Irresponsabilidad

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Se puede decir más alto, pero no más claro: el Presidente Fox no se siente responsable y no acepta que se le considere responsable de la marcha del país. Por si alguien tenía dudas, la semana pasada nos recordó la intemperancia que “se le salió” hace unos meses –“Y yo ¿por qué?”- y nos dijo que significaba precisamente eso: no fue una salida de tono ni un despiste sino una explicación abreviada del nuevo lugar de la Presidencia. El Congreso es responsable de que no haya habido las “reformas estructurales” de las que dependía todo. Los partidos de oposición son responsables de “frenar el cambio”. El PAN es responsable de haber perdido la elección pasada. Mal contados, hay cien millones de mexicanos que son corresponsables del desastre. El Presidente puede lavarse las manos con ostentosa indiferencia.

La declaración se ha comentado en todos los tonos y con razón. Se ha dicho que es un signo de ineptitud, de claudicación y de fatiga. Seguramente hay todo eso. A mi me llama la atención sobre todo la mezcla de fingido desconcierto infantil y arrogancia, la soberbia casi demente de quien no está dispuesto a reconocer el más mínimo error y sólo se preocupa de que nadie le eche la culpa. La aparente humildad de la explicación apenas disimula el hecho de que se trata de un desafío: por no corregir, el Presidente no va a corregir ni la más desafortunada de sus ocurrencias; además anuncia que los problemas que pueda haber no le van a quitar el sueño porque no son cosa suya, es decir, no acepta ni siquiera el motivo de las críticas. En su fuero interno él sabe que gobierna, más bien él sabe que ocupa la Presidencia con las mejores intenciones y no le hace falta más.

Lo sorprendente es que aconseje a los nuevos diputados del PAN que hagan lo mismo, que se desentiendan de la realidad y se olviden de las dificultades prácticas de la política. Estuvo la semana pasada con ellos para explicárselo con el optimismo de siempre. No importan los porcentajes ni el número de votos en la cámara sino “el talento, la capacidad, el amor y el cariño”. De modo que si son lo bastante amorosos, pueden quedarse todos con la conciencia tranquila: lo mismo que él, porque a talento y cariño no hay quien le gane.

Imagino que influye el encontrarse en el tercer año. Lo más probable es que el Presidente ya no alcance a tocar el piso con los pies. Parece claro que ni escucha a nadie ni le interesa. Pero no es un problema sicológico sino político porque manifiesta una tendencia bastante general, aunque en su caso adquiera un carácter dramático.

Hay entre nosotros, desde hace años, la inclinación a convertir la política en un asunto personal. Han contribuido a eso tanto los políticos como los intelectuales, las estrategias publicitarias y los programas de televisión donde se hace espectáculo de la opinión política. El resultado es que todo se nos viene a quedar reducido a la buena o la mala voluntad de unos y otros, porque así se entiende mejor. La perversidad de Carlos Salinas, la ambición de López Obrador o de Jorge Castañeda, las buenas intenciones de Vicente Fox, eso es todo lo que hay. En términos propagandísticos puede resultar de lo más útil, sin duda. Es más fácil hacer exhibición de virtudes personales que explicar un programa de gobierno, es mucho más cómodo fabricar un chivo expiatorio y no hacerse cargo de los problemas. Todo queda mucho más claro y visto en la tele resulta sencillísimo, lo puede comprender cualquiera. Lo malo es que, en la práctica, la buena voluntad no sirve de nada. Tampoco los índices de popularidad. Pero seguiremos jugando a buenos y malos.

La Crónica de hoy, 5 de agosto de 2003