más arduos, las reformas más aventuradas, los propósitos más enérgicos derivan en recomendaciones pedagógicas. «No puede haber dicha sin los conocimientos y la moral que nacen de la instrucción», de modo que es preciso ocuparse de ello: a fin de cuentas, ocuparse de civilizar al país, que de eso se trata.

De nuevo, no estaba solo Tadeo Ortiz para acometer tal empresa; como él, todos los demás letrados del diecinueve, hasta llegar a los positivistas del porfiriato, estuvieron convencidos de que los más de los conflictos resultaban de la ignorancia. Una convicción muy útil, por lo demás, porque permitía cohonestar del mejor modo los privilegios de la elite ilustrada, al tiempo que hacía razonables los proyectos políticos más desorbitados.

Incluso hoy parece cosa de sentido común algo de lo que dice, en este sentido, Ortiz: que «la educación elemental primaria de la masa del pueblo ínfimo es urgente e indispensable… porque ella constituye la esencial base y fundamento primordial en que reposa el orden social y el espíritu vital de una república regida popularmente.»

 

 

2. Las razones del antihispanismo

 

Era imperativo y urgente educar, sí, pero no de cualquier forma; sobre todo, había que procurar, por la educación, erradicar por completo lo que quedase de la influencia española. En eso también repite Tadeo Ortiz un lugar común que conviene mirar con algún detenimiento.

Los letrados necesitaban imaginar otro país, entre otras cosas porque no les gustaba el que veían. Pero era necesario hacer algo con esa realidad incómoda, intratable, de la barbarie; y lo más fácil, lo más rentable, lo más obvio era apuntarla en la cuenta de la Colonia. De modo que el antihispanismo se convirtió en una de las claves del discurso político mexicano.

Para el credo ilustrado, republicano y vagamente liberal que dominó las primeras décadas del diecinueve, el modelo político era, casi sin duda, el de los Estados Unidos; el enemigo histórico, España. Y en la comparación se veía una especie de despliegue espacial de la Historia: el tránsito del oscurantismo al imperio de la Razón, el movimiento del Espíritu de Europa a América que, para México, coincidía con la lucha por la independencia.

Con independencia de las demás ilusiones que hay entreveradas en semejante discurso, se nota, en particular, una nota falsa en el antihispanismo convencional. Una nota falsa que contribuye, seguramente, a hacerlo más violento: la forzada apología del mundo indígena. En la propia Declaración de Independencia se hablaba de una «nación mexicana» que había estado sometida por trescientos años al dominio extranjero, de modo que toda la retórica política posterior, para aprovechar las pasiones independentistas, tuvo que insistir en el disparate.

Por otra parte, la imagen de España que se fabricó con ese propósito era también una fantasía. Sirve como ejemplo típico en esto el ensayo de Ortiz, que encuentra en la Colonia «una administración y legislación monstruosas, trazadas con todas las bizarrías de los principios góticos, feudales y monacales»; cosa que a alguno le sonaría bien, pero que no pasa de ser, hablando con propiedad, un absurdo [2]. Con la ventaja, por supuesto, de tener a su favor el sentido común de la época.

Dicho todo lo cual conviene insistir en que ese antihispanismo típico, violento y superficial, era también del todo lógico y muy útil. Basta, para entenderlo, un párrafo de Tadeo Ortiz: «Los declamadores cáusticos de los defectos y calamidades de México olvidaron que allí han regido y dominado las desmoralizadas autoridades y mezquinas leyes de una nación que (en concepto del ilustre defensor de los derechos de América, el señor Pratt), por sus peregrinas doctrinas y pésima administración y atrasos, más bien pertenece a Africa que a la culta Europa».

El antihispanismo se convirtió, pues, en una clave del discurso político porque servía para muchas cosas. Para empezar, era el recurso más accesible para inventar una identidad nacional: permitía señalar a un Enemigo, por oposición al cual se encontrase algo común a todos. Por eso solía ser tan recurrente el tema de la conquista, que traducía la oposición a un lenguaje bélico y autorizaba cualquier adjetivo; era así, para Tadeo Ortiz, una conquista «injusta e inicua», obra de un siglo «vandálico», del «espíritu de ambición y avaricia de un tropel de aventureros» que incurrió en una larga serie de «escandalosas violaciones del derecho de gentes». Allí no hay, no puede haber lugar a dudas.

Pero no era sólo eso; también servía el antihispanismo para justificar el talante, digamos, jacobino de la elite criolla. Porque estaban empeñados, los letrados y los políticos, en cambiarlo todo, y la idea que se hacían del país los oponía, sin remedio, a la mayoría; pero eso también podía explicarse y defenderse. Precisamente por la herencia de la Colonia.

El razonamiento era un lugar común para la Ilustración; con matices distintos, es posible verlo en Montesquieu y en Rousseau, y con la intención política que cabe conjeturar, también en el discurso de los jacobinos. La resistencia de la gente, su desconfianza hacia las nuevas instituciones, su hostilidad hacia las nuevas ideas es el último bastión del Antiguo Régimen: una consecuencia inevitable de los siglos oscuros. La traducción mexicana es obvia: «las costumbres del país, escribe Ortiz, se resentían de los hábitos que imprime una administración despótica, rapaz y desmoralizada». Culpa de España, pues, también la impopularidad de los primeros gobiernos criollos y la inviabilidad de su legislación.

La inercia de la retórica hacía el resto. Esa distancia desdeñosa que tomaba la elite respecto a la mayoría era, no sólo explicable, sino necesaria. Era la garantía de estar en el camino correcto. Tadeo Ortiz lo pone en blanco y negro con una afirmación desorbitada: lo que hacía falta al país era «un gobierno que en sentido inverso de la administración colonial, sistemáticamente emprendiese y ejecutase todo lo contrario con la firme convicción de acertar.»

Por supuesto, no se trataba de eso, que hubiese sido un absurdo. El propio Tadeo Ortiz recomendaba con énfasis la recuperación de instituciones, arreglos y formas políticas de la Colonia [3]. Hay que entender la afirmación en otro sentido. Es indicio, en realidad, de la consolidación del antihispanismo como límite del discurso político: bastaría, en adelante, descubrir y señalar semejanzas con el orden colonial para descalificar cualquier propuesta.

Es probable, de hecho, que ahí radique la mayor debilidad del pensamiento conservador mexicano. Por su posición social, por las necesidades ideológicas que ésta imponía a la elite, resultaba imposible una defensa coherente del pasado: no era posible volver, ni podía ser persuasiva la retórica de la nostalgia.

Tadeo Ortiz no encuentra problemas en ello. Al contrario, tiene casi como estribillo la condena del régimen colonial. En todos los terrenos, todos los males tenían su origen en los tres siglos de opresión. La obstrucción del comercio era un lastre dejado por el virreinato, pero también la escasa población de los territorios del norte resultaba de la «apatía y abandono» de la administración española; incluso el «atraso y decadencia» de las instituciones de beneficencia era «debida a la rapacidad del gobierno desastrado colonial».

La fantasía tenía su contraparte en una imagen, igualmente fabulosa, de los Estados Unidos como modelo, «país clásico de la libertad, del orden, y asilo de todas las virtudes sociales». A diferencia de Francia o Inglaterra, además, Estados Unidos presenta la imagen limpia del futuro porque no tiene historia, porque está lejos de «la inquieta política de Europa»: porque pertenece a América, y en ello se cifra el porvenir.

Pocos años antes de la guerra, Ortiz escribía frases cuya ingenuidad parece hoy sorprendente: «El arreglo definitivo de los límites más naturales entre ambos estados [México y Estados Unidos], bien examinada la cuestión, es no sólo fácil, sino sencillo.» Y lo fue, sin duda, aunque no por las razones que él imaginaba.

Esa ingenuidad, sin embargo, es también explicable. Porque era necesario creer en el progreso, era necesario creer que el progreso era no más que el despliegue de la Razón, y que eso bastaría para disolver los conflictos. La cifra de ese otro mundo posible era América.

América era el espacio privilegiado para que se cumpliesen las promesas de la Ilustración: era, con todas sus consecuencias, el Nuevo Mundo, con los Estados Unidos a la cabeza. Valdría la pena, por eso, historiar el descalabro ideológico que supuso la guerra del cuarenta y siete: con ella no sólo se deshicieron las ilusiones sobre la riqueza y el poderío de México, sino que se hundió una interpretación general de la Historia. Los ribetes más ingenuos del credo ilustrado no pudieron sobrevivir a la catástrofe.

Para Tadeo Ortiz, sin embargo, todo eso está muy lejos; es, literalmente, inimaginable. Elogia, por supuesto, las instituciones políticas de los vecinos, encuentra en el federalismo la forma más racional del Estado, pero sobre todo subraya las virtudes de su sistema educativo: «En ningún país excita más la solicitud del gobierno la educación de las clases inferiores que en el de los estados Unidos.» Es lógico; con independencia de que fuese cierto o no, hacía falta decirlo porque la educación era la clave del programa político que Ortiz ofrecía en su libro. De modo que los Estados Unidos, como modelo ejemplar, tenían que serlo sobre todo en eso.

Con la distancia que le permite el estar hablando de otro país, explica además, con toda claridad, cuál es el propósito de atender tan esmeradamente a la educación pública. Los Estados Unidos, dice, son «una nación única, por decirlo así, que ha hecho desaparecer de su suelo ese populacho grosero, desmoralizado y supersticioso que deshonra a las naciones más antiguas y civilizadas y es el germen de las revoluciones.» Da igual, otra vez, que eso fuese cierto o no; lo que importa es que, en el modelo, la educación tiene un sentido, digamos, profiláctico que es la clave de su utilidad social.

 

 

3. La imagen de la Patria

 

Seguramente es una exageración el decir que la imagen que se hacía Ortiz de España o de los Estados Unidos era una fantasía. En todo caso, se trata de fantasías que cumplen con una función lógica: las exageraciones, las deformaciones son necesarias para la estructura de sus argumentos. Es necesario, lo hemos visto, localizar en alguna parte al Enemigo, localizar también el modelo que ha de servir como ejemplo.

No hay, entonces, ninguna arbitrariedad en tales fantasías; al contrario, los rasgos de imaginaria perversidad de España, como los de ilustrada cordialidad de los Estados Unidos dependen de rigurosas exigencias lógicas. Y lo mismo cabe decir, desde luego, de la imagen -desorbitada- de la República Mexicana.

El México de Tadeo Ortiz, en particular el México «natural» sobre el que han de trabajar las reformas, es en mucho una ficción, del mismo tipo que las de los otros países que sirven de apoyo a sus alegatos.

Hace falta que México sea, en primer lugar, dúctil, que sea reformable; hace falta también que pueda prosperar, hace falta que se den en él -sin dificultad- las condiciones que son requisito para la civilización. Y así lo imagina, así lo explica Tadeo Ortiz. Necesita hacerlo porque, de otro modo, no tendría sentido proponer reformas como las que intenta, no tendría sentido el optimismo que las justifica. Lo importante, otra vez, es que se trataba de una fantasía común y compartida: que las mismas exigencias conducían a deformaciones semejantes a casi todos los letrados de su tiempo.

El asunto tenía también su dimensión sentimental, por cierto. Era necesario desmentir a los autores que por «pasión, envidia o ignorancia» habían dicho que «la influencia de nuestro clima delicioso, bello cielo y magnífica naturaleza inclinan a la molicie». Pero sobre todo se trataba de justificar un propósito político.

Como los demás, Ortiz afirma como cosa cierta y probada la riqueza legendaria de México, porque es la condición necesaria para todo lo demás; y para darlo por demostrado echa mano, según era costumbre, de la autoridad de Humboldt: «México, en opinión de un sabio viajero, de acuerdo con todos los mexicanos pensadores que saben apreciar las ventajas de su país, goza de las conveniencias más eminentes para que su agricultura prospere, sin exigir otros esfuerzos por parte del hombre, que una mediana dedicación al trabajo…»

Sabemos hoy que eso no es cierto. Y sin embargo, hacía falta decirlo entonces, hacía falta creerlo por muchas razones. No es la menor, desde luego, que se pudiera por eso confirmar la apatía, el desinterés o la ineptitud de las autoridades coloniales, su incapacidad para promover esa «mediana dedicación al trabajo» que era cuanto hacía falta. Pero sobre todo necesita decirlo Tadeo Ortiz porque, en su idea del orden económico, la agricultura es la fuente original de toda riqueza.

Pero además de la tierra, están el oro y la plata. «México reúne las apreciables calidades morales de poseer o poder crear con facilidad capitales colosales por las utilidades que dejan la explotación de las minas, las empresas agrícolas, la crianza de ganados y el comercio.» Un hecho cierto, desde luego, pero de consecuencias equívocas; porque la forma de crear semejantes capitales, así como su destino conspiraban con frecuencia contra la imagen de prosperidad general que tenía en mente Ortiz.

Le leyenda de la riqueza se completa con otra fantasía de enrome interés: la «bella índole» del pueblo mexicano. Algo en lo que insiste tadeo Ortiz con frecuencia, porque lo necesita. Todo es posible, o casi todo, por la «predisposición natural» del pueblo a la obediencia, por su «docilidad».

Había hechos bastantes, para quien quisiese verlos, que demostraban casi lo contrario: las rebeliones indígenas, los motines, la larguísima historia de pleitos de las comunidades, pero sobre todo la tradición arraigada de desconocer o anular en la práctica cualquier ley. A falta de una mejor explicación habría que decir que la fantasía, compartida incluso por los viajeros europeos, tenía su origen en un mecanismo sicológico de generalización de la experiencia personal, cotidiana.

Cada uno de los miembros de la elite debía ver, en su trato diario, esa deferencia que impone la jerarquía; debía verlo sin advertir su ambigüedad radical. Porque era (y, en buena medida, ha seguido siendo) una obediencia fundada en el vínculo personal pero hostil, secretamente hostil al rigor de los mecanismos institucionales. Es importante tomar nota de ello, porque esa actitud, que me gustaría llamar de «sumisa desobediencia», ha sido el fundamento -problemático- de la autoridad en México desde hace doscientos años, y seguramente mucho más.

Como quiera que fuese, el México que veía Ortiz estaba abierto y dispuesto para que se hiciese con él cualquier cosa. Lo único que faltaba era poner manos a la obra. Y lo primero, lo más importante, era procurar su unidad.

Es un tópico muy viejo y muy conocido, y apenas hace falta anotar las razones por las que parecía urgente entonces empeñarse en ello. Lo que llama la atención es que, en el texto de Tadeo Ortiz, junto a la retórica nacionalista hay un análisis muy detallado y un conjunto de recomendaciones prácticas para procurar la integración; y se trata, sobre todo, de una integración física, que tiene que ver con población, caminos, puertos, canales…

La parte retórica es poco original y poco convincente; no dice sino que conviene promover «el patriotismo, la abnegación, la cordialidad», y hacer «de la patria, un ídolo». Por cuya razón la obra concluye aconsejando que se inicie «la grande obra de homenaje a los héroes». De nuevo, la fabricación de una identidad por la mitología que, en el texto, se concreta, entre otras cosas, en una minuciosa enumeración de los sabios y artistas de la tierra que comienza por Netzahualcóyotl y Netzahualpilli, y sigue con Chimalpain, Alba Ixtlilxóchitl y Alvarado Tezozómoc.

Es notable, en cambio, el cuidado con que atiende a las formas más prácticas e inmediatas de procurar la integración, esto es, a los movimientos demográficos y las vías de comunicación. Con minucioso detalle habla sobre los caminos que deben construirse, los puertos, la forma de hacer navegables los ríos e incluso los itinerarios que podrían seguir varios canales que cruzasen el territorio.

De lo que más se ocupa, sin embargo, y con diferencia, es de la colonización, importante para él sobre todo en Coatzacoalcos y Texas. Y para ello propone la ocupación de baldíos, la creación de presidios y la activa promoción de migraciones de China, la India y las islas del Pacífico. Una idea curiosa a la que dedicó la mayor parte de su esfuerzo; de hecho, después de un fallido intento en el sur, consiguió que se le encomendase el inicio de un programa de colonización de Texas, y murió en el camino.

Es acaso algo de lo más original y característico de Tadeo Ortiz: una conciencia estratégica y un detallado conocimiento de la geografía del país que no eran entonces cosa común. Cuarenta años más tarde se asombraba, todavía, Santa Anna de la dimensión del territorio que se había cedido en los tratados de Guadalupe-Hidalgo.

 

 

 

4. La azarosa historia

 

La idea de que la prosperidad y la salud pública dependen de la unidad es muy vieja y muy común, acaso la más común en la historia del pensamiento político occidental. Y no es extraño que nuestros letrados se preocupasen tanto por conseguirla, puesto que lo más evidente y cotidiano para ellos era la desunión, la beligerancia facciosa de comunidades, gremios, corporaciones o jefes militares.

La idea, lógica, que todos defendían en público era que la lucha de las facciones era una amenaza para el país. Cuando imperan los partidos, escribe Ortiz, «la causa pública se convierte en escena de discordias y pretensiones privadas, que reproduciendo como por encanto las facciones constituyen el teatro patriótico de la libertad, en un campo vasto de anarquía y reacciones de mil cabezas y formas…» No había más que hacer una elección simple: o la Nación o los partidos; de modo que todo se decidía por la habilidad que tuviesen unos y otros para presentarse como genuinos voceros de la Nación.

Había en ello, por descontado, su cuota de oportunismo y de mala fe, pero no se trataba sólo de eso. La lucha por el sentido de los acontecimientos históricos es, a lo largo de todo el siglo, el principal espacio de debate ideológico. Liberales y conservadores, centralistas y federalistas, todos acusan la misma proclividad a convertir sus argumentos en relatos históricos. De ahí la importancia de polémicas pueriles sobre los méritos de Hidalgo o Iturbide, de ahí la profusión de ensayos históricos con versiones contradictorias.

Algunas razones son obvias. Para empezar, el hecho de que se escribiera para servir a la patria, que no hubiera espacio para la neutralidad. También que, frente a la ambigüedad de cualquier argumento, frente a la discutible autoridad de las razones fuese casi siempre preferible la contundencia de los hechos.

Ortiz cuenta así su historia, como todos los demás, y los explica del mejor modo para que quede claro que su elección personal coincide con el interés de la Patria. Nos enteramos por su relato de que Iturbide no era malo, en principio, pero «carecía de los sentimientos sublimes que imprime una educación clásica», de modo que, ignorante y poderoso, terminó «ocupado únicamente de su engrandecimiento y el de su familia, rodeado de unos consejeros inexpertos y parásitos». Fue necesario su destronamiento; y eso se confirma porque la Constitución de 1824 «fue recibida con júbilo por todos los amantes de su patria.

Los problemas volverían más tarde, con la presidencia de Guerrero, un «jefe taimado e incapaz de obrar [que] parecía empeñado en su ruina y en ver con indiferencia la espantosa ruina de los pueblos». Como la situación era insostenible, se hizo forzoso buscar a alguien que lo reemplazara, y «la parte sana de la nación, su mayoría siempre sensata» descubrió pronto que sólo podía esperar la salvación del talento y virtudes del General Bustamante.

Escrito diez años más tarde, el libro de Ortiz habría tenido que explicar muchos otros vaivenes, los ires y venires de Santa Anna, de Gómez Farías, Bravo, Paredes… Pero lo más probable es que hubiese encontrado una explicación convincente para todo; convincente y obvia por las virtudes y los vicios de cada cual. Finalmente, todo podría razonarse a partir de la oposición entre las mezquinas aspiraciones de los partidos y el sólido, inequívoco interés de la Nación.

Fue para él una suerte, sin embargo, escribir cuando no se había modificado todavía la Constitución. Porque pudo ver en ella la garantía única del orden, el fundamento de la prosperidad, la fórmula institucional de la unidad que hacía falta.

La defensa de la Constitución es la clave de sus argumentos políticos, es lo que le permite conciliar el moderado liberalismo de su ánimo ilustrado con un inequívoco talante conservador. Digamos, orden y progreso. La frase con que inicia su texto es, sobre esto, lo bastante clara para que no hagan falta muchas explicaciones: «El primer deber de los mexicanos sin excepción de clases y opiniones es, sin réplica, el sostenimiento inviolable del régimen político consagrado en el código fundamental…»

Elogia después el orden constitucional en algunas cosas y reclama cambios, de más o menos envergadura, en otras. Quiere que se tracen de nuevo las fronteras de algunos estados, quiere modificar los procedimientos de elección, pero no imagina siquiera que pueda ponerse en duda la obligación de obedecer las leyes.

Es curioso, por cierto, verlo echar mano de Polibio para defender el régimen republicano, y recurrir poco más allá a Chateaubriand para alegar la injusticia de toda conspiración, o a Montesquieu para explicar que la obediencia se justifica por la «equidad y utilidad del pueblo».

En realidad, las acrobacias de sus argumentos son lo de menos. Lo que domina en el texto, en consonancia con los lugares comunes de la Ilustración, es una constante exigencia de moderación, el intento reiterado de encontrar equilibrios, contrapesos, arreglos donde quepan las pretensiones de todos sin que pueda nadie imponerse. Domina el empeño de procurar la unidad y la estabilidad; y contra ello conspiraba sobre todo, Ortiz puede verlo bien, la desmesura de los jefes militares.

El consejo es, acaso, uno de los más apremiantes: hace falta reformar al ejército y, sobre todo, reducirlo. Incluso los militares, dice, deben «convencerse que en una república bien ordenada sienta mal un ejército superior a las necesidades» porque termina por ser «el más eficaz aliciente de la tiranía». Sigue aquí también, por supuesto, los razonamientos de sus clásicos, pero tiene a la vista problemas muy concretos.

Cuando es el ejército demasiado numeroso, «haciéndose difícil cubrir las atenciones del soldado con puntualidad, falta la estricta disciplina»; y sobre eso, está el hecho de que «no siendo político ni conveniente mantener un grande ejército reunido, por necesidad hay que diseminarlo, y a la distancia en un vasto suelo como el nuestro, es casi imposible hacer cumplir la obediencia pasiva que prescriben las ordenanzas a las autoridades públicas.» Porblemas todos que ya entonces comenzaban a hacerse crónicos.

En este caso, sin embargo, Tadeo Ortiz sabe que no bastan las leyes ni las buenas razones, de modo que busca la solución con un notable espíritu práctico: «es preciso que el gobierno se ocupe de un plan grande para convertir a estos bravos en otros tantos grandes propietarios, distribuyéndoles en propiedad, y libres de toda carga y gabela, los baldíos de mejor calidad de la provincia de Texas, Californias y riberas de los ríos Bravo y Zaguanas, habilitándoles de los recursos necesarios a su cultivo y transporte.»

Una solución práctica y conveniente, sin duda, incluso demasiado práctica y conveniente, demasiado racional. Como otras muchas de las que imagina Ortiz, tiene el único defecto de requerir una sociedad más dúctil y mejor dispuesta para dejarse conducir por la Razón.

 

 

5. El desordenado deseo de reformar

 

Siendo ilustrado, tiene Tadeo Ortiz una acusada proclividad al orden. No, por supuesto, cualquier orden, sino en particular el orden que la Razón descubre como más justo y apropiado. Y que en mucho es distinto del que, accidentalmente, la historia le ha puesto delante.

Coincide en eso con muchos otros de sus contemporáneos, en la voluntad de hacer reformas racionales. Algo lo distingue de muchos de ellos, sin embargo: la magnitud de los cambios que imagina. Porque no sólo piensa en las instituciones políticas, no sólo en la legislación económica, sino en el conjunto de relaciones que dan forma al orden social.

Ortiz concibe a la sociedad como un organismo, por decirlo así, como un vasto arreglo de funciones distintas pero conectadas, dependientes unas de otras. Un arreglo en que cada parte del cuerpo social tiene obligaciones y privilegios derivados de su función. De modo que cuando propone reformas está pensando en acomodar todas las partes del conjunto; algo que recuerda, por supuesto, las visiones orgánicas del naciente positivismo francés, pero también el arreglo tradicional de la Monarquía Hispánica.

Sus recomendaciones sobre asuntos económicos son muy características. Está convencido de la necesidad de establecer el libre cambio, de «admitir a todo trance la competencia». Y lo razona, al estilo de Montesquieu, no sólo por las ventajas materiales que se supone que traería consigo, sino por su influencia civilizatoria. «Sin comercio activo, dice, no hay civilización, ni riqueza, ni poder, y sin estas cosas las naciones modernas no pueden ejercer con honor sus verdaderos derechos de supremacía…» A pesar de lo cual, por cierto, sigue pensando que «la base y fundamento del poder real de las sociedades es la agricultura», y que todo depende de ella.

Pero volvamos al argumento. El comercio libre no es sólo fuente de prosperidad: también es el doux commerce que transforma los hábitos, los modales, las actitudes; de modo que es necesario acabar con el aislamiento «para hacer desaparecer por todos los medios posibles el embrutecimiento y la inercia de las masas, formar buenas costumbres, inspirar amor a los goces y al trabajo.» Tan importante es, que hace falta ordenarlo; y aquí aparece el consejo que más llama la atención.

«El florecimiento y orden económico y administrativo del importante ramo del comercio, exigen imperiosamente a la vez un código y una corporación, cámara o tribunal que los represente y administre en sus casos expedita justicia, a fin de suplir la falta que hace a esta clase respetable de la sociedad los extinguidos consulados.» Después de haber recomendado que en todo se hiciese «lo contrario» de lo que había hecho el régimen colonial, y precisamente cuando está defendiendo la libertad de comercio, aconseja que se restablezcan los consulados.

Parece, desde luego, una inconsecuencia, y no es accidental. Ocurre que, en el orden que imagina, cada grupo social tiene intereses propios y distintos, y debe tener también formas propias de organización y representación. Le preocupa, sobre todo, que cada parte cumpla con su función del mejor modo, para lo cual propone que se formen -o se restablezcan- los gremios y corporaciones: de agricultores, de mineros, de comerciantes e incluso de sirvientes domésticos.

Imagina también, de modo semejante, una serie de curiosos arreglos para que varios grupos sociales se hagan cargo de instituciones de interés público; las que se supone que, por alguna razón, corresponden en justicia a cada uno. Propone que una escuela para formación de funcionarios sea mantenida por los funcionarios, puesto que «ciertos destinos son como una especie de patrimonio de los magistrados», que se hereda a los hijos; propone también que los militares sostengan una hospedería de inválidos, que las mujeres organicen la escuela de obstetricia, que las corporaciones religiosas se hagan cargo de la beneficencia, que las pulperías paguen por las casas de corrección y que los solteros contribuyan con un impuesto especial a la creación de una casa de maternidad para los «partos secretos».

Un orden sorprendente, construido por la articulación racional de privilegios; un orden en que los derechos y la responsabilidad de cada cual dependen de su función. Y que se completa, por supuesto, en el terreno de los derechos políticos con el sufragio censitario, «adoptando en principio la propiedad, industria y pago de contribuciones para elegir y ser electo».

También en esto la fantasía de Tadeo Ortiz está a tono con su tiempo, con los desorbitados programas de Saint-Simon y de Comte, y también con el anhelo de moderación, de equilibrio, de acomodo propios de la Monarquía de Julio. Está a tono con ese desordenado deseo de reformar, de mejorarlo todo a fuerza de razones, pero siempre y sobre todo con tiento, con prudencia.

Nada le parece demasiado grande ni demasiado pequeño. Por aconsejar, lo mismo aconseja que se rehaga la división territorial o que se cuide más el estilo epistolar; que se reduzca la burocracia y que se ajuste el hábito de los seminaristas, que se establezca la libertad de comercio y que se sitúe en un lugar apropiado el matadero de la Ciudad de México. Y es revelador ese desorden, esa ingenua vanidad de enciclopedista con sus visos de déspota ilustrado. Que se repite, por cierto, en la curiosa lista de autores que menciona: Polibio y Chateaubriand, Bossuet y Aristóteles, Montesquieu y Benedicto XIII, todos le sirven por igual. En una cosa y otra hay el mismo desparpajo, la misma desenvoltura, la misma candidez.

Otro rasgo más, no será el último, que nos acerca a Tadeo Ortiz. Porque sigue pareciéndonos que es obligación de los intelectuales saberlo todo, y siguen convencidos, acaso los más de entre ellos, de que bastarían sus luces para ponerlo todo en orden. A la distancia, en la obra de Ortiz podemos reconocer, sin dificultad, torpezas, desmesuras, fantasías; y convendría que reparásemos, con generosa atención, en ellas. Porque acaso son también las nuestras.

 

[1]. Ortiz entró en contacto con representantes de Morelos y Rayón en Nueva Orleans, y sirvió como enviado de los insurgentes a Sudamérica en 1813. Se empeñó después en un proyecto de colonización de Coatzacoalcos, fue nombrado Cónsul en Burdeos, donde escribió el libro que ahora comento, y murió finalmente en el barco que lo trasladaba a Texas para poner en práctica un plan de colonización en 1833. Aparte de un resumen estadístico, el México considerado como nación independiente y libre es su única obra impresa de importancia.

[2]. Un absurdo histórico explicable sobre todo si Tadeo Ortiz tenía en mente el batiburrillo cultural que componía la Edad Teológica de Comte.

[3]. Lo veremos un poco más adelante. Conviene señalar ya, sin embargo, que lo más notorio es, en este terreno, la imagen de un orden social fundado en las corporaciones profesionales.