La barbarie que viene

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Días atrás vimos en televisión el asesinato de Mohamed Rafia Daragmeh, un palestino acusado de colaborar con el ejército de Israel, un hombre insignificante, muerto en la calle, en medio de una multitud. El espectáculo es de una simplicidad aterradora: tres o cuatro matones empujan a un viejo, lo increpan, lo amenazan a gritos; el viejo mira al suelo, dice que no, que sí, mira al suelo; uno de los matones dispara cinco, seis veces, el viejo cae de rodillas, cae de boca al suelo, siguen los disparos, quince, veinte, mientras la multitud retrocede un poco con un barullo confuso; los asesinos suben a un coche y se van, sin prisa. Es todo. ¿Hace falta decirlo? Nadie duerme más tranquilo en Cisjordania, no se ha resuelto nada con el asesinato de ese pobre hombre que es uno más, entre tantísimos, sin ninguna importancia. También en eso, en su trivialidad, es un ejemplo perfecto de la barbarie, que está siempre a la vuelta de la esquina, mucho más cerca de lo que nadie querría imaginar.

Se dirá que hay que mirarlo en su contexto. Sin duda. El contexto es la ocupación de Israel, la absoluta falta de autoridad política; el contexto es el miedo, el resentimiento y la ira de la población palestina, la crueldad ilimitada de los matones que medran con todo ello; el contexto es una sociedad donde pasa eso: donde hay multitudes en la calle para ver cómo se asesina a cualquiera, con lujosa cobardía.

Resulta tranquilizador, en este caso como en otros muchos similares, pensar que son cosas de la política, la de los fanáticos. Todo se explica con eso razonablemente bien y tiene su lógica, sabemos que hay gente disparatada, capaz de cualquier atrocidad. Según su inclinación, los periódicos insisten en la causa que mueve a los asesinos o en su fanatismo, uno los comprende, los compadece o los desprecia, pero todos sabemos que la política tiene cosas así. Bien. Suena bien. Lo malo es que no es verdad. Esa política, la de los fanáticos, es un producto de la barbarie y no su causa; surge con el miedo y la incertidumbre, como un parásito, aprovecha todo el odio y la violencia de que es capaz la sociedad porque ofrece la ilusión de un orden radical, transparente, de oposiciones simples. Algo para justificar los asesinatos a media calle, que es de lo que se trata, es lo que la gente quiere ver.

En toda sociedad hay antagonismos, hay inequidades, conflictos, rencores que se mantienen en un equilibrio catastrófico. Súbitamente ese equilibrio se rompe. Hay muchas razones para ello: puede ser por un cambio demasiado rápido o un estancamiento demasiado largo, por el deterioro del Estado, el caso es que de pronto el orden cotidiano empieza a parecer imposible, todo es amenazador, inspira miedo. Emerge entonces el “fanatismo” que es sólo un modo de darle un contenido concreto al miedo; las desigualdades y los conflictos reales se exageran y se deforman, proyectados en el orden imaginario de un antagonismo fundamental que lo explica todo. Lo que sigue es la barbarie: la de la sociedad, con sus parásitos, la de los matones y la de la muchedumbre que los mira.

Hay casos obvios, desvergonzados. Sólo por ejemplo pienso en el antiguo primer ministro de Malasia, que lo fue durante veintidós años, Mahatir Bin Mohamad, que se pasea por el mundo con su predicación canalla, explicando que los judíos son la causa de todos los conflictos actuales. Hay muchas otras formas, menos escandalosas. Pienso en la nuestra, en la barbarie que viene y que empieza a cobrar forma en medio de la angustia, con toda naturalidad.

¿Soy alarmista? Seguramente. Pero hay motivos para alarmarse. En los periódicos de la semana pasada, en la sección de notas de sociedad, se publicaron numerosas fotos de la manifestación del domingo anterior: estaba mucha gente de la que tiene nombre y apellidos en los pies de foto, con pancartas que pedían “Pena de muerte” o “Fuera derechos humanos para los delincuentes”. El gobierno del Distrito Federal reaccionó hablando de la miseria, del desempleo, señalando a los “enemigos del pueblo” que forman “las fuerzas oscuras del mal”. Es un diálogo de sordos pero tienen sus razones unos y otros, aunque terminen disparatando unos y otros. Hay razones para tener miedo, hay sobradas razones para la ira y el resentimiento, hay una distancia insalvable, angustiosa, entre nuestros varios mundos sociales. En el fondo, con una discreción casi cordial, se deja oír el rumor de sables.

La Crónica de hoy, 7 de julio de 2004