Indignidad

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Tenemos un Estado débil, de autoridad vacilante y dudosa. Falto de recursos y falto también de credibilidad. Tenemos un Estado que no es capaz de imponerse a los banqueros ni controlar la delincuencia organizada, ni siquiera cobrar impuestos. Tenemos un pobre Estado que no consigue que cumplan con la ley ni los funcionarios de la Secretaría de Gobernación. De vez en cuando el gobierno puede permitirse una exhibición muy enérgica de orgullo nacional, con media docena de turistas ingleses, por ejemplo: no significa nada.

A pesar de todo, hay una fuerza pública, que se manifiesta a veces de manera indudable, definitiva. Hay una fuerza del Estado que aparece con toda su violencia cuando la sentencia de un juez decide que una persona sea encerrada en la cárcel. En nombre de todos nosotros, haciendo uso de la autoridad que les confiere nuestra representación, los funcionarios del Estado imponen a quien sea un castigo. El más severo que admite nuestra sensibilidad. Con respecto a esas personas, en esa situación, el Estado es responsable absoluto: porque están en sus manos, sin ningún recurso.

En las prisiones, en la ejecución de los castigos está la justificación primerísima del Estado y su responsabilidad más grave. No es accidental que los grandes movimientos de reforma, del siglo dieciocho en adelante, comenzaran con la exigencia de reformas en los sistemas penitenciarios. En ningún otro lugar se expresa tan radicalmente la naturaleza del vínculo social. Por supuesto, siempre hay quienes piensan que el tema es insignificante. Peor: los hay que se refieren con sarcasmo a los derechos de los presos, los hay que dicen –entre nosotros, hoy- que los criminales se han puesto fuera de la dignidad humana. Los hay que no entienden que está en juego no sólo la dignidad de quienes sufren el castigo, sino la nuestra. Somos nosotros, todos, los que castigamos a través del Estado. Es responsabilidad nuestra, de todos, que haya un mínimo de humanidad y decencia en la ejecución de las penas.

Tengo presente, desde luego, el reportaje que publicó La Crónica hace unos días, sobre la situación de los indígenas presos en las cárceles del Distrito Federal. Pienso en el dolor y la humillación de esos cientos de hombres que no pueden ni siquiera acostarse en el suelo para dormir: castigados así, en nuestro nombre, con una crueldad imposible de decir. Sé que el caso no es único. Es imperdonable.

Si a nuestros políticos les quedara un mínimo de decoro, habría habido al día siguiente media docena de dimisiones. Pero no. Todo quedó en unas cuantas declaraciones confusas, para decir que no son trescientos sino doscientos cincuenta, que el periodista no se identificó adecuadamente al hacer las entrevistas. No hubo nadie en el gobierno de la ciudad que se sintiera avergonzado, nadie a quien le doliese la situación de los presos, nadie que apareciese siquiera para pedir perdón. Ni el jefe de gobierno ni ninguno de sus allegados ha tenido tiempo, por lo visto, ni unas horas para visitar los reclusorios, para ver lo que se hace con su autoridad, en nuestro nombre. O no le han dado mayor importancia.

No es extraño. Tampoco la prensa ha dicho casi nada. Están todos –los periodistas, los opinadores, los políticos- mucho más preocupados por la última insidia del señor Bejarano, por la publicidad del señor Castañeda, por la elección presidencial de dentro de tres años. Lo de los presos ya se sabe, no es para hacer escándalo.

El grado de civilización de una sociedad puede verse en las cárceles. En comparación, todos los demás criterios son insignificantes. Y podemos aplicarnos el cuento. Somos una sociedad indigna. Todos los días, hoy también, en este momento, hay decenas de personas, cientos, que están siendo torturadas en nuestro nombre, usando de nuestra autoridad, y nosotros miramos hacia otro lado. Unos por salvar el rayo de esperanza que es López, otros por oscurecerlo.

El problema de las prisiones es complejo. Eso ya lo sé. Mucho más, hasta hacerse imposible, porque a los políticos les tiene sin cuidado. Porque nuestra gallarda sociedad civil no le presta la menor atención. Porque nadie siente que esté en juego su dignidad. Mirémonos en el espejo de nuestros reclusorios: eso somos.

 

La Crónica de hoy, 30 de marzo de 2004