Cees Nooteboom. In the Dutch mountains

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Cees Nooteboom, In the Dutch mountains, Trad. Adrienne Dixon, London: The Harvill Press, 1995. 119pp.

Leer In the Dutch mountains resulta un poco frustrante, aunque vale la pena. Diría, por explicarlo en una frase, que es frustrante porque la inteligencia y el oficio de Nooteboom exceden, al menos en este caso, a su imaginación narrativa. La consecuencia es una historia insulsa, poco convincente, pero muy bien contada. No hay, y eso también se agradece, ninguno de los alardes técnicos y las desmesuras propias de las novelas que se pretenden “cultas”, pero se nota eso un poco indefinible que es el oficio y que acaso no sea más que la conciencia de formar parte de una tradición; la conciencia de que escribir, no ya después de Joyce o Döblin, sino después de Sterne y Diderot, exige algo más que buena voluntad y ganas de contar algo interesante.

Fracasa, sin embargo, con la trama y los personajes. Es la historia de un escritor que escribe un cuento de hadas; lo malo es que al escritor le falta complejidad y al cuento de hadas le falta fantasía. El escritor es un inverosímil ingeniero español, de apellido Tiburón de Mendoza, que escribe sentado en un pupitre en una escuela vacía; no sólo es inverosímil, sino innecesariamente ridículo, porque no es tampoco gracioso ni llega a ser dramático como personaje. El cuento de hadas no tiene magia ni horror, nada verdaderamente terrible o milagroso; es la aventura de Kai y Lucía, dos hermosos amantes (perfectamente hermosos y amantes) que viajan a un misterioso país (perfectamente misterioso), donde tienen aventuras extravagantes, sin el menor interés; una colección de peripecias mecánicas y simplonas, de serie de televisión infantil.

Lo mejor del libro son las reflexiones dispersas sobre los mitos, los cuentos fantásticos, mínimas digresiones que se antojan fragmentos de un ensayo inteligente, nervioso, lúcido. Eso y la sabiduría técnica, la capacidad para mezclar las dos historias sin estridencias, la cadencia del relato. Por eso vale la pena. Un magnífico narrador; por esta vez, al menos, sin materia propicia.