Javier Zamora Bonilla. Ortega y Gasset

Etiquetas: ,

Javier Zamora Bonilla, Ortega y Gasset, Madrid: Plaza y Janés, 2002, 653 pp.

La figura de Ortega es difícil de manejar; cualquier definición o clasificación que quiera usarse para abreviar es inexacta. Ortega siempre es otra cosa. Es más y menos, no exactamente un filósofo, mucho menos un político, aunque hiciese política, a veces es casi un sociólogo, es un “empresario cultural” y es un escritor y también, siempre, es otra cosa. Su obra es verdaderamente monumental, pero da la impresión de estar hecha a base de fragmentos: heterogénea, extraordinariamente ambiciosa y siempre inconclusa.

Lo más interesante que tiene una biografía extensa, detallada, puntual –como la de Javier Zamora- es que sirve no para resolver el “problema Ortega”, sino para plantearlo de nuevo. Por ser fiel a su protagonista, la biografía sigue un itinerario que resulta con frecuencia sinuoso, lleno de indecisiones y reparos, de ambiciones frustradas, de proyectos inacabados, que oscila entre la agitación de la vida pública y un retraimiento sombrío, como de otro siglo. Para decirlo en una frase, la biografía nos pone ante un personaje empeñado siempre en ser otro, distinto, y empeñado a la vez en no ser nada más sino él mismo: la vocación de Ortega consistía en ser Ortega, pero hubiera querido ser, acaso, también Heidegger y Azaña al mismo tiempo.

La obra de Ortega ha tenido una rara fortuna. Se le cita mucho y se le lee poco. Han pesado en su contra muchas cosas: el hecho de escribir en castellano, para empezar. Una obra como la suya, firmada por Simmel o Sartre hubiese tenido un destino muy diferente: como español, Ortega es en general una curiosidad, una rareza. También para los académicos que leen y escriben en castellano. Pero también han pesado la Segunda República, la guerra civil y el franquismo, por la irremediable ambigüedad de su postura, que terminó enemistándolo con todos; porque junto con la monarquía y el orden de la Restauración también se hundió su mundo. Sobre todo, es paradójico, han pesado en su contra dos o tres frases afortunadas y el título de La rebelión de las masas, que dudo que nadie lea hoy salvo en fragmentos; son frases brillantes y de sentido ambiguo, que pueden citarse y se citan como aderezo para decir lo que se quiera. Ahora bien, a su favor ha tenido y tiene siempre algo decisivo: cualquiera que lee a Ortega, cualquiera que comienza a leer, incluso distraídamente, los ensayos de El Espectador o las “Notas de andar y ver”, por ejemplo, queda inmediatamente seducido por el sorprendente espectáculo de la inteligencia, no sólo por una idea u otra, sino por Ortega.

Uno de los méritos, por cierto, de la biografía de Zamora estriba en la voluntad de no dejarse seducir y tomar distancia con respecto a su personaje; hay una constante voluntad de imparcialidad, hay la documentación escrupulosa de cada viaje, cada decisión, la explicación de los libros que escribió, los que quiso escribir y los que nunca pudo terminar, hay el cuidado de relatar la vida de Ortega paso a paso, verdaderamente sine ira et studio. Es difícil. Cualquiera que haya leído a Ortega lo sabe. Porque está él en cada línea y es inevitable hacerse una imagen suya a partir de lo primero que se lee; uno lo ve voluntarioso y arbitrario, a la vez generoso y extrañamente mezquino, convencido de su propia importancia, obsesionado por la idea de ser un filósofo, “el filósofo”, y nostálgico siempre de la alegría de una tertulia inteligente, a la espera de otra voz, que le lleve la contraria, para polemizar.

Es imposible seguir la trayectoria de Ortega, resumirla en unas cuantas líneas. Sí pueden reconocerse, sin embargo, dos grandes momentos. El primero, el tiempo de formación, de estudio y de su brillante aparición pública, es un periodo en que la vida intelectual española es intensamente política: también la obra de Ortega que, por eso, es sobre todo local y fragmentaria, es un momento de entusiasmo y ambición, al que pertenece lo más brillante de Ortega: España invertebrada, El Espectador, La rebelión de las masas, la Revista de Occidente. En el segundo momento, después de la guerra, su mundo ha desaparecido, su obra es de más alcance y más hondura, pero casi toda permanece inédita e inacabada: hay una fama espectacular, en trance de acabarse, unas cuantas conferencias de inteligencia extraordinaria y una soledad sin remedio.

Entre uno y otro momento está la guerra civil, por supuesto, el exilio. Pero la guerra y el exilio, la dictadura, afectaron a Ortega de un modo particular. Bonilla muestra, con rara nitidez, que para Ortega el efecto fue devastador, mucho más que para otros académicos, pensadores, literatos, que continuaron su vida intelectual fuera de España. Porque en Ortega había esa vocación absoluta y rigurosamente personal de ser Ortega –la que se realiza en El Espectador – pero también la necesidad de un “ambiente”. Por mucho que se le pudiera apreciar en Argentina, por ejemplo, en Alemania, Ortega necesitaba la tertulia y el espacio de diálogo de conocidos, de amigos, la calidez familiar de la vida intelectual de la Restauración y de la dictadura de Primo de Rivera. Sin eso, se siente perdido. Ortega, sin duda, necesitaba un escenario siempre: pero no cualquier escenario.

El “problema Ortega”, es indefinición, esa dificultad para definirlo, tal como puede pensarse después de leer la biografía de Javier Zamora, tiene un perfil identificable, relativamente simple. Quiso hacer una política por encima de la política, una política “de altura”, y le faltaba precisamente esa intuición histórica que, según su idea, debía definir al político. Quiso elaborar una filosofía sistemática, pero el mérito mayor de su manera de pensar consistía en ser refractaria a todo sistema.

La política de Ortega es ambigua: en sus ideas y en sus iniciativas es sumamente enérgica y, a la vez, de una vaguedad que la hace inasible. Comenzó a escribir como crítico del orden de la Restauración, con un ánimo “regeneracionista”, contra la mezquindad de la pequeña política; su diagnóstico podía ser a veces deslumbrante –por ejemplo, en España invertebrada- y, sin embargo, no tenía nada concreto que proponer: generalidades más o menos sensatas pero sin sentido práctico, la “nacionalización”, la urgencia de “barrer” a los viejos políticos. No es del todo sorprendente. Ésa era la “política de altura”, como la entendía Ortega: neutralidad, visión histórica, nada que se rebajase a la vulgaridad de los detalles, mucho menos a los arreglos y las negociaciones. Lo difícil, imposible en realidad, era mantener esa idea y esa actitud en la República. Ortega la mantuvo, pese a todo.

Las definiciones que daba Ortega de su idea política cambiaron con el tiempo: en un principio se inclinó por un socialismo bastante impreciso, más tarde optaría por un nuevo liberalismo o uno viejo. Con todo, hay algunas constantes: suficientes y suficientemente significativas. La primera, fundamental, su falta de consistencia. Ortega no tenía y no quería tener un sistema de ideas políticas ni quiso nunca una militancia partidista, porque eso no correspondía a la imagen que se hacía de su papel como intelectual. Quiso ser siempre “accidentalista” (como podía serlo Melquíades Álvarez en los últimos años de la monarquía): algo que, en la Restauración, cuando se trataba de elegir entre Maura, Primo de Rivera o Berenguer, significaba dejar de lado los detalles e ir a lo esencial.

Otra constante, también de los primeros tiempos, su hostilidad hacia la “pequeña política”, la política de todos los días: en eso se mantiene inalterable en la Restauración, en la dictadura de Primo de Rivera y en la República; pero sucede que esa misma actitud en circunstancias tan distintas, tenía un significado distinto. Para la mirada de Ortega, la pequeña política, la “vieja política” y la política de los partidos es aproximadamente lo mismo, semejante en su estrechez de miras y su turbiedad; no es la “política de altura” que él hubiera querido. Su denuncia del “radicalismo” republicano, su decepción, el famoso “no es esto, no es esto”, acaso tienen el mismo origen y el mismo sentido que sus polémicas de diez años atrás, pero sus consecuencias son otras, muy distintas.

Ortega escribe sobre la política, casi siempre, como un “pensador”: gesto altivo, distanciamiento, neutralidad, vocación pedagógica; aunque escribe en los periódicos, no es Alain, no es Raymond Aron: quiere siempre estar más lejos y no tomar partido. Y lleva ese mismo ánimo a sus intentos de organización y de participación directa en la política; por eso parecen, a la distancia, de una rara ingenuidad, y sorprende su falta de intuición y su absoluta falta de sentido práctico. Habría razones para pensar que Ortega nunca entendió, verdaderamente, la política de la República; ahora bien: ni el desencanto ni la incomprensión bastan para explicar que fuese partidario, tan tempranamente, de la rebelión militar. Javier Zamora nos remite a una carta, escrita a la condesa de Yebes, donde se lamentaba de no poder ir él mismo al campo de batalla, con los rebeldes; descontemos el histrionismo de Ortega: no deja de ser desconcertante. Porque la rebelión significaba todo lo que había denunciado siempre de la “vieja España” y otras cosas nuevas, mucho peores.

Algo más sobre esa enérgica indefinición política de Ortega. En una obra como la suya importan también los huecos y los silencios. Llama la atención uno, en particular: salvo alusiones, Ortega no tiene nada que decir –al menos, no dice nada- sobre la Rusia soviética, tampoco sobre el nacional-socialismo (apenas un apunte, tres artículos de 1935, deliberada y explícitamente neutrales), nada para desentrañar ese fenómeno –el totalitarismo- que definió el curso de la historia del siglo veinte. Es un silencio intrigante.

Por otra parte, como pensador, Ortega carece de sistema. En estricto sentido, no hay una Filosofía de Ortega. Todos sus intentos de síntesis, de organización sistemática de sus ideas no sólo quedaron inconclusos, sino que son notoriamente fallidos; Javier Zamora los reseña, uno tras otro, para narrar la verdadera tragedia de la vida intelectual de Ortega: la ambición permanente, duradera, de elaborar una Filosofía sistemática de la que nunca es capaz. A la distancia, ese fracaso no parece tan importante: los esbozos de una síntesis no son, ni con mucho, lo mejor de Ortega.

Digámoslo de otro modo: no se trata de que el pensamiento de Ortega “no llegue” a formularse como sistema, sino que no puede tenerlo. En eso, precisamente, está lo más original y lo más importante, lo perdurable de su obra: en la capacidad de seducción de sus ensayos, en su inagotable virtud polémica que se deriva de una voluntad de mirar el revés de la trama, una voluntad –digamos- de oponer reparos. No hay más sistema que la inteligencia, una inteligencia intranquila, aguda, que va siempre a contracorriente. Hablando del Quijote o de Velázquez, de Goethe, del paisaje de Castilla o de la Universidad, Ortega casi siempre dice cosas nuevas, de rara lucidez, siempre discutibles y siempre útiles.

Su capacidad para sugerir ideas, su eficacia no depende de la exactitud histórica o de la claridad conceptual sino de la manera de mirar el mundo. Ortega descubre, para cualquiera que lo lea, que hay cosas que sólo pueden ser dichas en el ensayo, con la libertad y la arbitrariedad, con el acento personal del ensayo. Su gran contribución, como se dice, está en su manera de ensayar, en el estilo y el método de sus ensayos: en su capacidad para recuperar y renovar la tradición de Montaigne, de Saint-Evremond, de Hume.

Ortega es, sobre todo, un estilo. Por eso su obra no puede tener continuadores. Sus discípulos no aprendieron de él un sistema y, por supuesto, no podían repetir el estilo. La voluntad de pensar se tradujo en varias formas distintas: hay el andamiaje académico de la obra de Gaos, el lirismo de inclinación mística en María Zambrano, la vocación escolar de Julián Marías, pero no hay una Filosofía orteguiana que pueda ser continuada, de manera sistemática, por nadie.

Las páginas más emocionadas del libro de Javier Zamora se refieren a los últimos años de Ortega. Es famoso, su obra se traduce con frecuencia, trabaja mucho, escribe algunos textos de inteligencia verdaderamente deslumbrante, hay discípulos que lo buscan, que lo invitan a dar conferencias, y sin embargo son años de una soledad radical. Ortega no está en diálogo activo casi con nadie: ni en el exilio ni en España. Sigue siendo, también, un empresario cultural y sigue teniendo iniciativas de mayor y menor éxito; pero su mundo ha desaparecido y ya no encuentra lugar. En los peores momentos, en Argentina, llega a decir que su vida ya no es sino “la suspensión total de una vida”; pero sigue siendo fiel a esa vocación única de ser Ortega: descubre que la realidad radical de la vida humana –cuando es vida auténtica- es la soledad. La suya.

Yo no diría que es injusto el descuido más o menos general en que se tiene la obra de Ortega, la escasa atención que se le presta, fuera de algunos círculos académicos. No es injusto sino idiota. No leer a Ortega es perderse una de las obras más apasionantes del siglo veinte. Ahora bien: una biografía completa, serena, detallada, atenta a todas las facetas de la vida de Ortega, una biografía como la de Javier Zamora es la mejor compañía para seguir leyendo a Ortega y descubrirlo otra vez. Hace falta.