Indignidad inútil

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La política internacional ha sido siempre terreno resbaladizo y dificultoso para los países pequeños: tienen poco que ganar cuando hay algo importante en juego y, en cambio, en un descuido, pueden perderlo todo, empezando por la vergüenza. En los tiempos recientes, con la proliferación de organismos internacionales, tratados, convenios y conferencias humanitarias, se ha producido la ilusión de que las cosas son distintas; casi se diría que el voto de Alemania vale tanto como el de Guinea, a veces da la impresión incluso de que los derechos de la población afgana o kosovar son iguales, igualmente sagrados que los de los estadounidenses. Yo tengo mis dudas.

En otro tiempo se sabía, quiero decir: estaba claro que México era un país pobre, dependiente, de armadura más bien endeble. La política exterior tenía entonces como única virtud la dignidad, porque casi ninguna otra resultaba asequible. No había ni dinero ni soldados para sostener otro propósito ni para ambicionar nada. Era un tiempo en que el representante de México en la Sociedad de Naciones podía quedarse solo en la defensa obstinada, intransigente y casi metafísica de los principios: contra la invasión de Etiopía, contra la intervención de Alemania e Italia en apoyo de Franco; era un tiempo en que el embajador de México, sólo con la bandera, podía ofrecer amparo en sus últimos momentos a don Manuel Azaña, abandonado de todos por los astutos cálculos de la altísima diplomacia. A falta de otras cosas, había dignidad y tenía su mérito. Incluso, en sus mejores momentos, una rara grandeza.

Por supuesto, la política de la dignidad no era muy flexible, tampoco era la más apropiada para situar apuestas en el casino del poder internacional. Digámoslo con claridad: era una política de pobres. Guiada por la sola voluntad de mantener el decoro y evitar al menos la indignidad de ser llevados a empellones a donde quisieran otros; servía para eso, para dar ese mínimo abrigo de respeto a nuestras carencias.

Hoy todo eso está muy mal visto. Lo que se pide es una política emprendedora y dinámica, pensada con mentalidad de triunfadores, para sacar todo el provecho posible a las oportunidades que ofrece el mundo. Algo así. Porque los tiempos han cambiado y es imperativo cambiar también, para no perder el paso. Bien: que los tiempos han cambiado es cierto, es de una evidencia irrefutable. El mundo se ha vuelto mucho más complicado y más confuso: se hacen grandes negocios, de una magnitud inverosímil, y se ocasionan catástrofes igualmente desorbitadas, con la misma facilidad. Quien manda es Estados Unidos, eso no ofrece duda, pero con un mando inconsistente y hasta errático de puro arrogante, arbitrario, propenso a los ataques de histeria, es decir: un mando que sobre todo no es confiable en absoluto.

El mundo ha cambiado. México sigue siendo, según mi impresión, un país pobre y de estructura frágil, vulnerable por todas partes. Lo cual significa que hay menos razones todavía para esa política de nuevo rico, ostentosamente optimista y logrera. Todo lo que puede verse aconseja, no ya ser prudentes y de cuidadosa rigidez, sino mantener con más esmero que nunca aquel mínimo de respeto que permite adoptar una actitud internacional por lo menos decente, sin poner en riesgo al país. Lo malo es que nos gobierna hoy un equipo de gerentes educado en el pragmatismo desvergonzado, avaricioso y finalmente ingenuo que suele llamarse “mentalidad empresarial”; para su manera de mirar el mundo, la dignidad viene a resultar una especie de adorno, algo superfluo, estorboso y ridículo, en el mejor de los casos inútil, porque no pueden ver en ella ninguna ganancia. Peor: es una actitud priísta.

A cambio de lo que se hacía, quieren adoptar una política que sea ante todo útil, provechosa, o sea, que ofrezca ganancias. Con una seguridad que asusta, quieren entrar al gran juego de la política mundial en plan de negociantes, con mucho dinamismo, espíritu emprendedor y realista, sin complejos y sin vergüenza. Es decir: con la idea de que basta una buena dosis de impudicia, un ánimo marrullero y abusón. Lo peor no es que con eso se pierda la dignidad –que es perder mucho, demasiado- sino que además, no se gana nada: lo peor es que es una indignidad inútil. Es el encargo que tiene el nuevo Secretario de Relaciones Exteriores, rebajarnos un poco más, a ver si se gana algo.

 

La Crónica de hoy, 14 de enero de 2003